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CBA - SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPÍTULO 11

Comentario Bíblico Adventista 
2 Samuel capítulo 11

1. Al año siguiente.

Literalmente, "al volver el año" ( "pasado el año" , ver 1 Rey. 20: 22, 26). Entre los hebreos el año civil comenzaba con el mes de Tishri -entre septiembre y octubre-, aunque el año religioso comenzaba con Nisán -entre marzo y abril-. Puesto que el otoño [del hemisferio norte] era la "salida" del año, la primavera sería el "regreso" o "vuelta" (ver pág. 111). Aquí se hace referencia a la primavera, como lo prueba la cláusula siguiente.

En el tiempo que salen los reyes.

Los gobernantes del Asia occidental generalmente comenzaban sus campañas militares en la primavera del año. El invierno era inadecuado para luchar debido al frío y a la lluvia. También los caminos de ese tiempo eran casi intransitables y no era fácil conseguir alimentos. Los anales demuestran que casi siempre los asirios elegían la primavera para realizar las campañas bélicas. En el caso de los asirios, eran expediciones anuales.

David envió a Joab.

Joab había pasado el invierno, o estación lluviosa, en Jerusalén. Tan pronto como terminó el invierno, David reinició el conflicto. Durante la estación anterior los sirios habían sufrido una derrota aplastante, pero los amonitas conservaban todavía su poderío. Cuando fueron atacados por las fuerzas de Joab, tan sólo se retiraron al abrigo de las murallas de su ciudad, después de lo cual Joab volvió a Jerusalén (cap. 10: 14). Los amonitas eran en gran medida los ocasionadores del conflicto y tenían mercenarios sirios que los ayudaban (cap. 10: 6). De aquí la necesidad de que David les hiciera frente para eliminar la amenaza de los amonitas.

Sin la ayuda de sus aliados sirios, los amonitas no podían competir con las fuerzas de Israel. Puesto que los sirios ya habían sido sometidos, sólo era cuestión de tiempo el que los amonitas también lo fueran. Por eso David no consideró esencial que él mismo dirigiera la lucha contra Amón, y confió la conducción de esa guerra a Joab.

Sitiaron a Rabá.

Los amonitas fueron una presa fácil de las fuerzas de Israel. El país fue dominado rápidamente, excepto Rabá, la capital amonita (cap. 12: 26). Cuando los hombres de Joab devastaban los distritos rurales de Amón, muchos de sus habitantes se refugiaron detrás de las murallas de la ciudad capital. Tan sólo un prolongado asedio podría provocar su sumisión final. Rodeando la ciudad, Joab comenzó las operaciones del asedio. La destrucción de la ciudad era segura, pues no había esperanza de que ésta recibiera ayuda externa.

David se quedó.

Mientras Joab realizaba el sitio de Rabá, David permaneció en la retaguardia, en Jerusalén. Había llegado al pináculo de su poder, habiendo sometido por doquiera a sus enemigos. Sólo quedaba un residuo de los amonitas, y en poco tiempo también sería completamente dominado. Rodeado por los frutos de la victoria, recibiendo el homenaje y la aclamación de su propio pueblo y de las naciones circunvecinas, y con sus cofres rebosantes del tributo que afluía de sus enemigos derrotados, David vivía una vida de comodidad y complacencia. La grandeza de su triunfo lo expuso a su peligro máximo. Satanás eligió ese momento para poner delante del rey de Israel una tentación que habría de causarle profunda humillación y desgracia. Trágicamente, David olvidó que había un enemigo mayor que los hombres. Sintiéndose fuerte y seguro contra sus enemigos terrenales, embriagado por su prosperidad y éxito, mientras recibía los aplausos de los hombres fue vencido el alabado héroe de Israel. Imperceptiblemente se le habían debilitado las defensas internas del alma, al punto de que se rindió ante una tentación que lo transformó en un descarado pecador.

2. Al caer la tarde.

Quizá David se levantaba de su siesta del mediodía. El terrado del palacio tal vez era más alto que las casas de sus vecinos, lo que le permitía ver sus patios.

3. Preguntar por aquella mujer.

Cuando surgió la tentación, David no la resistió, sino que descendió del palacio determinado a realizar sus malos pensamientos. Fue el tentador quien había sugerido el pecado, y David debiera haberío apartado con un "¡Quítate de delante de mí, Satanás!" (Mar. 8: 33). En vez de eso, escuchó al seductor y le obedeció en vez de obedecer a Dios. Si David se hubiera detenido por un momento, si hubiese elevado los pensamientos al cielo en oración, si hubiese concentrado la mente en las responsabilidades de su cargo real o si se hubiera entregado al manejo de los asuntos de Estado, habría sido quebrantado el encanto del enemigo. La conducta de David en este caso es un triste ejemplo de lo que puede ocurrir a una persona piadosa cuando abandona al Señor, aun por un momento. Se ha registrado este caso como una lección para otros que también pudieran ser tentados. No es el plan de Dios paliar o excusar el pecado, aun de los mayores héroes y santos. El pecado de David fue seguido por un profundo arrepentimiento y por el perdón divino; sin embargo, su cosecha de mal nubló todo el resto de su vida.

Eliam.

Aparece como Amiel en 1 Crón. 3: 5. En realidad, Eliam y Amiel son el mismo nombre al cual se le han traspuesto sus dos partes como sucede con frecuencia en las Escrituras. Compárese Hananías (1 Crón. 3: 19) y Joana (Luc. 3: 27), Joacaz y Ocozías (2 Crón. 21: 17; cf. 2 Crón. 22: 1). Si este Eliam es el mismo que se menciona en 2 Sam. 23: 34, entonces el padre de Betsabé era uno de los "hombres valientes" del ejército y ella era nieta de Ahitofel, el bien conocido consejero de David y de Absalón (2 Sam. 15: 12, 31).

Urías heteo.

El nombre de Urías, como el de Eliam, aparece en la lista de los valientes máximos de David (cap. 23: 39). Todo indica que Urías era un valeroso soldado y un hombre de carácter recto. El pueblo heteo era belicioso y valiente. La falta de David fue especialmente atroz, puesto que Betsabé era una mujer casada y su esposo era uno de los oficiales más nobles y dignos de confianza de David, un hombre de raza extranjera que se había relacionado con el verdadero Dios.

4. La tomó.

No hay ninguna indicación de que los mensajeros de David tomaran a Betsabé por la fuerza. Era bella y no estaba libre de la tentación. Quizá fue halagada por las insinuaciones que le hizo el rey, y se entregó a David sin resistencia.

Ella se purificó.

Ver Lev. 15: 19, 28.

5. Envió a hacerlo saber a David.

La información era necesaria tanto para la seguridad de ella como para la de David y para el honor del rey. En un caso de adulterio, ambas partes debían ser castigadas con la muerte (Lev. 20: 10); por lo tanto, para escapar del castigo, los culpables naturalmente procurarían ocultar el pecado. Betsabé recurrió a David en procura de ayuda. Si Urías descubría que su esposa había sido embarazada por David, podría vengarse quitando la vida a ambos adúlteros, o incitando a la nación a que se rebelara frente a un hecho tan vergonzoso del rey.

6. Envíame a Urías.

El pecado de David lo puso en un aprieto desesperado. Ocultar las cosas por medio de un engaño parecía ofrecer una esperanza de escapatoria. En vez de confesar humildemente su pecado y confiar en la misericordia y dirección divinas, David empleó sus propios recursos, tan sólo para descubrir que añadía un pecado a otro y que continuamente entraba en dificultades mayores.

7. Por la salud de Joab.

Como oficial importante y digno de confianza, Urías debía estar bien al tanto del curso de la guerra. David lo mandó llamar como si se propusiera preguntarle detalles en cuanto a la marcha del asedio, y en especial sobre la conducta de Joab, como si hubiera estado deseoso de recibir algún informe confidencial acerca del comandante en jefe. La degradante falsedad y el disimulo a que se rebajó David con la esperanza de ocultar su pecado, revelan el resultado de un mal proceder.

8. Desciende a tu casa.

Vete ahora a tu hogar, reponte de tu viaje, descansa y solázate (ver Gén. 18: 4; 19: 2). Al enviar a Urías para que estuviera con su esposa, es evidente que David tenía el propósito de engañarlo haciéndole creer que era suyo el niño engendrado en adulterio.

Presente de la mesa real.

Heb. mas'eth, literalmente "una porción", en este caso, de alimento. El mismo término se emplea para las "viandas" que José puso delante de sus hermanos (Gén. 43: 34). Con este regalo, David quería provocar en Urías un sentimiento de felicidad y contentamiento, lo cual contribuiría a que se lograra su propósito.

9. Durmió a la puerta.

Tal vez en la habitación de la guardia a la entrada del palacio, con las tropas allí estacionadas (ver 1 Rey. 14: 27, 28). No hay ninguna prueba de que Urías sospechara de la falta de su esposa con David. Con su proceder manifestó que era un soldado leal, correcto y concienzudo, que deseaba proceder con absoluta rectitud dentro de las circunstancias.

11. El arca.

Algunos comentadores creen que esta declaración indica que el arca en ese tiempo estaba con el ejército en el asedio de Rabá. Sin embargo, lo más probable es que Urías sencillamente se refería a que el arca estaba en una tienda (cap. 7: 2, 6) y no en un edificio.

Israel y Judá.

Ya eran reconocidas -hasta cierto límite- estas dos divisiones de la nación, y eran mutuamente hostiles durante los comienzos del reinado de David.

¿Había yo de entrar?

Urías acababa de llegar del frente de batalla, donde las condiciones eran muy diferentes de las que había en el suelo patrio. Delante de Rabá, los hombres de Israel acampaban al aire libre sufriendo las privaciones de la guerra, viviendo una vida de rigor y subsistiendo con raciones militares. Habiendo acabado de dejar a sus amigos que estaban obligados a vivir en condiciones tan arduas, es evidente que Urías no quería participar de las comodidades y placeres de la vida mientras sus compatriotas sufrían y muchos de ellos perdían la vida.

Por vida tuya.

Urías juró que no iría a su casa. Parece extraño que diera tanta importancia a ese asunto, aun oponiéndose al rey; pero pudo haberlo hecho sólo por lealtad y patriotismo, o porque sospechaba la verdad.

12. Quédate aquí.

David pensó que después de un poco más de tiempo, los escrúpulos de Urías no lo retendrían más, y estaría dispuesto a volver a las comodidades de su hogar.

13. Hasta embriagarlo.

David se sintió en un tremendo apuro, por lo que recurrió a este medio a fin de inducir a Urías para que fuera a su casa; pero la resolución de Urías era tan firme que, aun embriagado como estaba, no volvió a su casa sino que durmió con los soldados.

14. Escribió. . . una carta.

Fueron infructuosos todos los esfuerzos de David para ocultar su pecado. Al fin, en su desesperación, decidió recurrir a un asesinato para acallar la voz de Urías y librarse. David se había colocado en las manos de Satanás, el que ahora estaba determinado a llevar al nuevo monarca de Israel, como a Saúl, a la ruina y a la destrucción. Es evidente que el único deseo de David era evitar la ignominia delante de la nación. A fin de ocultar su culpa, no iba a detenerse ni ante un asesinato. Con la muerte de Urías podría llevar a Betsabé al palacio como otra de sus esposas, y quedaría oculto el adulterio del rey.

Por mano de Urías.

Tanto se había rebajado David que convirtió a su digno oficial en el portador de su propia orden de muerte. El valor de Urías debía pagar el precio de la transgresión del rey.

17. Murió.

Urías se aproximó a una de las puertas de la ciudad (vers. 23) desde la cual los defensores efectuaron una súbita salida, durante la cual mataron no sólo a Urías sino a varios de los hombres que estaban con él.

18. Entonces envió Joab.

Por supuesto, el principal propósito era informar a David que se habían cumplido sus órdenes y que había muerto Urías.

20. El rey comenzara a enojarse.

Joab conocía David, y sabía que el rey se desagradaría cuando se le mencionara algún revés. David -como comandante prudente- demandaba prudencia de sus subordinados y los hacía responsables por cualesquiera faltas o errores de apreciación. Sólo así podría continuar desempeñando con éxito su responsabilidad como rey y lograr la eficacia máxima de sus hombres.

21. ¿Quién hirió a Abimelec?

Abimelec había sido lo bastante necio como para aproximarse tanto a una torre que fue muerto por un pedazo de piedra de molino que le arrojó una mujer (Juec. 9: 53). Joab también anticipaba que sería acusado de torpeza por haber permitido que sus hombres se aproximaran tanto a la muralla como para quedar dentro del alcance de los defensores.

Jerobaal.

O Gedeón (Juec. 6: 32; ver com. 2 Sam. 2: 8; 9: 6).

Urías heteo.

Joab sabía que ésta era la noticia que David estaba ansioso de oír, y que apaciguaría su posible ira, borrando así cualquier equivocación bélica que pudiera haber cometido Joab.

23. Prevalecieron. . . los hombres.

No había excusa para este revés. Fue clara y sencillamente un asesinato, del cual, en primer lugar, era culpable el rey, y en segundo lugar Joab, que cumplió las órdenes de David. La obediencia implícita a las órdenes de los superiores no es una virtud cuando lleva a desobedecer la ley de Dios. Si Joab hubiera sido un hombre verdaderamente recto, dispuesto a pronunciar una palabra de franco reproche cuando se le ordenó que cometiera un crimen tan vil, no habría enviado a Urías y sus hombres a una muerte prematura. Pero David disponía de un comandante en jefe que evidentemente tenía pocos escrúpulos de conciencia, un hombre dispuesto a participar de un detestable asesinato para complacer a su rey.

La entrada de la puerta.

Este detalle aclara algo la naturaleza del incidente que provocó la muerte de Urías. La entrada de la ciudad -siendo un punto especialmente importante y vulnerable- debía contar con la defensa máxima. Cuando Urías y sus hombres se aproximaron a la puerta, los amonitas enviaron un pelotón contra ellos.

24. Tiraron. . . desde el muro.

Quizá Urías y sus hombres se aproximaron tanto al muro, que se convirtieron en el blanco no sólo de los dardos de los arqueros sino de todo tipo de proyectiles que pudieran ser arrojados contra ellos (ver vers. 21). Por supuesto, al aproximarse tanto, los israelitas debían saber exactamente lo que les esperaba, y al exponerse así al peligro con justicia podían ser acusados de descuido.

25. No tengas pesar.

En circunstancias normales, la pérdida de un hombre tan valiente e importante como Urías habría sido hondamente sentida tanto por Joab como por David. Al provocar la muerte de Urías, Joab sólo cumplió las órdenes de David y sabía que tendría la aprobación del rey. David ahora le hacía saber que quedaba complacido con su acción y le enviaba su agradecimiento.

Refuerza.

David aparentó como que temía que Joab se descorazonara por la pérdida de Urías, y en vez de continuar con el cerco con fortaleza y vigor podría volverse indebidamente cauto y prolongar así las hostilidades. Al regresar, el mensajero debía reanimar a Joab haciéndole saber que David aprobaba los riesgos que corría. Todo era sólo una simulación para encubrir la parte de David en la muerte de Urías.

26. Hizo duelo.

Estas palabras se refieren al habitual duelo externo que se cumple en los países orientales. El período común era de siete días (Gén. 50: 10; 1 Sam. 31: 13).

27. La trajo.

Tan pronto como terminó el período de duelo, David mandó traer a Betsabé para que fuera su esposa. No hay ninguna constancia de que ella se opusiera a formar parte del harén del rey.

Fue desagradable ante los ojos de Jehová.

Se había producido un gran cambio en David. No era el mismo que, cuando huía de Saúl, rehusó levantar la mano contra "el ungido de Jehová" (1 Sam. 24: 6, 10). El pecado le había cauterizado la conciencia al pasar del adulterio al engaño y al asesinato, y ahora parecía que aún esperaba que se le permitiera cosechar la recompensa de sus iniquidades sin un reproche divino; pero Dios había visto todo.

Satanás se esfuerza por ocultar de los hombres los terribles resultados de la transgresión, haciéndoles creer que el pecado les proporcionará mayor felicidad y mayores recompensas. Así engañó a Eva y ha seducido a muchos a través de los siglos. Pero en su bondad el Señor permite que sus hijos vean que los resultados del pecado no son una prosperidad y felicidad mayores, sino desgracias, aflicciones y muerte. Su mano que refrena iba a retirarse de David, y se permitiría que el rey probara los amargos frutos del pecado. Aprendería a reconocer que el sendero de la verdadera felicidad no se puede hallar en la desobediencia. Los que siguen su voluntad propia emprendiendo un camino que desagrada al Señor, sabrán con seguridad que al fin cosecharán desengaños, amarguras y dolores.

CBA T2

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