"Que nadie se engañe: si alguno de ustedes se cree sabio según la sabiduría de este mundo, vuélvase como un ignorante, para así llegar a ser verdaderamente sabio" (i Cor. 3:18, DHH).
Aveces, cuando tomamos pruebas que miden nuestros conocimientos: y el resultado nos dice que nuestro puntaje es alto, nos sentimos sabios. Pero, ¿realmente somos sabios? Si el puntaje promedio de las pruebas de aptitud académica en nuestra escuela fuera elevado, ¿pensaríamos que nuestra escuela es superior a las demás? ¿Qué sugerencia da Pablo para aquellos que piensan que son sabios según los estándares de esta época? "Vuélvase como un ignorante, para así llegar a ser verdaderamente sabio" (vers. 18). ¿Cómo puede uno volverse ignorante? ¿Está sugiriendo Pablo que olvidemos la información que ya sabemos? ¿Está Pablo hablando de no poder responder ninguna pregunta de "¿Quién quiere ser millonario?" o de obtener una puntuación baja en el examen de aptitud académica?
Pablo se refiere en este pasaje a la sabiduría y la ignorancia de una manera particular. Esta sabiduría no consiste en entender cómo funcionan las computadoras o en ser capaces de explicar la revolución industrial. Pablo, que fue educado en las instituciones de mayor prestigio de su época, no está sugiriendo que solo estamos listos para la verdadera sabiduría cuando no podemos responder la pregunta del millón. Lo que Pablo está diciendo es que la sabiduría es más que saber mera información. La sabiduría según los estándares del mundo no es la verdadera prueba de la sabiduría.
La sabiduría puede ayudarnos a aprobar exámenes e incluso a conseguirnos un trabajo donde ganemos mucho dinero, pero no le dará sentido a nuestra vida. La información, sin un marco referencial moral y ético, nos deja sin orientación en cuanto al uso de la información. Como dice Pablo: "Pues aunque han conocido a Dios, no lo han honrado como a Dios ni le han dado gracias. Al contrario, han terminado pensando puras tonterías, y su necia mente se ha quedado a oscuras. Decían que eran sabios, pero se hicieron tontos" (Rom. 1:21,22).
Hay muchos tontos en este mundo postcristiano en el que cada uno tiene su propia verdad. Cada uno elige su propia fruta del árbol de la vida, ignorando a su Creador. Cuando los sentimientos se convierten en la única norma de comportamiento, el mundo desciende al caos, donde las personas "cambiaron la verdad de Dios por la mentira" (vers. 25, NVI).
Salomón persiguió precisamente esa sabiduría mundana. "Me entregué de corazón a inquirir y a buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo [...]. Miré todas las obras que se hacen debajo del sol". Sin embargo, él consideró todo eso "vanidad y aflicción de espíritu" (Ecl. 1:13, 14). Es posible que podamos responder la pregunta del millón, pero ¿qué diferencia hace? Cuando podemos responder la pregunta más difícil del libro de ciencias, el contraste es aún más marcado. "Que nadie se engañe: si alguno de ustedes se cree sabio según la sabiduría de este mundo" (1 Cor. 3:18, DHH). Estamos tan acostumbrados a los estándares del mundo, que las calificaciones junto al nombre significan más que el nombre. Obtener una educación costosa en las instituciones más prestigiosas del mundo puede tentarnos a encontrar nuestro valor en lo que el mundo valora.
¿Por qué Salomón lo llamó "vanidad"?
Miré luego todas las obras de mis manos y el trabajo que me tomé para hacerlas; y he aquí, todo es vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol (Ecl. 2:11).
Adán y Eva trataron de cubrir su desnudez después de comer del árbol prohibido. Ya ño buscaban la comunión de Dios, sino que se escondieron de él. Hoy, algunos buscan promocionarse cubriendo sus inseguridades con más carreras universitarias, dinero o poder (ver 2 Corintios 11:18). La búsqueda de lo que nos exalta a los ojos de la sociedad secular nunca satisfará más que los ídolos que adoraban los tontos de la época de Pablo (ver Hechos 17:22, 23). "El temor de Jehová es el principio de la sabiduría; el conocimiento del Santísimo es la inteligencia" (Prov. 9:10).
En la actualidad, la gran mayoría de los colegios universitarios y las universidades son sistemas de comunicación de información profesionalizados que preparan a sus alumnos para la búsqueda de trabajo en lugar de desarrollar el carácter. Hay demasiada "vanidad" en muchas instituciones educativas. Vivimos en una época en la que los hechos y la información están en la punta de nuestros dedos. Internet ha puesto la información a disposición de cualquiera que tenga una computadora. "Nada en educación es tan sorprendente como la cantidad de ignorancia que acumula en forma de hechos inertes".1
Pero la información no nos hace sabios, y pareciera que cuanta más información hay disponible, menos sabiduría tiene la gente. La verdadera educación consiste en encontrarle sentido a la vida. Jesucristo, el Maestro de maestros, le da sentido a la vida. No es información abstracta sobre el universo, sino más bien información relevante sobre quiénes somos y por qué estamos aquí, y esa sabiduría proviene del Señor. "Porque Jehová da la sabiduría y de su boca proceden el conocimiento y la inteligencia" (Prov. 2:6).
Lo que es válido sobre la sabiduría del mundo también lo es sobre el conocimiento de la religión. La acumulación de conocimientos religiosos, independientemente de cuán verdaderos sean; la acumulación de hechos religiosos, independientemente de cuán precisos sean, no es diferente a la sabiduría mundana, que es "vanidad" si no se pone en práctica en la vida. Si sustituyéramos la palabra "adventista" por judío en Romanos 2:17 al 24, quedaríamos con algo así: "Si tú te llamas adventista; confías en la membre-sía de la iglesia y presumes de ser el remanente; si conoces la voluntad de Dios y apruebas lo que es superior porque la ley y el testimonio lo instruyen; si estás convencido de que eres un guía para los ciegos hacia una vida saludable, una luz para aquellos que están en la oscuridad en cuanto al estado de los muertos, un instructor para los tontos que no entienden la escatologia, un maestro de niños espirituales porque tienes el Espíritu de Profecía. Tú, pues, que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de robar, ¿robas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios?, pues, como está escrito: 'El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de ti'" (comparar con Isaías 52:5 y Ezequiel 36:22).
¿Por qué se blasfema el nombre de Dios? Reclamar la verdad como una posesión pero no vivir la verdad es blasfemar. Blasfemar no es solo jurar o tomar el nombre del Señor en vano. Es reclamar el nombre de Cristo y no ser transformados por él. Afirmar que somos el pueblo remanente de Dios porque poseemos la verdad, es como cuando Adán y Eva buscaron cubrir su desnudez con pieles de animales. Profesar la verdad sin vivirla es blasfemar. Elena de White dijo: "Muchos que profesan ser seguidores cristianos no están deseosos de examinar sus corazones para ver si han pasado de la muerte a la vida. Algunos se apoyan en una antigua experiencia, y parecen pensar que una mera profesión de la verdad los salvará, pero la Palabra de Dios revela el terrible hecho de que los tales están gozando de una falsa esperanza".2 La educación que consista en simplemente comunicar los hechos de la vida sin la sabiduría de vivir, no es verdadera educación; es tontería, simple vanidad.
Jesús señala lo mismo que Pablo en Lucas 11:52: "¡Ay de ustedes, maestros de la ley!, que se han apoderado de la llave del conocimiento; pero ni ustedes mismos entran ni dejan entrar a los que quieren hacerlo". Los expertos en conocimiento religioso, los predicadores y los maestros, se han apoderado de la llave del conocimiento. Se quedaron con la llave y no abrieron la puerta. Tenían la llave: no la usaron ellos y no la compartieron con otros. El Maestro de maestros se enfocó en lo que era importante. "Cristo hubiera podido comunicar a los hombres conocimientos que habrían sobrepujado cualquier revelación anterior y dejado en segundo plano todo otro descubrimiento. Hubiera podido desentrañar misterio tras misterio, y conten-trar alrededor de esas maravillosas revelaciones el pensamiento activo y serio de las generaciones sucesivas hasta el fin de los tiempos. Pero ni por un momento quiso dejar de enseñar la ciencia de la salvación".3
Entonces ¿en qué consiste la educación cristiana? La educación cristiana no enseña que dos ángeles más dos ángeles equivalen a cuatro ángeles; ni consiste en estudiar la geografía de la Tierra Santa, ni en estudiar la Biblia en lugar de Shakespeare. No es diferente por los hechos sobre los que enseña. Los jóvenes aprenden las mismas matemáticas, geografía e inglés. Es diferente porque Jesús, el Creador, está en el centro de ella. Una escuela cristiana no combina los conocimientos correctos aislando a los alumnos del mundo, porque como cristianos sabemos que el mal es realmente un problema del corazón. Son los maestros los que dispensan el conocimiento, los compañeros4 que apoyan ese conocimiento y el ambiente cristiano en el que se aprenden esos conocimientos los que la hacen cristiana. Jesús nos enseñó sobre Dios cuando vino como Dios encarnado. "Entonces la Palabra se hizo hombre y vino a vivir entre nosotros" (Juan 1:14, NTV). De esta manera, los estudiantes ven a Jesús en la facultad y el personal a medida que enfocan a Jesús en su propia vida.
La pregunta que se debe hacer sobre el instituto educativo o la universidad no es el puntaje promedio de los alumnos o cuántos premios Nobel ha producido la facultad, sino qué tipo de estudiantes atrae la institución. ¿Buscan la verdadera sabiduría o simplemente andan en busca de vanidad?
Al principio del ministerio de Cristo, los discípulos de Juan el Bautista fueron a verlo. Estaban desanimados y abatidos. Su líder estaba en la cárcel y el propio Juan tenía algunas preguntas. "Al oír Juan en la cárcel los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos a preguntarle: '¿Eres tú aquel que había de venir o esperaremos a otro?'" (Mat. 11:2,3).
Jesús usualmente tenía una respuesta lista para esta clase de preguntas, pero esta vez no. Jesús simplemente continuó llevando a cabo su trabajo, abriendo los ojos de los ciegos, curando a los leprosos, liberando a los endemoniados, curando enfenmedades y enseñando a la gente. Al final del día, respondió: "Regresen a Juan y cuéntenle lo que han oído y visto" (Mat. 11:4, NTV).
Jesús no les dio un estudio bíblico demostrando que él era el Mesías. No les dijo: "Deberían confiar en mí". Tampoco dijo: "¿Qué le pasa? ¿por qué duda tan pronto?". No, Jesús siguió trabajando y; al final del día, les dijo que fueran y le contaran a Juan lo que vieron.
¿Tenemos una institución educativa cristiana? Esta no se determina por su nombre, ni por su plan de estudios. No está determinada por el hecho de que sea patrocinada por una iglesia. La prueba es más objetiva: "¡Vengan a ver!". Observen cómo sus alumnos comparten su fe. Observen cómo sus alumnos oran juntos en la acera. Escuchen cómo los profesores comparten su fe y enseñan cada tema desde una perspectiva bíblica. Observen cómo todo el equipo de la institución de la escuela se involucra en proyectos comunitarios.
¿Qué vieron los discípulos de Juan? "Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anuncia'do el evangelio" (Mat. 11:5).
No es por teoría que somos cristianos, sino porque experimentamos la vida de Jesús en nuestra vida. Nuestra educación enseña a estar con Jesús, el Maestro de maestros. Los discípulos no tenían mucha educación; eran pescadores, trabajadores comunes. Ni siquiera tenían una educación de octavo grado. En Hechos 4:5 se describe a los discípulos reunidos con los intelectuales de los líderes judíos, aquellos que se habían graduado en las universidades judías más prestigiosas de su época. "Al día siguiente, el Concilio -integrado por todos los gobernantes, ancianos y maestros de la ley religiosa- se reunió en Jerusalén. El sumo sacerdote, Anás, estaba presente junto con Caifás, Juan, Alejandro y otros parientes del sumo sacerdote" (NTV). Es decir, se reunieron los que manejaban el poder en Jerusalén. Era como una reunión conjunta del Congreso, con el presidente y todo su equipo ministerial.
"Hicieron que Pedro y Juan comparecieran ante ellos y comenzaron a interrogarlos" (vers. 7, NVI). La reunión fue una inquisición. Los mejores y más brillantes estaban interrogando a estos pescadores, y el registro dice: "Cuando vieron la seguridad con que se expresaban Pedro y Juan, que eran hombres sin cultura y sin instrucción, no salían de su asombro. Por una parte, no podían menos de reconocer que Pedro y Juan habían sido compañeros de Jesús" (vers. 13, BLP).
Esa es la verdadera sabiduría. Esa es la verdadera educación. Eso es lo que tiene significado eterno. Cuando se tiene una educación cristiana, los demás ven nuestra seguridad y se dan cuenta de que hemos estado con Jesús. Para que la educación tenga un valor infinito, debe ponernos en contacto con el Infinito.
A Roberto, un oso que vivía en el bosque Fenton, le encantaba la miel. Dada su pasión, decidió que estudiaría todo sobre la miel, incluyendo cómo se fabricaba. Ahora, cuando el oso Roberto decidía hacer algo, jamás lo hacía a medias. Pasó días con un panal de miel, estudiando las intrincadas técnicas de elaboración. Estudió en el campo, estudió en el Colegio Universitario Técnico del Gran Árbol, Estudió en la biblioteca, estudió en su guarida.
Se empeñó en obtener su doctorado en mielología. Siempre estaba investigarlo algo nuevo sobre las abejas y la miel. Cualquier cosa que se le preguntara sobre la miel y las abejas, él sabía la respuesta. El oso Mañoso vino a él un día con miel goteando de su boca y sobre sus papadas.
-¡Ven conmigo! -le dijo-, encontré una colmena, y está realmente buena.
-No puedo ir ahora -respondió Roberto-, Acabo de aprender información nueva sobre la construcción de colmenas.
-¿Construcción de colmenas? -dijo Mañoso en tono burlón-, ¡Olvídate de eso! Ven conmigo a destruir esta colmena. ¡Vamos a comer!
-¡No! -dijo Roberto- ¡Necesito aprender esto!
Entonces Mañoso se fue a comer mientras Roberto memorizaba la geometría de las celdas de cera.
Entonces, el viejo búho sabio dijo: "El conocimiento puede llenar la mente, pero no vale mucho a menos que también llene el estómago".
De la misma manera, el conocimiento religioso puede llenar la mente, pero si no llena el corazón, no tiene valor. Es solo "vanidad".
1 Henry Adams, The Education of Henry Adams: An Autobiography (Boston: Houghton Mifflin, 1918), p. 379.
2 Elena de White, Nuestra elevada vocación, p. 165.
3 Elena de White, El ministerio de curación, p. 354.
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