Lección 5 “Venid a mí…” - Material auxiliar para el maestro
El sábado enseñaré…
RESEÑA
¿Alguna vez sentiste que las cargas que
llevas son demasiado pesadas? ¿Alguna vez sentiste que tu nivel de estrés está
al límite y no puedes soportar más? La lección de esta semana brinda ayuda
práctica cuando llegamos al límite. Por cierto, ya sea que nuestras cargas sean
extremadamente pesadas o relativamente ligeras, Jesús nos invita a acercarnos a
él para encontrar alivio.
Nuestro principal pasaje bíblico de esta
semana es Mateo 11:28 al 30: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y
cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de
mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras
almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. ¿Notaste las tres
invitaciones específicas de tres palabras en la declaración de Cristo? En
primer lugar, dice: “Venid a mí”. Él es la Fuente de nuestra paz. Él es el
manantial de nuestra fuerza. Solo él puede llevar nuestras cargas. Él es el
único que realmente puede aliviar el estrés abrumador que a veces experimentamos.
La segunda invitación de tres palabras es “Llevad mi yugo”. Los bueyes que
están en yugo se unen para servir y alivianarse el esfuerzo. Cuando nos unimos
a Cristo en el servicio a los demás, nuestras cargas se vuelven más livianas.
En la lección de esta semana, estudiaremos más a fondo lo que significa estar
en “yugo” con Cristo. La tercera invitación de tres palabras es “Aprended de
mí”. Jesús cargó el peso de este mundo sobre sus hombros, pero vivió en una
atmósfera de paz divina. No estaba estresado por los desafíos que enfrentó. En
la lección de esta semana, exploraremos este pasaje con considerable detalle,
enfatizando especialmente el anhelo de Jesús de que descansemos en él y que
encontremos paz del corazón y la mente.
COMENTARIO
Se cuenta la historia de un anciano
granjero que caminaba penosamente por un camino de tierra estrecho y viejo,
llevando un saco de papas en la espalda, con los hombros caídos y el paso
laborioso y lento. Era un día de verano extremadamente caluroso, y el sudor
corría por la frente del anciano. Se animó un poco cuando un vecino se acercó
en su carro tirado por caballos y le preguntó al anciano si quería que lo
llevara. Feliz, se subió a la parte trasera del carro. Mientras avanzaban, el
vecino observó que el hombre todavía tenía el saco de papas en la espalda. Se
dio vuelta y le dijo al granjero: “Amigo, descansa un poco. Deja tu saco”.
Según cuenta la historia, el anciano simplemente respondió: “Has sido tan
amable al llevarme; lo mínimo que puedo hacer es llevar mi carga”. Sin duda,
esta historia es ficticia, pero ilustra bien el tema de la lección de esta
semana. Es posible que todavía llevemos nuestras propias cargas pesadas incluso
después de haber ido a Jesús. Nuestro Salvador anhela aliviarnos del estrés de
llevar estas cargas. Él quiere llevar nuestra carga. Estudiemos cómo podemos
liberarnos de las cargas que a menudo sofocan nuestro gozo.
Ven a Jesús
Jesús nos invita a acercarnos a él. ¿Qué
significa esto en términos prácticos? Ir es una decisión de la voluntad. Ir implica
nuestra decisión personal. Jesús nos ha dado a cada uno de nosotros libertad de
elegir. Él no forzará nuestra voluntad. No nos presionará para que vayamos. Él
nos invita bondadosamente. Nos impresiona con su Espíritu para que vayamos a
él. Pero, la decisión es nuestra. Ir es poner nuestra confianza en su capacidad
para llevar la carga. Vamos con fe, creyendo que él es más grande que el
problema, más grande que la dificultad y más grande que el desafío. Elena de
White comparte esta idea alentadora: “Su invitación es: ‘Venid a mí’.
Cualesquiera que sean tus ansiedades y pruebas, presenta tu caso ante el
Señor. Tu espíritu será fortalecido para poder resistir. Se te abrirá el
camino para librarte de estorbos y dificultades. Cuanto más débil e impotente
te reconozcas, tanto más fuerte llegarás a ser en su fortaleza. Cuanto más
pesadas sean tus cargas, más bienaventurado es el descanso que hallarás al
echarlas sobre el Portador de las cargas” (DTG 296).
Uncidos a Jesús
Cuando acudimos a Jesús, él nos invita a
tomar su yugo. Estas palabras, que eran comunes para sus oyentes del siglo I,
parecen extrañas a nuestros oídos. William Barclay, en su comentario bíblico
sobre Mateo 11:26 al 28, explica las palabras de Jesús con respecto al
yugo de esta manera: “Jesús nos invita a llevar su yugo sobre nuestros hombros.
Los judíos usaban la frase ‘el yugo’ para ‘someterse a’. Hablaban del yugo de
la Ley, el yugo de los Mandamientos, el yugo del Reino, el yugo de Dios”. Tomar
el yugo de Cristo es someterse a su voluntad. Cuando se colocaba el yugo
alrededor del cuello del buey, el animal se sometía a la dirección de su amo.
Y continúa: “Bien puede ser que Jesús haya
tomado las palabras de su invitación de algo mucho más cercano que eso. Dice:
‘Mi yugo es fácil’. La palabra ‘fácil’ está en griego, chrestos, que puede
significar bien ajustado. En Palestina, los yugos de buey se hacían de madera;
traían al buey y le tomaban las medidas. Luego se desbastaba el yugo y se lo
volvía a traer el buey para probárselo. El yugo se ajustaba cuidadosamente para
que le quedara bien y no hiriera el cuello de la paciente bestia. El yugo se
hacía a la medida del buey”.
¿Crees que Jesús habrá hecho yugos en la
carpintería de Nazaret? Barclay habla de una leyenda que dice que Jesús “hacía
los mejores yugos de buey de toda Galilea, y que gente de todas partes del país
acudía a él para comprar los mejores yugos que ese oficio podía aportar”. ¿Te
imaginas un letrero sobre la puerta de la carpintería de Jesús que dijera algo
como esto: “Los mejores yugos de toda Galilea se hacen aquí”?
El yugo que Jesús pone alrededor de
nuestro cuello para unirnos a él encaja bien. Él llega a ser nuestro socio en
el servicio y se une a nosotros. Lo que quiere decir es: “La vida que te doy no
es una carga para ti; tu tarea está hecha a medida para ti”. Todo lo que Dios
nos envía está hecho exactamente a la medida de nuestras necesidades y
habilidades. Como dice el apóstol Pablo: “No os ha sobrevenido ninguna
tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados
más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la
tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Cor. 10:13). Uncidos a Jesús,
tenemos la absoluta seguridad de que él nos fortalecerá para soportar cualquier
tentación, prueba o tribulación que enfrentemos. El descanso que Cristo nos da
es la seguridad de que él está a nuestro lado para permitirnos prosperar en
cada uno de los desafíos de la vida.
Elena de White agrega: “Llevad mi yugo
sobre vosotros’, dice Jesús. El yugo es un instrumento de servicio. Se enyuga
a los bueyes para el trabajo, y el yugo es esencial para que puedan trabajar
eficazmente. Por medio de esta ilustración, Cristo nos enseña que somos
llamados a servir mientras dure la vida. Hemos de tomar su yugo sobre nosotros
con el fin de que podamos ser colaboradores con él.
“El yugo que nos une al servicio es la Ley
de Dios. La gran Ley de amor revelada en el Edén, proclamada en el Sinaí, y en
el Nuevo Pacto escrita en el corazón, es la que liga al obrero humano a la
voluntad de Dios. Si fuésemos dejados para seguir nuestras propias
inclinaciones, para ir simplemente adonde nos conduzca nuestra voluntad,
caeríamos en las filas de Satanás y llegaríamos a poseer sus atributos. Por
lo tanto, Dios nos encierra en su voluntad, que es superior, noble y elevadora.
Él desea que asumamos con paciencia y sabiduría los deberes de servirlo” (DTG
296). Llevar su yugo es someterse a su voluntad, y al someternos a su voluntad
tenemos la mayor sensación de libertad y la mayor sensación de paz.
Aprender de Jesús
La última de las tres invitaciones de
Cristo en Mateo 11:29 es “Aprended de mí”. Al estudiar la vida de
Cristo, repetidamente aparece un tema predominante. Cristo estaba totalmente
comprometido con hacer la voluntad del Padre. En Juan 8:29, Jesús dice:
“Yo hago siempre lo que le agrada”. En su última oración de intercesión,
en Juan 17, Jesús ora: “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí,
y yo en ti” (Juan 17:21). Había una unidad inquebrantable entre Jesús y su
Padre. Ni una sola vez en su vida terrenal Jesús decidió actuar o pensar en
contra de la voluntad del Padre. Incluso en el momento más difícil de su vida,
Jesús entregó su voluntad a la voluntad del Padre. En Getsemaní, cuando el
destino del mundo temblaba en la balanza, y Satanás retorcía el corazón de
Jesús con sus más feroces tentaciones, Jesús oró: “Padre mío, si es posible,
pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mat. 26:39).
La paz perfecta se obtiene cuando nuestro corazón y nuestra mente son uno con
la mente y el corazón de Cristo. Cuando, como dice el viejo himno, “No hay nada
entre mi alma y mi Salvador” [himno “Ando con Cristo” en español], estamos en
paz. El pecado perturba nuestra paz. Una relación rota entre nosotros y Jesús
trastorna nuestra paz. Cuando acudimos a él deseando hacer su voluntad, unidos
a él en servicio, nos promete: “Hallaréis descanso para vuestras almas” (Mat.
11:29).
APLICACIÓN A LA VIDA
¿Puedes pensar en algo en tu vida que te
impida entregarte por completo a Jesús? ¿Hay algo que te impida ir a él? Hay
muchos que piensan que no pueden ir a Cristo a menos que primero se arrepientan
de sus pecados y abandonen sus malos hábitos. La verdad es que vamos a Jesús
tal como estamos, con todas nuestras faltas, atormentados por la culpa y
plagados por la debilidad de nuestra carne. Cuando vamos, él nos acepta con los
brazos abiertos. Nos da el don del arrepentimiento. Acepta nuestra confesión.
Nos recibe como sus hijos e hijas. Nos da poder para vencer. Unidos a él,
llegamos a ser nuevas criaturas en Cristo. Esta semana, considera comenzar tus
días con estos dos enunciados:
Jesús, hoy vengo a ti. Reconozco que eres
la Fuente de mi paz, mi propósito y mi alegría en la vida. Te presento mi
voluntad hoy y pongo todos mis planes a tus pies.
Jesús, revélame cualquier cosa en mi vida
que no esté en armonía con tu voluntad. Donde tenga actitudes, sentimientos,
deseos y hábitos que sean contrarios a tu voluntad, por favor, revélamelos.
Hoy, mi mayor deseo es complacerte.
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