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CBA - Primer Libro de Los Reyes Capítulo 8

Comentario Bíblico Adventista 
1 Reyes capítulo 8
1. Salomón reunió.

La narración de las ceremonias de la dedicación del templo constituye uno de los capítulos resaltantes de la Biblia. El relato es de gran belleza y profundo significado espiritual. A través de los siglos, los dirigentes de la iglesia han encontrado en él palabras de inspiración y ánimo para la consagración de casas de culto. Este capítulo resalta en notable contraste con el precedente. En el cap. 7.º encontramos los detalles técnicos y de las formas de los objetos del templo. En el 8.º penetramos en el significado más profundo de esas cosas: nos ponemos en contacto con Dios mismo. Ambos capítulos se complementan al darnos un cuadro fiel y completo del templo y su significado, y el uno no sería completo sin el otro.

Salomón es el personaje importante que preside las diversas actividades de la dedicación del templo. Resalta su majestad real; pero parece ser más que un mero rey que sólo se interesa en los asuntos seculares del Estado: está atareado con ceremonias específicamente religiosas para el culto de Dios. Un servicio tal de ninguna manera disminuye su dignidad real; más bien la realza. Realiza las funciones que se esperan de él como rey, y más. Reúne a los dirigentes de la nación y dirige las disposiciones efectuadas. Pero habiendo hecho eso podría esperarse que los sacerdotes se encargaran de las funciones netamente religiosas y las presidieran. Sin embargo, no sucede así. Es el rey quien consagra el santuario y ofrece la oración de consagración, el que amonesta al pueblo para que sea fiel a Dios y pronuncia sobre él la bendición.

Salomón respondió exactamente al tipo de liderazgo espiritual que Dios demanda de los que son llamados para dirigir su obra. Por desgracia este liderazgo sólo continuó durante un corto período. Aquel hombre joven sobre quien se concentró tanta dignidad temporal y espiritual, cayó pronto ante la tentación de la idolatría propia. Prestamente la humildad, la consagración y la obediencia cedieron ante el orgullo, la ambición y la complacencia, y los propósitos egoístas y las ambiciones mundanas pervirtieron los dones que una vez se emplearon para la gloria de Dios. Su resultado fue que quien había sido tan grandemente honrado con las pruebas del favor divino degeneró convirtiéndose en un tirano y opresor, cuyo reino se despedazó a su muerte. Siguiendo su ejemplo, Israel perdió el secreto para disfrutar de paz y riquezas en la tierra, y la teocracia que una vez fue floreciente se convirtió en una ruina corrupta y desolada.

Jefes de las tribus.

Todos los jefes de Israel debían tener una parte en el traslado del arca al monte Moriah. Debe haber concurrido mucha gente: ancianos, jefes de las tribus y los principales de los padres, pues en la ocasión cuando David sacó el arca de Dios "que mora entre los querubines" de la casa de Abinadab, para llevarla a la ciudad de David, se emplearon a 30.000 "escogidos de Israel" (2 Sam. 6: 1-5).

El arca.

Lo más destacado de las ceremonias de la consagración fue el traslado del arca de la ciudad de David a su nueva ubicación en el lugar santísimo del templo. Cuando David llevó el arca de la casa de Obed-edom al tabernáculo que había hecho para ella en su propia ciudad, fue una ocasión tanto de gran gozo como de solemnidad (2 Sam. 6: 12-19). El arca que contenía las dos tablas de la ley era lo más importante del santuario.

2. El mes de Etanim.

Se da el mes pero no el año. Muchos creen que fue el año después de que se completó el templo. Puesto que el templo se terminó en el mes de Bul -el 8.º mes (cap. 6: 38)- y que la consagración se efectuó en el de Etanim -el 7.º mes-, esto habría sido 11 meses después de que se concluyó el templo. Otros creen que la dedicación no se efectuó hasta algunos años más tarde, quizá un año de jubileo, o el 24.º año del reinado de Salomón, 13 años después de que se completó el templo (1 Rey. 7: 1).

Después del exilio, el 7.º mes fue llamado Tishri -del acadio o babilonio antiguo Tashritu , "comienzo"-. El nombre implica un calendario que empieza con este mes. El año civil de la monarquía indivisa y del reino de Judá comenzaba con Tishri. El primero de ese mes era un día de santa convocación (Núm. 29: 1), al iniciarse el nuevo año. El día 10.º de ese mes era el día solemne de la expiación cuando se efectuaba la purificación del santuario (Núm. 29: 7; Lev. 16: 29, 30; 23: 27), y en el 15.º día comenzaba la fiesta de los tabernáculos (Núm. 29: 12; Lev. 23: 34; Deut. 16: 13; Neh. 8: 14-18; Eze. 45: 25). El principio de este mes correspondía más o menos con la luna nueva de septiembre u octubre.

3. Los sacerdotes.

En 2 Crón. 5: 4 se nos dice que "los levitas tomaron el arca". Todos los sacerdotes eran levitas (Jos. 3: 3), pero no todos los descendientes de Leví eran sacerdotes. Llevar el arca en sus viajes era una responsabilidad propia de los levitas de la familia de Coat (Núm. 3: 31; 4: 15; 1 Crón. 15: 2-15). Pero los coatitas sólo podían llevar el arca después de que ésta había sido preparada para el viaje por Aarón y sus hijos (Núm. 4: 5, 15). Cuando cruzaron el Jordán y rodearon a Jericó, fueron los sacerdotes quienes llevaron el arca (Jos. 3: 6-17; 6: 6). Cuando se transfirió el arca a su ubicación permanente en el lugar santísimo del templo de Salomón, quizá esa importante responsabilidad fue desempeñada por ciertos jefes entre los sacerdotes (ver 1 Crón. 15: 11, 12).

4. El tabernáculo.

En ese tiempo el tabernáculo estaba en Gabaón (1 Crón. 16: 39, 40; 2 Crón. 1: 3), pero el arca estaba en Jerusalén en una tienda que David había levantado para ella en "la ciudad de David" (2 Sam. 6: 2, 16, 17; 1 Crón. 15: 1; 2 Crón. 1: 4). De allí en adelante debía haber un solo centro nacional de culto, de modo que los objetos santos, tanto del tabernáculo de Gabaón como de la tienda de la ciudad de David, fueron llevados al templo del monte Moriah para ser usados o depositados dentro de sus predios (ver PR 27). Quizá cada sección de sacerdotes y levitas, en procesión solemne, llevó los objetos santos que les habían confiado. De acuerdo con la ley de Moisés, los coatitas se encargaban del arca, la mesa de los panes de la proposición, los altares y los vasos del santuario; los gersonitas, del tabernáculo en sí y sus cortinas; y los meraritas, de las tablas y columnas del tabernáculo y de su atrio (Núm. 3: 25-37).

5. Sacrificando ovejas.

Este sacrificio inaugural correspondía en gran medida con el ceremonial cuando David transfirió el arca de la casa de Obed-edom a la ciudad de David (2 Sam. 6: 13; 1 Crón. 15: 26).

6. En el lugar santísimo.

Allí, entre los querubines, debía manifestarse la presencia de Dios. Esto mostraba el carácter sagrado de la ley de Dios. La ley es una transcripción del carácter de Dios. Así como Dios es santo, también sus mandamientos son santos, justos y puros.

7. Cubrían el arca.

Para representar la reverencia con que la hueste celestial considera la ley de Dios.

8. Sacaron las varas.

De acuerdo con Exo. 25: 15. las varas no debían quitarse de sus anillos en el arca. Pero ahora parece que se las sacó hacia adelante de tal forma que desde el lugar santo se veían sus partes finales. Parece que colocaron el arca a lo ancho del templo, de norte a sur, en el lugar santísimo. No sólo el arca misma sino también sus varas recibían la sombra de los querubines. En el tabernáculo un velo separaba el lugar santo del lugar santísimo (Exo. 26: 31-33) e impedía que el arca fuera vista por los que estaban en el lugar santo. Es evidente que en el templo había una pared que separaba ambos recintos (ver com. 1 Rey. 6: 16); parece que había también un velo (2 Crón. 3: 14). Se sabe que el templo de Herodes tenía un velo que se rasgó en dos durante la crucifixión (Mat. 27: 51; Mar. 15: 38; Luc. 23: 45). Las varas pueden haber sido puestas en tal forma como para que fueran parcialmente visibles, más allá del fin del velo y a través de la puerta abierta, para los que estaban dentro del lugar santo. Ver com. cap. 6: 31.

Hasta hoy.

Esto indica que se escribieron estas palabras antes de que Nabucodonosor destruyera el templo. Cuando finalmente se terminó la recopilación de los libros de los Reyes, el templo había sido destruido y sus enseres habían sido llevados a Babilonia (2 Rey. 14: 13, 14; 25: 9, 13-17). Evidentemente, mucho del contenido de los Reyes se escribió antes del exilio y permaneció en su forma original cuando se completó la recopilación.

9. En el arca ninguna cosa había.

Esta declaración, repetida en 2 Crón. 5: 10, parece indicar claramente que no había nada en el arca misma excepto las dos tablas de piedra. La urna que contenía el maná, y la vara de Aarón, a las que se alude en Heb. 9: 4, originalmente se ordenó que se colocaran "delante del Testimonio" (Exo. 16: 33, 34; Núm. 17: 2-10). Algunos han entendido que esto se refiere a un lugar frente al arca. Sin embargo, las palabras pueden significar delante de las tablas del testimonio dentro del arca (PE 32). No necesitan estar en pugna estas declaraciones, pues esos objetos pueden haber sido sacados durante la agitada historia de Israel y no haber estado en el arca en este tiempo.

Hay algo singularmente impresionante en esta santificación especial de las dos tablas de la ley. Estando así colocadas dentro del arca, y puesto que Dios se encontraba con su pueblo directamente encima de ellas (Exo. 25: 22), la ley está indisolublemente unida con Dios mismo. El sitio más sagrado del templo era el lugar santísimo, y lo más sagrado allí era el arca que contenía la ley de Dios. Puesto que Dios, por su misma naturaleza, es santo y eterno, así también lo es su ley. Todo lo que podía haberse hecho para impresionar a sus hijos con la santidad eterna de su ley fue hecho por Dios en el mobiliario de su santo templo. Esta ley, en el antiguo pacto, fue escrita en dos tablas de piedra; en el nuevo pacto está escrita en el corazón de los rectos Jer. 31: 31-33).

10. Llenó la casa.

Esta nube de gloria significó la presencia divina, así como lo fue la nube que apareció en el Sinaí (Exo. 24: 15-18) y también en la dedicación del tabernáculo (Exo. 40: 34-38). En visión Ezequiel contempló una gloria similar sobre la casa de Dios (Eze. 10: 4). Cuando en un himno de alabanza a Dios se alzaron las voces de los sacerdotes congregados, la gloria divina apareció en la forma de una nube (2 Crón. 5: 13).

11. No pudieron permanecer.

Tan grande fue la abrumadora gloria de la presencia de Dios, que los sacerdotes que oficiaban se vieron obligados a retirarse momentáneamente. Así también cuando se erigió el tabernáculo, Moisés no pudo entrar debido a la gloria de Dios que llenaba la tienda sagrada (Exo. 40: 35). Cuando Isaías tuvo su visión de Dios, el séquito de la gloria divina llenó el templo, y el profeta se sintió morir por haber estado tan cerca de la presencia del Señor (Isa. 6: 1-5). Así también los discípulos de Jesús temblaron cuando la nube de la gloria de Dios se posó sobre ellos en el monte de la transfiguración (Luc. 9: 34). ¿Por qué esas reacciones humanas ante la presencia de Dios? Debido a la naturaleza del Ser Supremo, su grandeza y santidad, su magnificencia y sublimidad, su majestad y poder. Aun ante la presencia de las grandes fuerzas de la naturaleza, con frecuencia los seres humanos quedan con temor reverente. Pero el Dios del cielo es tan infinitamente santo que el pecador no puede aproximarse a su sublime presencia y continuar viviendo. Dios es como fuego consumidor al cual no se pueden acercar los impíos sin ser destruidos.

La nube del templo no era Dios, sino un medio por el cual él velaba su presencia para no consumir al hombre. Tan grande fue la gloria divina en ocasión de la dedicación del templo, que a pesar de la nube envolvente los sacerdotes oficiantes se vieron obligados a retirarse con santo temor. Así también, tal vez al tener conciencia de la presencia divina, David pronunció sus palabras de admiración y alabanza cuando se colocó el arca en la tienda del Señor (1 Crón. 16: 25, 27, 34).

12. Entonces dijo Salomón.

Salomón quedó profundamente impresionado por las manifestaciones sublimes de la proximidad y la grandeza de Dios. Sus palabras son entrecortadas y espontáneas, como si procedieran de un hombre profundamente conmovido. Habla con sentimientos de pavor y gozo entremezclados. No son palabras que hubiera preparado cuidadosamente de antemano; son expresiones de admiración y alabanza que brotan espontáneamente debido al espectáculo que acaba de ver.

Oscuridad.

"Densa nube" (BJ). Contemplando la oscuridad combinada con la gloria que estaba delante de él, la mezcla de sombra y de luz, Salomón quedó seguro de que el Señor estaba allí (Eze. 48: 35). Recordó ocasiones previas en que se habían presenciado fenómenos similares -cuando la presencia del Señor se había manifestado en el Sinaí en una densa nube (Exo. 19: 9) y la nube de gloria que llenó el tabernáculo del desierto (Exo. 40: 34, 35)-, y como resultado pudo reconocer en la aparición de la nube la señal de la presencia divina en el templo que había edificado. Por eso sus primeras palabras fueron una explicación del fenómeno que había presenciado. Esto es una prueba de la verdadera presencia de Dios; él está con nosotros; no tenemos nada que temer, y por el contrario tenemos todo por lo cual agradecer en esta gloriosa ocasión.

13. Casa por morada.

Se edificó el templo como una casa de Dios. Cuando se levantó el tabernáculo en el desierto, Dios había dicho: " "Harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos" " (Exo. 25: 8). En ese santuario el Señor había manifestado su presencia y se había comunicado con su pueblo.

Sitio en que tú habites.

Israel tenía su santuario, pero no era estable, pues se lo llevaba de un lugar a otro por el desierto. Ni siquiera en la tierra prometida tuvo un lugar fijo. Durante 300 años había estado en Silo, hasta que debido al pecado se lo trasladó otra vez, primero a Nob (1 Sam. 21: 1-6; PP 711) y más tarde a Gabaón (1 Crón. 16: 39,40; 2 Crón. 1: 3). Ahora, por fin se había terminado el templo y el arca de Dios tendría un lugar estable para que Dios habitara allí por los siglos. El propósito de Dios era estar con su pueblo para siempre, y si Israel le hubiera sido leal ese glorioso edificio habría existido siempre (PR 31). Grande debe haber sido el gozo de Salomón al contemplar retrospectivamente los años de preparación y edificación que habían significado tanta ansiedad y preocupación, al darse cuenta de que su tarea se había completado y que se había terminado la casa donde Dios había de hacer su morada con su pueblo.

14. Volviendo el rey su rostro.

Según el libro de Crónicas, Salomón había hecho un estrado de bronce de 3 codos de alto, que estaba en medio del atrio, delante del altar (2 Crón. 6: 12, 13), y desde allí se dirigió al pueblo. Hasta ese momento, Salomón solemnemente había estado mirando el templo lleno con la gloria del Señor. Tenía los pensamientos concentrados en Dios, y a él dirigió sus palabras. Ahora, vuelto del templo, habló a la gran multitud que estaba ante él.

Israel estaba de pie.

El pueblo de pie, mostrando atención y respeto, sin duda compartió la felicidad y solemnidad de la ocasión, y estaba ansioso de recibir las bendiciones del rey.

15. Bendito sea Jehová.

Salomón bendice al pueblo, pero otra vez sus primeros pensamientos son para Dios, la fuente de toda bendición. Lleno de gozo y gratitud, y con profunda emoción, menciona lo que Dios había hecho para su padre David al confiarle los propósitos divinos acerca del templo. Mediante el profeta Natán Dios había revelado a David que no él sino su hijo Salomón debía edificarle la casa (2 Sam. 7: 4-13).

16. Escogí a David.

La elección de Dios no es movida por una preferencia ciega o por un prejuicio sino por la sabiduría y el amor. Así como Dios eligió a Israel entre las naciones, escogió a Jerusalén entre las numerosas ciudades de Israel, y también eligió a David para bendición y salvación de todo el pueblo. Cuando Dios escogió a David, no miró la apariencia externa sino el corazón (1 Sam. 16: 7).

17. David tuvo en su corazón.

El deseo y el propósito de David fueron honrar y glorificar a Dios. Por eso tuvo "en su corazón" la construcción de la casa del Señor. Cuán diferente sería este mundo si los hombres se preocuparan más por construir casas para Dios que para sí mismos, por fortalecer el reino de Dios antes que los reinos de los hombres. David deseaba con vehemencia que hubiera una casa para Dios, y como resultado se construyó el templo. Hay majestuosos templos que tuvieron humildes comienzos en el corazón de algunos seres humanos.

18. Bien has hecho.

El propósito de David era bueno, aunque no estaba enteramente de acuerdo con la voluntad de Dios. La voluntad de Dios era que se edificara un templo, pero debido a que David había sido guerrero, el Señor no lo aceptaba como el edificador (1 Crón. 22: 7, 8; 28: 3).

19. Tú no edificarás.

Dios expresó su aprobación por el propósito de David; sin embargo, indicó que la obra que deseaba efectuar la debía hacer otro. Hay ocasiones cuando algunas personas tienen un digno propósito de hacer una obra para Dios, pero, por razones que no siempre se comprenden claramente -quizá debido a la falta de experiencia, capacidad o preparación-, en su sabiduría el Señor ordena que otros la realicen. La sumisión de David a la voluntad divina demostró tanto su sabiduría como la profundidad de su experiencia religiosa.

20. Ha cumplido su palabra.

Se cumplió la voluntad de Dios de que Salomón y no David edificara el templo. Una persona puede acarrear desgracia sobre sí misma y sobre otros al oponerse obstinadamente a la voluntad de Dios. La cooperación con Dios es la que proporciona el mayor progreso a la obra de Dios. Al edificar el templo, de acuerdo con la voluntad de Dios, Salomón se colocaba en una posición en la que recibiría las bendiciones celestiales. Fue entonces cuando el Señor cumplió su palabra. Salomón fue el instrumento, pero indudablemente Dios fue el poder impulsor.

21. El pacto.

Los Diez Mandamientos son llamados aquí "el pacto" porque formaban la base del pacto entre Dios y su pueblo. El pacto era el plan por el cual debían reproducirse en el hombre los santos principios revelados en la ley. Así, mediante una figura de lenguaje, la ley es llamada el pacto. Desde los días más remotos de la humanidad, Dios ha deseado escribir su santa ley en el corazón humano.

22. Se puso Salomón delante.

El relato de Crónicas es más completo. Es verdad que durante su discurso de dedicación Salomón estuvo de pie (2 Crón. 6: 12), pero al terminar ese discurso "se arrodilló" (2 Crón. 6: 13) para la oración de consagración.

24. Has cumplido.

Al comenzar su oración, Salomón da gracias y alaba a Dios por haber cumplido su promesa a David de que tendría un sucesor en el trono y por la edificación del templo, y le implora que continúe la promesa de una sucesión ininterrumpida.

27. ¿Es verdad que Dios morará?

El santuario fue construido como el lugar de morada de Dios. Al trasladar el arca, David reconoció que Dios había elegido a Sion y "la quiso por habitación", prometiendo que la haría "siempre el lugar de" su "reposo" y que allí moraría (Sal. 132: 13, 14). Pero cuando Salomón contempló la grandeza y la magnificencia de Dios, Aquel que habita la eternidad, Aquel que "midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra y pesó los montes con balanza y con pesas los collados" (Isa. 40: 12), le pareció incomprensible que un Dios tal estableciera su morada en la tierra, en una casa como la que había hecho Salomón. El pensamiento aquí expresado ilustra un permanente contraste que se encuentra en toda la Biblia. Por un lado, hay un concepto profundísimo e invariable de la infinitud de Dios -eterno, invisible, imposible de abarcar, del Señor alto y sublime, el gran "Rey de reyes y Señor de señores" " (Apoc. 19: 16)-; por otro lado, hay un concepto igualmente vívido: que el infinito Jehová es un Dios que está muy próximo, muy cerca; que es amigo de la humanidad y un compañero personal de cada individuo; uno que camina y conversa con sus hijos y mora en santuarios terrenales hechos para su morada santa. Nunca dejará de ser un motivo de asombro que un Ser tan poderoso, tan trascendentalmente grande, condescienda hasta el punto de saludar al hombre mortal y venga a morar en santuarios hechos de madera y piedra, y dentro del corazón humano.

28. Tú entenderás.

Las palabras fluyen de un corazón profundamente conmovido por sentimientos en que se entremezclan el temor y la humildad. El hombre es completamente indigno de tener por compañero al Creador del universo. Un templo de la tierra no merece la presencia del Alto y Sublime que " "extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar" " (Isa. 40: 22). Aunque la humanidad sea indigna, aunque el templo sea indigno, Salomón ora para que Dios se acuerde de este edificio terrenal, para que de día y de noche y desde el cielo su verdadera morada- preste oídos a las fervientes oraciones de los hombres.

30. Perdona.

Salomón reconoció que cada persona que eleva una oración al cielo necesita perdón. Este sentimiento de culpa y de la necesidad del perdón del cielo se encuentra en toda la ferviente oración ofrecida por Salomón por sí mismo y por su pueblo (vers. 34, 36, 39, 50). Salomón sabía que el perdón de los pecados sería el más ferviente deseo de los que oraban. También sabía que la esperanza del hombre de recibir una respuesta a sus peticiones dependería grandemente de la gracia de Dios que perdona los pecados.

31. Contra su prójimo.

Este es el primero de siete casos particulares en que Salomón ora invocando la misericordia perdonadora de Dios. Este primer caso implica transgresiones personales de un hombre contra su prójimo.

32. Condenando al impío.

Aquí Salomón pide a Dios que las obras de iniquidad y las sendas de rectitud pongan de manifiesto sus resultados merecidos en cada caso. Más de lo que muchos se dan cuenta, tanto el bien como el mal dan frutos en este mundo, de acuerdo con su especie. " "Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará" " (Gál. 6: 7). " "La justicia guarda al de perfecto camino; mas la impiedad trastornará al pecador" " (Prov. 13: 6; ver también Prov. 14: 34; 11: 5, 19). Cuando Israel cayó, pudo decirse con justicia "Tu ruina, oh Israel, viene de ti" (Ose. 13: 9, versión Straubinger). "Por tu pecado has caído" (Ose. 14: 1).

33. Si tu pueblo Israel fuese derrotado.

Antes de que fuera establecida la nación de Israel, el Señor predijo exactamente el resultado de la transgresión. Israel sería herido delante de sus enemigos (Lev. 26: 14, 17; Deut. 28: 15, 25). Se retiraría la gracia protectora del cielo y se permitiría que sus enemigos lo humillaran.

Se volvieren a ti.

Con frecuencia el castigo provoca el arrepentimiento, "poque luego que hay juicios" de Dios " "en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia" " (Isa 26: 9). Salomón no ora para que la misericordia perdonadora de Dios descienda sobre los que persisten en la rebelión y en el pecado, sino sólo sobre los que reconocen sus transgresiones y se vuelven a él. A todos los tales se les asegura el perdón (1 Juan 1: 9).

35. Se cerrare.

Cuando Dios retira su mano protectora, con frecuencia las fuerzas de la naturaleza se convierten en instrumentos de castigo. Salomón dio por sentado que el castigo de la sequía a que se refirió Moisés (Lev. 26: 19; Deut. 28: 23, 24) se convertiría en una realidad.

37. Hambre.

La lista de estas calamidades aparece como una clara amenaza en el código mosaico (Lev. 26: 16, 20, 25; Deut. 28: 22, 35, 38, 42). Cuando los hombres abandonan los caminos de justicia, se multiplican tales castigos, y cuando aparecen a todo lo largo y lo ancho de la tierra, el mundo puede saber que está siendo retirada la benéfica mano del Señor.

38. Plaga.

El que cada persona reconozca "la plaga en su corazón" significa que se da cuenta de su pecaminosidad y la parte que ella ha tenido en provocar las desgracias que azotan la tierra. Las plagas de la tierra tienen su origen en la plaga del corazón. La plaga del pecado es la verdadera plaga, la causa básica de todos los otros azotes. A menos que se reconozcan los males del pecado y que se lo elimine, no hay esperanza de remediar los muchos otros males que amenazan reducir al mundo a la desolación.

39. Tu conoces.

Sólo Dios conoce realmente el corazón. Muchas personas tienen poca o ninguna comprensión de los males de su propio corazón, y de las desgracias que están acarreándose a sí mismos y al mundo que los rodea como resultado del pecado que acarician. Dios conoce el corazón y sabe cómo cambiarlo, cómo crear para el hombre "un corazón limpio" " y cómo renovar "un espíritu recto" " dentro de él (Sal. 51: 10).

41. El extranjero.

Esta parte es una notable y feliz digresión en medio de la serie de referencias a Israel. Hombres de países lejanos y extraños vendrían para honrar y adorar al Señor.

42. Oirán.

Jehová era el Dios no sólo de Israel sino de todo el mundo. Su plan era que Israel hiciera conocer su nombre por toda la tierra, de modo que por doquiera los hombres pudieran oír de su bondad y gracia, y se unieran con Israel en el culto.

43. Harás conforme a todo.

¡Cuán diferente era el espíritu de Salomón en esta ocasión del que movió al pueblo hebreo en los años siguientes! El pacto de Dios debía incluir no sólo a una nación sino a todas. Su gracia no era sólo para los hebreos sino para todos los que estuvieran dispuestos a reconocerlo. Cuando se inauguró el templo, Salomón recordó a los extranjeros de todos los países para que ellos también pudieran oír del pacto de la gracia de Dios y vinieran al templo a adorarlo. Israel debía ser una luz que iluminara al mundo. Si hubiera sido fiel a su misión divina, no habría perecido la nación sino que habría continuado creciendo hasta abarcar a todas las naciones de la tierra, hasta que Jerusalén se hubiera convertido en la metrópoli del mundo y su templo se hubiera vuelto la fuente de un río de vida para llevar salud y curación a todos (Zac. 14: 8).

46. Si pecaren.

Esta es la petición final de Salomón. Con perspicacia casi profética, sus pensamientos se proyectan hacia algún día futuro cuando, debido al pecado, Israel sería abandonado por el Señor y caería en las manos del enemigo para ser llevado a una tierra extraña. Moisés había predicho claramente esa posibilidad (Deut. 28: 45, 49-52, 63, 64).

Que no peque.

Conociendo la debilidad de la carne, que no hay ningún hombre ni ninguna nación que no pequen, surgió ante Salomón la grave posibilidad de que el pueblo pecara tan gravemente contra el Señor como para que él retirara su presencia divina e Israel cayera en manos enemigas. Oró con sumo fervor para que Dios se acordara de los suyos en esa hora trágica. ¡Cuán corto es el intervalo entre la gloria y la tumba! ¡El templo terminado, el templo destruido! ¡Un día de gloria, un día de ruina! Al elevar Salomón la voz a Dios en ferviente petición para que esa casa fuera la morada del Señor para siempre, en esa misma hora de consagración comprendió bien los trágicos e inevitables resultados del pecado. Por eso en su oración encontramos esta extraña mezcla de gozo y dolor, de gloria y de cenizas, de honra y de vergüenza. Pocas veces se ha ofrecido una oración por un pueblo con esperanzas tan excelsas, ni con un espíritu tan humilde, como en esta hora de la dedicación del templo de Dios. Fue una oración de promesas y de profecía, de visiones de la gloria divina y de la vileza del hombre pecaminoso.

47. Volvieren en sí.

Siempre hay esperanza en la hora de la más profunda tragedia. No importa cuán profundamente se depravara Israel como resultado del pecado, si tan sólo volviese en sí y reconociese su error y perversidad y eligiese el mejor camino, hallaría gracia delante de Dios.

48. Hacia su tierra.

Cuando Daniel oraba en Babilonia, ante sus ventanas abiertas se arrodillaba hacia Jerusalén (Dan. 6: 10).

50. Perdonarás a tu pueblo.

Esta oración de Salomón, ofrecida tres siglos y medio antes del exilio, es muy similar a la oración de Daniel en el tiempo cuando el cautiverio de Babilonia se aproximaba a su fin (Dan. 9: 2-19). Al dedicarse el templo parecía haber poca necesidad de una oración como ésta. Pero movido por la inspiración, Salomón contempló una hora cuando ese espléndido templo yacería en ruinas, cuando la tierra de la promesa sería una tierra de amargura y angustia, cuando los hijos de Israel vivirían proscritos en tierra extraña. Hay un sentimiento conmovedor en el hecho de que en la hora de la mayor gloria de Israel, Salomón ofreció la misma clase de oración que Daniel elevó en la hora del mayor oprobio de la nación. Se necesitaron ambas oraciones y ambas fueron oídas. La primera no sólo fue una oración sino también un mensaje de amonestación que ayudaría a evitar la condenación que traería la transgresión. La otra se elevaría al Dios del cielo que sólo esperaba un arrepentimiento genuino de su pueblo antes de permitir que volviera del cautiverio.

51. Ellos son tu pueblo.

La razón por la que Israel existía como pueblo separado era que el Señor lo había elegido entre las naciones y lo había establecido en la tierra prometida (Exo. 19: 4-6; Deut. 9: 29; 2 Sam. 7: 23; Sal. 135: 4). Puesto que Israel pertenecía a Dios, tenía la seguridad de que él lo amaría y ayudaría, que su diestra lo sostendría y que no debería temer en la hora de la mayor angustia (Deut. 33: 26, 27; Isa. 41: 8-14; 43: 1-6). Puesto que la mayor preocupación de Dios era la felicidad y el bienestar de sus hijos, éstos creían que, al insistir en sus peticiones, tenían derecho a rogarle que no los abandonara. Sin embargo, esto solo no garantizaba el éxito. Las promesas de Dios son condicionales, y quienes las esperan deben cumplir con las condiciones.

Sacaste de Egipto.

La liberación de Egipto era historia. Nunca podría cambiarse el hecho de que Dios había sacado a Israel del horno de hierro de Egipto. En ese hecho Salomón encontró un poderoso argumento para otra liberación si Israel se encontrara de nuevo bajo un amo extranjero. Posteriormente, cuando Jeremías comparó la liberación del cautiverio babilónico con la de Egipto, declaró que, en vista de la liberación mayor venidera, Israel no diría más: " " vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra de Egipto" " , sino " "vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra del norte" " (Jer. 16: 14, 15; cf. 23: 7, 8).

53. Heredad tuya.

Esta es la razón final y más poderosa que Salomón encuentra para presentar a fin de que Dios recuerde a su pueblo Israel. Él es la heredad del Señor de acuerdo con el derecho de Dios muchas veces presentado y con sus promesas muchas veces repetidas. Mediante Moisés el Señor reveló que haría de Israel su pueblo peculiar, elegido entre todos los pueblos de la tierra (Exo. 19: 5, 6; Deut. 14: 2). Había de ser conocido como "el pueblo de su heredad" (Deut. 4: 20; cf. 9: 26, 29). Si el Señor ahora los rechazaba, pondría en peligro el honor de su santo nombre (Exo. 32: 12, 13; Núm. 14: 13, 14). Se elevaron fervientes oraciones en los momentos de gran peligro, para que el Señor liberara a Israel por el honor de su nombre (Sal. 79: 9, 10), y debido a la ciudad y al pueblo que llevaban su nombre (Dan. 9: 19). En los días de Ezequiel, el Señor declaró que era a causa de su " "nombre, para que no se infamase ante los ojos de las naciones" " (Eze. 20: 9, 14; cf. 20: 22) por lo que él había realizado prodigios al liberar a Israel de Egipto.

54. Cuando acabó.

Salomón había elevado una oración notabilísima y sumamente conmovedora. No sólo incluía a Israel sino a los extranjeros distantes; era para los individuos tanto como para la nación; para las generaciones que todavía no habían nacido como para los que estaban en los atrios del templo; para los que eran fieles en la causa de Dios y también para los que podrían descarriarse. En realidad, el rasgo más notable de toda la oración es su profunda y genuina preocupación por los que estuvieran en la máxima necesidad de la gracia divina, los que pudieran pecar contra el Señor y necesitaran ser rescatados. Una oración tal sólo podía proceder de un corazón lleno de compasión y amor, movido por la piedad y la misericordia de Dios. Salomón no hacía esfuerzo alguno por buscar efectos retóricas, hacer ostentación, ni recibir la aclamación humana; sólo quería que sus palabras llegaran a los oídos de Dios. Esta oración fue genuina; procedió de los labios de un hombre de Dios. Cuando terminó, el Señor manifestó su aprobación mediante una segunda e insólita exhibición de poder y esplendor: descendió fuego del cielo para consumir el sacrificio y llenó el templo de gloria (2 Crón. 7: 1-3).

55. Bendijo a toda la congregación.

El pronunciar esta bendición formal fue un acto nítidamente religioso. Aarón y sus hijos habían recibido el deber y privilegio especiales de pronunciar la bendición divina (Núm. 6: 23-26). El hecho de que Salomón pronunciara ahora estas palabras finales de bendición muestra la gran importancia que ponía en las cosas del espíritu. Como rey no sólo se interesaba en los asuntos comunes del Estado sino en el bienestar espiritual de sus súbditos.

56. Ninguna . . . ha faltado.

Josué pronunció palabras similares (Jos. 21: 45; 23: 14). Dios nunca falla. Ha hecho muchas promesas a su pueblo, y es fiel en cumplirlas (Heb. 10: 23). Si los seres humanos no reciben las bendiciones que el Señor ha prometido darles, es por su propia falta. El Señor había prometido a Abrahán y a su descendencia la tierra de Palestina como una heredad eterna (Gén. 12: 7; 13: 15; 17: 8), pero los descendientes de Abrahán según la carne perdieron esa herencia debido a sus transgresiones contra el Señor (2 Rey. 17: 7-23; Jer. 7: 3-15; 25: 4-9).

57. Esté con nosotros Jehová.

Como un Dios de amor, el Señor desea estar con su pueblo. El templo fue edificado para que él pudiera morar entre los suyos (Exo. 25: 8; 1 Rey. 6: 12, 13). Jesús vino al mundo como Emanuel, "Dios con nosotros" " (Mat. 1: 23), y cuando se fue, prometió que estaría con los suyos "todos los días, hasta el fin del mundo" " (Mat. 28: 20). En el corazón de cada verdadero hijo de Dios no puede haber más elevado deseo ni más profundo anhelo que poder apreciar la presencia de Dios (Sal. 42: 1, 2; Apoc. 22: 20, 21).

58. Incline nuestro corazón.

El deseo de seguir en los caminos del Señor y de guardar sus mandamientos es un impulso divinamente implantado. Constantemente obra el Espíritu Santo de Dios guiando a las personas por las sendas de verdad y obediencia. Mientras más cerca está uno del Señor, más plenamente abandona todo lo pecaminoso de la tierra y está más dispuesto a hacer lo que Dios requiere. El Espíritu de Dios guía a los seres humanos a obedecer y los inclina a guardar sus mandamientos, pero no hace esto contra su voluntad. A quien está dispuesto a obedecer, la obediencia le resulta habitual. Mientras más cerca uno está del Señor, más plenamente los pensamientos de Dios se convierten en sus pensamientos y los caminos de Dios en sus caminos. Quienquiera que viene ante el Señor con humildad de espíritu y buena disposición del corazón, con el deseo de aprender los caminos del cielo y caminar en ellos (Sal. 119: 26, 27, 30, 32-36), comienza a encontrar que la obediencia a Dios es un placer y no un deber, y que la ley de Dios es una ley de libertad (Sal. 119: 45, 47, 97; Sant. 1: 25; 2:

12) y no un yugo.

60. Todos los pueblos.

Este es el gran propósito de Dios, y debe ser también el blanco supremo en el corazón de cada hijo del reino: que todos los pueblos de la tierra lleguen a conocer al Señor y compartan la comunión y el servicio.

61. Sea, pues, perfecto.

Las Escrituras aclaran que la perfección del carácter es un prerrequisito para entrar en el reino de los cielos. La norma de perfección se encuentra en los principios de rectitud y amor presentados en los mandamientos de Dios (Mat. 19: 16-21; Luc. 10: 25-28; Deut. 5: 2-22, 29-33; 6: 3-5). El Evangelio, revelado en los símbolos del AT y con plena claridad en el NT, muestra cómo podemos obtener la perfección de la cual habló Salomón.

63. Ofreció Salomón.

Al ofrecer esos sacrificios, en ese momento Salomón no realizaba las funciones de un sacerdote; presentó su ofrenda en el mismo sentido en que cualquiera podía presentar su sacrificio delante del Señor (Lev. 2: 1; 3: 7, 12). Los sacrificios aquí mencionados se identifican como sacrificios de paz. En el caso de tales ofrendas, sólo una parte del sacrificio se quemaba sobre el altar como "olor grato para Jehová" " (Lev. 3: 3-5, 14-17). La parte restante era comida por el oferente y su familia o amigos (Lev. 7: 15-21). Esa ofrenda no era un sacrificio expiatorio sino una ofrenda de agradecimiento presentada ante Dios como grato y gozoso reconocimiento por las bendiciones recibidas. Era una ocasión feliz y festiva en la que podía participar un gran número de personas

(2 Sam.6:18,19; 1 Crón. 16:2,3). El número de animales sacrificados en la dedicación del templo fue extraordinariamente grande, pero debe recordarse que muchísimos se hallaban presentes, que se había reunido " "todo Israel, una gran congregación, desde donde entran en Hamat hasta el río de Egipto" " , y que estuvieron allí durante un período de 14 días (1 Rey. 8: 65).

64. El altar de bronce.

Ninguna mención se haice en Reyes de la construcción de este altar, pero se hace referencia a ella en 2 Crón. 4: 1. Ese altar era muy grande: de unos 10 m de largo, 10 de ancho y 5 de alto. Pero debido a la gran cantidad de ofrendas resultó inadecuado para esta ocasión. Para hacer frente a la situación, los sacerdotes consagraron toda "la parte central del atrio" para que sirviera como un enorme altar, en cualquiera de cuyas partes pudieran ofrecerse sacrificios de diversas clases (ver 2 Crón. 7: 7).

65. Fiesta.

La fiesta duró 14 días, y en el día 23.º del 7.º mes fue despedido el pueblo (2 Crón. 7: 10), de modo que comenzó en el día 10.º del 7.º mes, que era el solemne día de la expiación (Lev. 16: 29, 30; 23: 27; Núm. 29: 7). En este mes se celebraba la fiesta de los tabernáculos, que comenzaba en el 15.º día del mes y continuaba durante 7 días (Lev. 23: 34, 39). Durante ese tiempo la gente debía morar en cabañas hechas de ramas de árboles (Lev. 23: 34, 40-42).

Donde entran en Hamat.

Hamat señala el extremo norte de la Tierra Santa (ver Núm. 13: 21; 34: 8; Jos. 13: 5; Juec. 3: 3; 2 Rey. 14: 25; 1 Crón. 13: 5; Amós 6: 14). En cuanto a la identificación de "entran en Hamat" , ver com. Núm. 34: 8 y Jos. 13: 5. El gran valle entre los montes Líbano y Antilíbano, conocido por los griegos como la Celesiria, señala la principal entrada en Palestina desde el norte. Por ese valle entraban los ejércitos que invadían a Palestina desde el norte.

Río de Egipto.

La palabra usada aquí para "río" no es nahar -la palabra común hebrea- sino nájal ; es decir, una corriente de agua o torrente que podría secarse en la estación seca, como en Job 6: 15, donde la palabra se traduce "corrientes". Esta corriente de agua quizá era el Wadi el-'Arísh , en el límite meridional extremo de Palestina (Núm. 34: 5; Jos. 15: 4, 47; 2 Rey. 24: 7; Isa. 27: 12), 80 km al sudoeste de Gaza (ver a la izquierda el mapa en colores).

66. Alegres y gozosos.

La verdadera religión proporciona gozo. Quien ha hecho la paz con Dios, tiene un espíritu de verdadera felicidad y tranquilo contentamiento que otros nunca pueden conocer. Las ceremonias dedicatorias del templo habían sido un motivo de inspiración y regocijo para los participantes. En la comunión mutua, en el canto de alabanzas a Dios, en el repaso de sus bendiciones, en darle la honra y la gloria debidas a su santo nombre, habían encontrado una plenitud de paz y gozo que ninguno de los placeres del mundo jamás puede proporcionar. Cuando uno entrega a Dios lo que es de Dios, puede realizar sus tareas diarias con paz y alegría de corazón. Se nos dice que esos adoradores estaban alegres no sólo por la bondad que el Señor les había demostrado sino también por su bondad con David y Salomón (2 Crón. 7: 10). Bienaventurado el país donde los gobernantes y el pueblo se desean bendiciones mutuas y se regocijan en la prosperidad y el gozo recíprocos, donde interceden el uno por el otro y trabajan para el bienestar y la paz comunes (ver Sal. 85: 9-12).

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