CAPÍTULO 2
PENTECOSTES (HECHOS 2:1-11)
"A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por ¡a diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís" (Hech. 2:32,33).
Durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses usaron como campamento de prisioneros el viejo predio de la primera escuela misionera cristiana en la ciudad de Weihsien, República Popular China. Más de dos mil civiles de países aliados que habían estado viviendo en el norte de China estuvieron presos, hasta que fueron liberados por soldados estadounidenses el 17 de agosto de 1945, justo dos días antes de que se anunciara la rendición de Japón. Luego de la liberación, aviones estadounidenses llegaban regularmente desde el este, dejando caer paracaídas cargados con alimentos, ropas y medicamentos. El presidiario británico Norman H. Cliff escribió más tarde: "Una mañana estaba parado frente a la guardia, y miré al cielo, que estaba lleno de paracaídas azules, verdes y rojos, que flotaban cayendo a los campos frente a mí. Era una vista emocionante, y con un nudo en la garganta envié una breve oración de gratitud a mi Dios. Los años de gachas de pan, budín de pan y pan-con-no-sé-qué habían acabado. Los guardias en la habitación a mi derecha ya no tenían autoridad sobre nosotros. Maná estaba cayendo del cielo".1
En Pentecostés, no fueron paracaídas cargados de alimentos los que cayeron del cielo, sino algo aún mucho más precioso: el derramamiento del Espíritu Santo. Como resultado de la victoria de Jesús en la cruz y su entronización en el cielo, el Espíritu descendió para comenzar una nueva era de salvación y encender la misión de la iglesia. El mal estaba todavía presente, pero ya no tenía más autoridad sobre el mundo.
En Pentecostés, no fueron paracaídas cargados de alimentos los que cayeron del cielo, sino algo aún mucho más precioso: el derramamiento del Espíritu Santo. Como resultado de la victoria de Jesús en la cruz y su entronización en el cielo, el Espíritu descendió para comenzar una nueva era de salvación y encender la misión de la iglesia. El mal estaba todavía presente, pero ya no tenía más autoridad sobre el mundo.
LA ERA DEL ESPÍRITU
"Pentecostés" es la forma castellanizada de pentékost, nombre usado por los judíos de habla griega para la Fiesta de las Semanas (Éxo. 34:22), uno de los tres festivales de peregrinación del año judío al que cada varón debía asistir; los otros dos eran la Pascua y la Fiesta de los Tabernáculos (cf. Éxo. 23:14-17; 34:22, 23; Deut. 16:16). El término significa "quincuagésimo", y debe su uso al hecho de que la fiesta se celebraba en el quincuagésimo día desde la ofrenda de las espigas de cebada en el primer domingo después de la Pascua (Lev. 23:15,16; Deut. 16:9-12). Era un día de alegría y de acción de gracias, cuando la gente de Israel llevaba delante del Señor "las primicias de la cosecha del trigo" (Éxo. 34:22). La fiesta llegó a ser un símbolo apropiado para la primera cosecha espiritual de la iglesia cristiana, cuando se cumplió la promesa de la venida del Espíritu Santo y tres mil personas se bautizaron en un solo día (Hec. 2:41).
Fuego cayó del cielo cuando los creyentes "estaban todos unánimes juntos" (vers. 1); probablemente en el mismo aposento alto de Hechos 1, donde se habían preparado para ese momento con intensa oración. Sin embargo, pronto pasaron a un área más pública (Hech. 2:6-13), muy posiblemente el atrio del Templo, que era el lugar usual donde en Jerusalén se hacían las grandes reuniones públicas.
Lo que siguió fue una exhibición impresionante de poder espiritual. Primero, un ruido repentino del cielo, como el rugir de una violenta tormenta, llenó todo el lugar. Entonces aparecieron lo que parecían llamas de fuego y reposaron sobre cada persona. ¿Por qué viento y fuego? En las Escrituras, frecuentemente están asociados con manifestaciones divinas (Éxo. 3:2; 19:18; Deut. 4:15; 1 Rey. 19:11; Job 38:1; 40:6; Eze. 1:4-14). Adicionalmente, el viento y el fuego también se usaron para representar al Espíritu de Dios (Eze. 37:9-14; Mat. 3:11; Luc. 3:16; Juan 3:8). En el caso de Pentecostés, estos fenómenos estaban introduciendo una nueva era de la relación de Dios con la humanidad: la era del Espíritu (Juan 14:16,17).
Desde el tiempo de la Creación, el Espíritu Santo siempre ha estado activo sobre la Tierra (Gén. 1:2). Como la principal agencia por medio de la cual Dios obra, se destaca su presencia en el Antiguo Testamento, y a menudo se revela de maneras notables. El Espíritu da vida (Job 33:4; Sal. 104:30); lucha con la humanidad (Gén. 6:3); instruye a la gente (Neh. 9:20, 30; Job 32:8); descansa sobre los fieles (Gén. 41:38; Núm. 27:18); y empodera a los dirigentes de Israel para hacer la obra de Dios (Núm. 11:25).
No obstante, la actividad del Espíritu también involucra un aspecto futuro, y Jesús se refiere a que él ha sido prometido por el Padre (Luc. 24:49; Hech. 1:4). En diversos pasajes del Antiguo Testamento se presenta al Espíritu como el don de la nueva era, que introducida por el Mesías (Isa. 11.1-5,' 42:1-9; 61:1-11), traería salvación tanto a Israel (Isa. 32:12-20) como al mundo (Joel 2:28-32).
Como parte de su ministerio preparatorio, Juan el Bautista anunció el bautismo con el Espíritu como una función del Mesías venidero (Luc. 3:16). Más tarde, Jesús otorgaría el Espíritu a sus discípulos en sus últimos días con ellos (Juan 20:22), probando que la era del Espíritu ya estaba en vigencia durante el tiempo de su ministerio. La inauguración oficial tendría que esperar hasta su exaltación en el cielo (Juan 7:39; Hech. 2:33). Pero cuando fue el tiempo oportuno, el Espíritu asumió su función de manera poderosa y dramática. Pentecostés proyectó a la iglesia en su misión mundial (Juan 16:7).
De acuerdo con Hechos 2:4, el don del Espíritu se manifestó en el don de lenguas. Por increíble que sea, el Nuevo Testamento no consideró que fuera la dotación típica del Espíritu; de hecho, hay solo otras cuatro referencias al don de lenguas en el Nuevo Testamento: dos veces en el libro de Hechos (10:45,46; 19:6), y dos veces en 1 Corintios (12:10; 14:1-24). Es interesante, 1 Corintios designa el de lenguas como uno de varios dones del Espíritu; y además declara que ningún creyente tiene todos los dones. La pregunta retórica de Pablo: "¿Hablan todos lenguas?" (1 Cor. 12:30), espera como respuesta un "No", y los siguientes versículos se refieren a dones mayores, tales como el amor y la profecía (1 Cor. 12:31-14:5).
Las lenguas en Pentecostés, aparentemente limitadas a los apóstoles, y las palabras de Pedro en Hechos 2:38 y 39, se refieren en forma bastante general al don del Espíritu, no al don de lenguas específicamente. Además, el don de lenguas tenía un propósito específico: lanzar la misión mundial de la iglesia. Si los apóstoles habían de cruzar las fronteras judías y alcanzar hasta lo último de la Tierra con el evangelio, necesitarían hablar las lenguas de sus oyentes. Esto es exactamente lo que ocurrió con Pablo (1 Cor. 14:18). Y él insistía en que las lenguas eran inútiles a menos que fueran claras en su propósito (vers. 22) e inteligibles (vers. 6-9).
De esta manera, que las lenguas en Pentecostés fueron lenguas extranjeras existentes es evidente por las siguientes razones: 1) el término "lengua" (glóssa) en Hechos 2:4 y 11, se explica en los versículos 6 y 8 como dialéktos, el "lenguaje [vernacular] de una nación o región"2 (cf. Hech. 1:19; 21:40; 22:2; 26:14); 2) la multitud estaba sorprendida no porque estuviesen oyendo dichos extáticos, sino porque podían oír a los apóstoles "en su lengua materna" (Hech. 2:6, 8, NVI); y 3) la lista de nacionalidades que se añadió (vers. 9-11) tiene la intención de ejemplificar los idiomas que estaban representados allí, lo que está corroborado por el adjetivo "nuestras" (heméteros) en el versículo 11. La forma más natural de tomar el informe de Lucas del Pentecostés es que las lenguas que se usaron ese día fueron los idiomas vernáculos de la gente presente.
Se estima que en el siglo primero había entre ocho a diez millones de judíos en el mundo, y que hasta un 60 por ciento de ellos vivía fuera de Palestina, mayormente en regiones bajo la influencia de la cultura griega. Eran conocidos como los [judíos] griegos (cf. Hech. 6:1; 9:29).
Sin embargo, no era poco frecuente que muchos de tales judíos volvieran a Palestina en cierto momento de su vida. De todos modos, eran todavía extranjeros, y la mayoría de ellos no podía hablar arameo, el idioma de los judíos palestinos de ese tiempo. En Jerusalén, debieron haber vivido en su propio distrito, donde tenían sus propias sinagogas (cf. Hech. 6:9; 9:29) y casas de huéspedes para los peregrinos y visitantes extranjeros. La así llamada sinagoga de Theodoto, cuya inscripción fue hallada en 1914 al sur del Monte del Templo, seguramente fue una de ellas.
No hay dudas de que la mayoría de los conversos en Pentecostés eran judíos griegos residentes (Hech. 2:5), que pudieron oír el evangelio en su lengua nativa. El don de lenguas estaba dirigido inicialmente a ellos, mientras la iglesia se preparaba para los esfuerzos misioneros directos hacia el mundo gentil. El don también era una señal a los judíos palestinos que presenciaron la escena y no estaban familiarizaos con tales idiomas. Algunos observadores estaban perplejos, y honestamente preguntaron acerca del significado de lo que estaba sucediendo (vers. 12); otros reaccionaron con escepticismo y aun con burla, al acusar a los apóstoles de estar ebrios (vers. 13).
EL SIGNIFICADO DE PENTECOSTÉS
Estas reacciones impulsaron a Pedro a dirigirse a la gente con respecto al significado del fenómeno de las lenguas. Su discurso, abreviado por Lucas, consistió en tres partes principales, la primera de las cuales describe el descenso del Espíritu como cumplimiento de una profecía del Antiguo Testamento (Joel 2:28-32).
La profecía de Joel trataba de la futura era de salvación (vers. 32), que se caracterizaría por varias señales en el mundo natural y un derramamiento abundante del Espíritu (vers. 28-31). Al interpretar Pentecostés a la luz de esto, Pedro tenía la intención de enfatizar la relevancia histórica del momento. Sin embargo, hay una diferencia importante en la forma en que cita a Joel. En lugar de la expresión introductoria de Joel, "después de esto" (vers. 28), que señalaba en forma bastante general al futuro, Pedro dice "en los postreros días" (Hech. 2:17), indicando que el acto final del gran drama de la salvación acababa de comenzar (cf. 2 Cor. 6:2). Lo que vendría después era "el día del Señor, grande y glorioso" (Hech. 2:20), también comprendido como un día de juicio (Zac. 14:1; 2 Ped. 3:10).
Por supuesto, esto no es una descripción completa de los eventos de los últimos días, sino una evidencia del elevado sentido de urgencia que distinguía a la iglesia primitiva. Ellos no sabían cuándo vendría el fin del mundo, pero estaban convencidos de que era inminente.
La segunda parte del discurso se concentra en los eventos recientes de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús (Hech. 2:22-32). Concentrándose en la resurrección como el elemento decisivo en la historia del evangelio, Pedro establece con fuerza el caso de que Jesús no fue un hombre ordinario. Como el Mesías, él no podía ser detenido por la muerte.
Pedro describe gráficamente la resurrección como "sueltos los dolores de la muerte" (vers. 24). El término para "dolores" es ódín, que literalmente significa "dolores de parto", mientras el verbo lúó, probablemente se debería entender como "llevar al final". La idea, entonces, es que la muerte estaba con trabajos de parto y era incapaz de retener al "niño". Al resucitar a Jesús, Dios mismo ingresó y ayudó a aliviar el dolor.3
Finalmente, en la tercera parte de su discurso (vers. 33-36), Pedro vuelve atrás, al problema de las lenguas, explicando el derramamiento del Espíritu a la luz de la exaltación de Jesús a la diestra de Dios, una posición de honor y autoridad (i Ped. 3:22). La exaltación no le concedió un estatus a Jesús que él no tuviera anteriormente (Juan 1:1-3; 17:5), sino, en cambio, significó el reconocimiento formal del Padre de la prerrogativa de Jesús como Señor y Mesías (Hech. 2:36).
Esto nos conduce a un tema importante en la Escritura: el conflicto cósmico entre el bien y el mal. Es costumbre referirse a Pentecostés como "el evento más importante" registrado en Hechos,4 que sanciona la fe en Jesucristo y une a sus seguidores bajo el compañerismo del Espíritu. Y, aunque esto es correcto, dentro del contexto más amplio de la historia de la redención, el Pentecostés significó el comienzo del asalto en masa al reino de Satanás. El Espíritu no podía venir si Jesús no era exaltado (Juan 7:39), y Jesús no sería exaltado si no hubiera triunfado en la Cruz (Juan 17:4,5). En otras palabras, la exaltación de Jesús era la condición necesaria para la llegada del Espíritu, porque significaba la aprobación de Dios de los logros de Jesús sobre la cruz (Fil. 2:8,9; Apoc. 5:12); incluyendo la derrota de aquel que había usurpado el gobierno de este mundo (Apoc. 12:9).
Siendo que este universo es moral, el surgimiento del pecado arrojó una sombra oscura sobre el carácter y el gobierno de Dios, haciéndolo aparecer como responsable por su ocurrencia. Esto hizo que la muerte de Jesús fuera necesaria no solo para salvar a la humanidad, sino también para vindicar a Dios ante el universo y exponer a Satanás como un fraude (Col. 2:15). De hecho, hay una relación causal entre estos dos puntos, en el sentido de que el primero no podría haber ocurrido sin el segundo. La Cruz vindicó el gobierno de Dios en este mundo (Apoc. 5:5,12,13) y su derecho de recuperar a los cautivos de Satanás (Juan 3:14; 12:32; cf. Hech. 5:31,32; Apoc. 12:10). De este modo, Jesús podía con pleno derecho decir al Padre, antes de su muerte: "Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciera" (Juan 17:4).
El momento en que murió Jesús, trayendo su misión terrenal a su conclusión esperada (Juan 12:27; cf. Juan 3:16,17; 10:10), fue en realidad un momento de gloria, tanto para sí mismo como para el Padre (Juan 13:31; cf. 12:28). Para los ojos humanos, el Hijo de Dios pendiendo de la cruz podría ser considerado como una señal de derrota y vergüenza; sin embargo, en términos del conflicto cósmico, significó el triunfo supremo de Dios; victoria que le permitió recuperar el control moral del universo y llevar adelante sus actividades salvíficas (Rom. 3:25, 26). Por eso la era de la salvación estaba todavía en el futuro para los profetas del Antiguo Testamento, y tan pronto como el sacrificio de Jesús fue reconocido oficialmente en el cielo, el Espíritu descendió para iniciar esa era.
OBSERVACIONES FINALES
Debido a los efectos devastadores del pecado, la naturaleza humana llegó a ser totalmente depravada, perdiendo el poder y la disposición de resistir el mal.5 Solo por medio del Espíritu Santo los pecadores pueden convencerse de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8-11) y volver sus corazones a Dios (1 Cor.12:3). "El Espíritu es el que hace eficaz lo que ha sido realizado por el Redentor del mundo".6 El intenso foco del Nuevo Testamento sobre la actividad misionera no se centró en Jerusalén y el Templo únicamente; se expandió al mundo más allá. El triunfo de la Cruz era el fundamento de la venida del Espíritu, el bautismo del Espíritu y el evangelio que va a todo el mundo.
¿DON DE LENGUAS 0 INTERPRETACIÓN? Basado en Hechos 2:6 y 8, se ha alegado que el don en Pentecostés fue el de interpretación, no el de lenguas. El pasaje (vers. 6), sin embargo, deja en claro que la multitud oyó que los apóstoles "hablaban" (laléó) en sus propios idiomas nativos, a diferencia de que ellos fueran los que oyeron hablar en sus lenguas nativas. Es importante notar que ellos no habían llegado todavía a la fe ni recibido el Espíritu (cf. vers. 38-41). Los apóstoles eran los que fueron "llenos del Espíritu Santo", y quienes "comenzaron a hablar en otras lenguas" (vers. 4). La reacción de la multitud también confirma esto. ¿Cómo podrían ellos estar "atónitos y admirados" (vers. 7) porque eran galileos quienes hablaban, en vez de extranjeros que podrían haber aprendido esas lenguas en otras partes, si el don hubiese sido de interpretación? |
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Hay un episodio interesante en el que Jesús fue acusado de estar en confabulación con el mal, por causa de sus poderosas actividades sobrenaturales (Mat. 12:24). En su respuesta, dijo: "¿Cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata? Entonces, podrá saquear su casa" (vers. 29). Esta declaración parabólica transmite una verdad esencial: ninguno trata de robar la casa de un hombre fuerte sin neutralizarlo primero. En el ministerio de Jesús, la era de salvación ya estaba operando (Luc. 4:18-21). Cuando echaba fuera demonios o perdonaba pecados, estaba desafiando a Satanás y liberando a sus cautivos (Luc. 10:17,18). No obstante, la Cruz le dio la autoridad final de hacer esto (Juan 14:31; Col. 2:13-15). Cuando murió, Satanás quedó atado para siempre. Ahora era el tiempo de saquear y devastar su reino. En Pentecostés, el Espíritu descendió para ese propósito, y los resultados iniciales (primicias) no podrían haber sido mejores.
La iglesia naciente pasó de 120 a más de 3 mil creyentes (Hech. i:i5; 2:41). Pronto serían unos 5 mil (Hech. 4:4), luego una gran multitud de hombres y mujeres (Hech. 5:i4). Y la cantidad siguió creciendo (Hech. 6:7). No obstante, las estadísticas no lo son todo; de hecho, nada podría ser más engañoso que tratar de medir el crecimiento de la iglesia meramente contando los bautismos. La iglesia primitiva estaba comprometida con el avance del Reino de Dios (Hech. 8:12; 19:8; 28:23), no sencillamente con bautizar. No eran impulsados por los números; eran impulsados por un elevado sentido del deber, en respuesta a la victoria de Jesús en la Cruz. El mundo estaba operando bajo nuevas reglas.
Referencias:
1 Norman H. Cliff, Courtyard of the Happy Way (Evesham, Reino Unido: Arthur James, 1977), p. 120.
2 Frederick William Danker, ed., A Greek-English Lexicón of the New Tes-tament and Other Early Christian Literature, 3a ed. (Chicago: University of Chicago Press, 2000), p. 232; la cursiva está en el original.
3Gerhard Freidrich, ed., Theological Dictionary of the New Testament, trad. y ed. Geoffrey W. Bromiley (Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans, 1974), t. 9,p. 673).
4V. George Shillington, The New Testament in Context: A Literary and Theological Textbook (Nueva York: T&T Clark, 2008), p. 133.
5 Elena de White, Patriarcas y profetas (Florida, Bs. As.: ACES, 2008), p. 5.
6_____, El Deseado de todas las gentes, p. 625.
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