05 RESURRECCIONES ANTES DE LA CRUZ - La vida eterna: La muerte y la esperanza futura - Libro complementario
Capítulo 5
OTRAS RESURRECCIONES ANTERIORES
La enseñanza bíblica de la resurrección corporal de los muertos es inaceptable para la mente escéptica que niega la intervención sobrenatural de Dios en los asuntos humanos. Esta enseñanza tampoco se ajusta a la teoría popular de la inmortalidad natural del alma, y no tiene mucho sentido para aquellos fascinados con las "experiencias cercanas a la muerte" de algunas personas declaradas físicamente muertas pero que reviven, describiendo luego sus supuestas visiones del más allá (ver el capítulo 11). El argumento es simple: si el alma del fallecido "vuela" directamente hacia su respectiva recompensa, ya sea el paraíso o el infierno, como propone esta teoría, ¿qué sentido tiene entonces que regrese y se reencarne en su cuerpo anterior? Y más aún, ¿cómo puede un alma incorpórea gozar de las delicias del Paraíso o sufrir las llamas del infierno? Se han dado muchas respuestas especulativas a estas preguntas. Pero ninguna puede negar el hecho de que la esperanza bíblica se basa en la resurrección corporal de los muertos, no en la supuesta inmortalidad natural del alma.
En el Antiguo Testamento y en los cuatro Evangelios, la resurrección de los muertos no se presenta como una mera ilusión utópica, destinada a consolar a las personas por la pérdida de sus seres queridos y ayudarlas a superar el miedo a su propia muerte cercana. De hecho, la resurrección era la seguridad bendita aceptada por la fe en la palabra vivificadora de Dios y confirmada por algunas resurrecciones individuales. En este capítulo estudiaremos las resurrecciones registradas en el Antiguo Testamento y en los Evangelios canónicos.
Estos asombrosos milagros del pasado son prototipos de la futura resurrección que devolverá la vida a nuestros seres queridos que ahora descansan en Cristo, y a quienes extrañamos tanto.
En tiempos del Antiguo Testamento
La resurrección corporal es la única forma en que el pueblo fiel de Dios que murió podrá disfrutar de la vida eterna. La Biblia menciona a dos profetas del Antiguo Testamento que fueron llevados al cielo sin experimentar la muerte. El primero de ellos fue Enoc, que según el texto bíblico "caminó con Dios" (Gén. 5:22, 24) y "agradó a Dios" (Heb. 11:5); "un día desapareció porque Dios se lo llevó" (Gén. 5:24, NVI). Jan Christian Gertz explica que la expresión "desapareció" (Iqj en hebreo), no es sinónimo de "murió", porque también se usa en el caso de Elías, que tampoco murió (2 Rey. 2:3, 5, 9, 10).1 Además, el Nuevo Testamento confirma que Enoc "fue llevado en vida para que no muriera" (Heb. 11:5, DHH). Esto significa que Dios se llevó a Enoc a vivir con él en las cortes celestiales.
El segundo profeta que ascendió al cielo sin conocer la muerte fue Elías. La narración de 2 Reyes 2 comienza con esta frase: "Cuando el Señor estaba por llevarse a Elías al cielo en un torbellino" (vers. 1, NTV). Incluso había una conciencia profética significativa sobre el inminente ascenso de Elías. Los hijos de los profetas que estaban en Betel y Jericó le preguntaron a Eliseo: "¿Sabes que el Señor va a quitarte hoy a tu maestro?" Eliseo les respondió: "Lo sé muy bien; ¡cállense!" (vers. 3, 5, NVI). Cuando Elías y Eliseo caminaban cerca del río Jordán, "de pronto apareció un carro de fuego, con caballos también de fuego, que los separó, y Elías subió al cielo en un torbellino" (vers. 11, DHH). A excepción de Enoc y de Elías, todas las demás personas fallecidas que volvieron a la vida resucitaron corporalmente.
La primera persona que resucitó a la vida eterna fue Moisés, el profeta a quien Dios le habló cara a cara (Núm. 12 :6-8; Deut. 18:15; 34:10). Algunas fuentes extrabíblicas judías antiguas y cristianas primitivas afirman que Moisés nunca murió.2 Sin embargo, el registro bíblico nos dice en términos inequívocos que "allí murió Moisés, siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor, y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy" (Deut. 34:5, 6). También se nos informa de una disputa ocurrida entre Miguel y el diablo "acerca del cuerpo de Moisés" (Judas 9). Algunos intérpretes deducen que la palabra cuerpo (soma en griego) en este pasaje debe entenderse como "espíritu", pero esta sugerencia artificial distorsiona el significado real del texto.3 Según estos pasajes y la presencia de Moisés con Elías en la transfiguración de Jesús (Luc. 9:28-36), podemos estar seguros de que Moisés realmente murió y fue sepultado por Dios mismo, quien también lo resucitó y lo llevó al cielo.
En contraste con Moisés, quien no permaneció mucho tiempo en la tumba y fue resucitado a una vida inmortal,4 dos niños fueron devueltos a la presente vida mortal durante los ministerios proféticos de Elías y Elíseo. El primero era hijo de una viuda pobre en Sidón (1 Rey. 17:8-24), una ciudad portuaria fenicia en la que nació la reina pagana Jezabel (1 Rey. 16:31). El registro bíblico explica que el niño se enfermó y murió. Entonces el profeta Elías lo llevó a su habitación, oró al Señor y el niño revivió. En algunas versiones, 1 Reyes 17:22 dice: "El alma volvió al niño" (RV95) y "el alma del niño volvió a él" (LBLA). Aunque estas traducciones sugieren que la supuesta "alma" (nefés en hebreo) del niño regresó del Paraíso a su cuerpo terrenal, esto no se corresponde con la enseñanza bíblica, como hemos visto hasta ahora. Donald J. Wiseman afirma: "Esta vida [...] por sí sola no constituye una base para ninguna doctrina sobre la supervivencia del alma después de la muerte"5 Sin embargo, el verdadero significado del texto, y por lo tanto la traducción correcta, es simplemente que "la vida volvió al niño" (NTV) o que "el muchacho volvió a la vida" (NVI), ya que, en. otras partes de la Biblia, nefés también significa "vida".6
El segundo caso de resurrección es el del hijo de una destacada mujer en Sunem (2 Rey. 4:18-37), un pueblo que estaba cerca del valle de Jezreel. El pasaje nos dice que el niño tenía un fuerte dolor de cabeza y murió. Su madre buscó al profeta Eliseo en el Monte Carmelo y le rogó que fuera con ella a ver a su hijo. El profeta honró su pedido, y cuando vio al niño muerto en la cama, cerró la puerta y oró al Señor. Después de un rato, "el niño estornudó siete veces y abrió sus ojos" (vers. 35). Sabemos que cuando Eliseo iba a comenzar su ministerio profético, le había pedido a Elías "una doble porción" de su espíritu (2 Rey. 2:9). Así como Elías resucitó al hijo de la viuda sidonia, Eliseo resucitó al hijo de la sunamita. Ambos casos trajeron consuelo y esperanza a la vida de estas madres emocionalmente devastadas, y sobre todo, demostraron el poder de Dios sobre la muerte.
Durante el ministerio terrenal de Cristo
Jesucristo vino a este mundo para derrotar a Satanás e inaugurar la era mesiánica. En palabras del apóstol Pedro, "Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (Hech. 10:38). Y Jesús mismo pidió a los discípulos de Juan Bautista que le dijeran que "los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio" (Luc. 7:22). Los milagros de Jesús eran señales de su unción divina como el Mesías prometido y hechos poderosos que revelaban que "en la persona y misión de Jesús, el Reino de Dios estaba conquistando el reino de Satanás"7
Se nos dice que "Jesús hizo muchas otras señales en presencia de sus discípulos", las cuales no están registradas en los evangelios canónicos (Juan 20:30; cf. Juan 21:25). Esto significa que no sabemos con certeza a cuántos enfermos sanó y cuántos muertos resucitó. Durante su ministerio terrenal, Jesús resucitó al menos a tres personas.
Uno fue el hijo de una viuda de Naín (Lucas 7:11-17), un pueblo ubicado en Galilea. El joven fallecido era "hijo único de su madre" (vers. 12) y como viuda, ciertamente dependía de él para su sustento. Ella no le pidió nada a Jesús. Mientras llevaban a su hijo sin vida a la sepultura Jesús se llenó de compasión, tocó el ataúd abierto y dijo: "Joven, a ti te digo, levántate" (vers. 14). Inmediatamente, esas palabras vivificadoras hicieron que su corazón latiera de nuevo.
Otra persona que resucitó de entre los muertos fue la hija de Jairo, una niña de doce años (Mar. 5:21-24, 35-43; Luc. 8:40-42, 49-56). Jairo era uno de los ancianos de la sinagoga local, presumiblemente en Capernaúm.8Jairo se acercó a Jesús y le rogó que se apresurara a su casa para que curara a su hija moribunda. Antes de que llegaran, llegó la terrible noticia de que la niña ya había muerto. Al entrar en la casa, Jesús dijo: "No lloren, que no está muerta, sino dormida" (Luc 8:52, RVC). Luego, tomando la mano de la niña muerta, ordenó: "Niña, ¡levántate!" (vers. 54, RVC). En Lucas 8:55, algunas versiones bíblicas dicen que "le volvió su espíritu" (RV60, LBLAJBS, BLP, NRSV), mientras que las más modernas declaran que "le volvió la vida" (NTV, RVC, NVI, DHH) y que "volvió a respirar"
(The Message, traducción libre del inglés). Una vez más, la poderosa palabra de Jesús venció a la muerte.
Sin embargo, este milagro de Jesús dividió la opinión de los que lo presenciaron. Al principio algunos se burlaron de Jesús por decir que la niña solo dormía, cuando sabían que realmente estaba muerta (vers. 53). Después de que Jesús resucitara a la niña, sus padres "estaban atónitos" (vers. 56). Pero "como ella había estado enferma tan solo un corto tiempo y fue resucitada inmediatamente después de su muerte, los fariseos declararon que la niña no había muerto; que Cristo mismo había dicho que estaba tan solo dormida".9 Desafortunadamente, la posición crítica de estos fariseos les impedía discernir la verdadera naturaleza de los actos divinos, poderosos y vivificadores de Jesús.
La tercera persona que Cristo resucitó de los muertos durante su ministerio terrenal fue Lázaro, que vivía en Betania (Juan 11:1-44), un pequeño pueblo cerca de Jerusalén. Esta resurrección fue de hecho "el mayor de los milagros de Cristo"10 y "el último y culminante milagro de Cristo".11 El relato evangélico nos dice que Lázaro enfermó y murió. Una vez más, Jesús se refirió a la muerte como un sueño: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy para despertarlo" (vers. 11). Como los discípulos no entendieron la metáfora, Jesús les dijo claramente: "Lázaro ha muerto" (vers. 14). Jesús llegó a la tumba cuando Lázaro ya tenía cuatro días de fallecido. Su cuerpo había comenzado a descomponerse y olía mal. Después de una breve oración, Jesús ordenó: "¡Lázaro, ven fuera!" (vers. 43), y el cadáver frío y envuelto revivió, y Lázaro comenzó a caminar, ante el asombro de todos.
¡Qué increíble demostración del poder vivificador de Aquel que es "la resurrección y la vida" (vers. 25)! Juan Crisóstomo (c. 347-407 d.C.), uno de los padres de la iglesia griega, sugirió que el poder de Cristo sobre la muerte es tan grande, que tuvo que llamar a Lázaro específicamente por su nombre, o todos los demás muertos justos habrían resucitado. "Si hubiera dado una orden general, habría resucitado a todos los que estaban en la tumba. Pero él no deseaba levantarlos a todos".12 ¡Esto, sin embargo, ciertamente sucederá en su segunda venida!
Jesús había dicho a Marta, una de las dos hermanas de Lázaro: "Si crees, verás la gloria de Dios" (vers. 40, RVC) y ella vio un destello de esa gloria en la resurrección de su amado hermano. Por la gracia de Dios, la plenitud de esa gloria se revelará en la resurrección final de todos los justos que descansan en sus tumbas. Vern S. Poythress declara: "La resurrección de Lázaro es un adelanto de la resurrección final del cuerpo, y esta resurrección final forma parte del contexto más amplio de la creación de un cielo nuevo y una tierra nueva (Apoc. 21:1). La resurrección del cuerpo es la forma consumada de la nueva creación".13
Las narraciones bíblicas que hemos mencionado conducen a algunas conclusiones importantes.
Primero, cada uno de estos casos resalta el poder vivificador de la Palabra de Dios. En efecto, "la vida de Cristo, que da vida al mundo, está en su palabra. Fue por medio de su palabra como Jesús sanó la enfermedad y echó los demonios; por su palabra calmó el mar y resucitó a los muertos; y la gente dio testimonio de que su palabra era con poder".14
Segundo, la resurrección corporal es la única forma en que los muertos pueden volver a vivir y aparecerse a los vivos. Esto significa que todas las apariciones a través de médiums de supuestos fallecidos son falsificaciones malignas [cf. 1 Sam. 28:3-25; Isa. 8:19,20).
Tercero, ninguno de los resucitados de entre los muertos en los tiempos bíblicos dio testimonio de su experiencia en el más allá mientras estaba en la tumba. Este hecho es un serio desafío al supuesto origen "divino" de las modernas experiencias cercanas a la muerte. En vez de tratar de forzar nuestras experiencias personales a la Biblia, por muy impresionantes que sean, debemos permitir que la Biblia juzgue la validez de esas experiencias.
1 Jan Christian Gertz, "Das erste Buch Mose (Genesis): Die Urgeschichte Gen 1-11", Das Alte Testament Deutsch 1 (Gotinga, Alemania: Vandenhoeck & Ruprecht, 2018), p. 198.
2 JohannesTromp, The Assumption ofMoses:A Crítical Edition with Commentary (Leiden, Países Bajos: Brill, 1993), pp. 281-285.
3 Ibíd., pp. 275-281.
4 Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 511-513.
5 Donald J. Wiseman, "1 and 2 Kings: An Introduction and Commentary", Tyn-dale Oíd Testament Commentaries 9 (Downers Grove, II: InterVarsity, 1993), p. 178.
6 Horst Seebass, "Nephesh", en Theological Dictionary of the Oíd Testament, ed. G.Johannes Botterweck, Helmer Ringgren y Heinz-Josef Fabry (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1998), t.9, p. 505.
7 George E. Ladd, A Theology of the New Testament, ed. rev., ed. Donald A. Hagner (Cambridge: Lutterworth, 1994), p. 192; véanse también las pp. 308, 309.
8 Richard T. France, "The Gospel of Mark: A Commentary on the Greek Text", New International Greek Testament Commentary (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2002), p. 235.
9 Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 492.
10 Ibíd., p. 482.
11 White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 208.
12 Juan Crisóstomo, "On the Incomprehensible Nature of God", ed. Hermlgild Dressler, trad. Paul W. Harklns, Fathers ofthe Church 72 (Washington, D.C.: Catholic Unlversity of America Press, 1984), pp. 241, 242.
13 Vern S. Poythress, The Miracles of Jesús: How the Savior's Mighty Acts Serve asSígns of Redemptíon (Wheaton, IL: Crossway, 2016), p. 41; itálicas en el original.
14 White, El Deseado de todas las gentes, p. 354.

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