Ir al contenido principal

EL CONCILIO DE JERUSALÉN (HECHOS 15:1-35) - Libro Complementario - Lección 8

 
CAPÍTULO 8

EL CONCILIO DE JERUSALÉN 

(HECHOS 15:1-35)

“Más bien, nosotros creemos que somos salvos por la gracia del Señor Jesús, del
mismo modo que ellos”
Hechos 15:11 RVA-2015

Los horrores de la Segunda Guerra Mundial conmocionaron al mundo. Además de los veintemillones bajas militares, se cree que más de cincuenta millones de civiles perdieron sus vidas, incluidos casi seis millones de judíos que fueron asesinados en el Holocausto. Hannah Arendt, una filósofa política de familia judía secular alemana, fue una de las personas profundamente conmovidos por la guerra y, en Orígenes del Totalitarismo, analiza cómo la humanidad podría haber llegado a un punto tan bajo. Aunque queda mucho por explicar, la situación política en Europa después de la Primera Guerra Mundial no fue ideal. Arendt describe cómo varios países experimentaron cambios significativos en la frontera, con algunas áreas reorganizadas más de una vez. En medio de tales desarrollos, ciertos grupos se quedaron sin un país, mientras que a otros se les revocó su ciudadanía.

Estos grupos, llamados “personas desplazadas”, no tenían a dónde ir y ningún gobierno estaba dispuesto a encontrar una solución para ellos. No podían ser deportados, porque ¿a dónde los deportarían? No podían ser asimilados en un nuevo país, porque ¿quién querría recibirlos y procesar los cientos de miles de ciudadanía? Sin la protección de un gobierno o de una institución superior, ¿quién los representaría y defendería sus intereses?
 
Quedaron a merced de la policía, que intentó manejar la situación por la fuerza. Sin país y sin constitución, cualquier cosa que hicieran podría ser considerado un crimen, y cualquier acción ilegal por parte de la policía hacia ellos sería ignorada por el gobierno. Sin protección, las "personas desplazadas" se convirtieron en un pueblo sin derechos y, en definitiva, sin identidad" 1.

Los primeros conversos gentiles al cristianismo encontraron un problema similar. En el mundo antiguo, la religión estaba íntimamente ligada a la identidad cultural. Ahí no hubo separación entre la vida secular y religiosa de las personas. Los gentiles que decidieron aceptar a Jesús como su Salvador se enfrentaron así con un dilema: Habiendo renunciando a sus antiguos dioses, estaban dejando atrás su identidad anterior. Al mismo tiempo, sin circuncisión, no eran considerados judíos. Como la iglesia todavía era esencialmente judía, esto significaba que su conversión era no aceptada, comprometiendo la idea de la salvación solo por la fe. Poco después del primer viaje misionero de Pablo, llegó el momento de debatir sobre este importante problema.

Conversión y circuncisión

El mensaje del evangelio puede resumirse en tres declaraciones sencillas. La primera es que Jesús murió por nosotros, tomando el castigo de nuestros pecados sobre él (2 Cor. 5:21). Todo ser humano es pecador, y la paga del pecado es muerte (Rom. 6:23).

La segunda, si Jesús murió por nuestros pecados, entonces la salvación es por la fe (Rom. 1: 17). La incapacidad de nuestras obras para salvarnos significa que no hay nada que podamos hacer para ganar la salvación. Todo lo que podemos hacer es creer en la muerte sustitutiva de Jesús; una muerte que demuestra la gravedad del pecado y establece la integridad del carácter de Dios al salvar la humanidad (Rom. 3:24-26).2

Tercera, si la salvación es por la fe, entonces está igualmente disponible para todos (2 Cor. 5:15). El evangelio demanda imparcialidad: absolutamente nadie tiene privilegios, y nadie es excluido. Dios no tiene favoritos (Hech. 10:34, 35), y su favor no puede ser ganado por virtud o logros humanos. Pensar en forma diferente es honrar el orgullo humano, obligar a Dios a actuar a favor de nosotros, hacer que su gracia sea barata y anular la muerte de Jesús (Rom. 3:27; Gál. 2:21; 5:4; cf Rom. 4:14).

Este tercer punto, y por implicación los otros dos, era el gran desafío que Pablo afrontaba con algunos de los creyentes judíos. Cuando las noticias de su misión con Bernabé llegaron a Jerusalén, algunos creyentes bajaron a Antioquía y sostuvieron que ningún gentil podía ser salvo sin primero convertirse al judaísmo.

Es importante recordar, sin embargo, que los judíos en general no creían que un gentil debiera llegar a ser judío a fin de obtener la salvación, mientras que se esperaba que los judíos observaran todo el conjunto de las leyes mosaicas (Gál. 5:3). Algunos rabíes enseñaban que los gentiles justos, tales como los que vivían de acuerdo con las leyes universales de Dios, tendrían una parte en el Reino por venir. Tales leyes, alegaban, fueron dadas primero a Adán y otra vez a Noé, y así son obligatorias para toda la humanidad; aunque la primera referencia explícita a las leyes de Noé, como se las conoce, procede del siglo segundo, y es posible que la tradición detrás de ellas sea mucho más antigua. De acuerdo con las Escrituras, sin embargo, los gentiles justos no deben observar las leyes de Noé sino aquellas que observan la ley natural, escrita en el corazón humano por el Espíritu de Dios (Rom. 2:14-16).

Aparentemente, el problema en la iglesia primitiva no era si los gentiles podían heredar un lugar en el mundo venidero, sino si podían ser recibidos en la fraternidad de la iglesia sin llegar a ser prosélitos en el sentido judío. Debe recordarse que los primeros creyentes eran judíos que no pensaban que estuvieran formando una religión nueva fuera del judaísmo. Para ellos, todo dependía de la circuncisión.

En cuanto a los otros dos ritos de la iniciación de los prosélitos, el bautismo y un sacrificio en el Templo, el primero era requerido por la iglesia de todos los conversos, aun los judíos (Hech. 2:38, 41; 8:12, 36-38), y el no cumplimiento del segundo no anulaba la conversión ni impedía ser recibido en plena comunión; solo estorbaba la participación en las comidas sacrificiales. Esto era particularmente útil en el caso de aquellos prosélitos que vivían en países extranjeros, lejos del Templo.

La circuncisión ocupaba un lugar central en la identidad religiosa y cultural judía. Era la señal del pacto de Abraham, la señal que los hacía hijos de Abraham y de Dios mismo (cf Juan 8:33, 39). Ser circuncidado no solo validaba la posición de una persona como judío, sino también la distinguía del mundo de las personas impuras y sin Dios. 
 
Sin embargo, la interacción con la cultura helenística presionó fuertemente en contra de la circuncisión. Los romanos y los griegos lo consideraban una práctica de los bárbaros. Y como la desnudez en público era común en las actividades sociales tales como competiciones deportivas y baños públicos, los judíos eran confrontados con la vergüenza y el ridículo cada día. Algunas veces, en situaciones políticas o financieras específicas, los judíos se veían forzados a pagar impuestos más altos, o aun la pena de muerte por causa de su circuncisión. Esto hizo que muchos judíos abandonaran el judaísmo completamente, mientras que otros encontraron maneras de hacer que la circuncisión fuera más aceptable al mundo gentil; tratarían de esconderlo por medio de una operación, llamada epispasmo, en la que se restauraba el prepucio, o cortando una parte tan pequeña del prepucio que casi no se notara. 
 
No obstante, otros, mayormente en Palestina, adoptaron una posición aún más rígida en apoyo de la circuncisión. En lo que constituía una protesta contra las amenazas de la cultura griega, muchos llegaron a ver la práctica como un sinónimo de la salvación misma; algo que mantiene a la persona misma bajo el dominio de Dios y asegura sus bendiciones y la participación en la adoración celestial. Ser incircunciso, por otro lado, era pertenecer "a los hijos de la destrucción", que están destinados a ser muertos y "desarraigados de la tierra", y a no pertenecer a los hijos del pacto de Abraham (Jubileos 15:26, 34; cf Testamento de Leví 6:3; Regla de la Comunidad 5:5; Himnos de Gratitud 18:20). Un ejemplo de esta fuerte creencia puede verse durante el período macabeo, cuando se dice que Matatías y su grupo destruyeron altares paganos y obligaron por la fuerza a circuncidarse a todos los niños varones que encontraban dentro de las fronteras de Israel (1 Macabeos 2:45, 46). 
 
Los creyentes judíos que se oponían al evangelio de Pablo ciertamente pertenecían a este tercer grupo. Llegaron a conocerse como "judaizantes". Algunos de ellos eran fariseos convertidos que reconocían a Jesús como el Mesías, pero todavía asimilaban la circuncisión con la inclusión en la comunidad de la fe (Hech. 15:5). En su concepto, los gentiles incircuncisos, aun si hubiesen sido bautizados, todavía estaban fuera del pacto y nunca gozarían de los privilegios de los verdaderos creyentes (judíos). Su conversión no era legítima, y el compañerismo con ellos, sea social o religioso, era considerado ilegal (cf Gál. 2: 11-14). Las implicaciones eran obvias: la salvación no era para todos, y la fe no era suficiente: un repudio completo del espíritu del evangelio (cf Gál. 1:6-9).

Estas eran las corrientes subterráneas en el cristianismo bajo el paraguas del judaísmo. El contexto social y religioso del siglo primero no veía separación entre la vida secular y la religiosa. Todo estaba conectado: en el mundo grecorromano adoraban y honraban a las deidades en festivales públicos, se esperaba de cada ciudadano lealtad al culto del emperador y cada familia tenía dioses del hogar. Se celebraban sacrificios para las ceremonias de nacimiento y de la mayoría de edad. La riqueza y el poder se atribuían al favor de los dioses. Aun eventos aparentemente privados tales como comidas, a menudo eran un tipo de ofrenda a los dioses. En este contexto, los gentiles que aceptaban a Cristo como su Salvador se enfrentarían con el dilema de renunciar a mucho de su anterior identidad. Ya no podrían participar en las festividades idolátricas públicas, poniendo en duda su condición como ciudadanos; se comprometerían los lazos con sus familias, ya que no podrían seguir mostrando la lealtad a los dioses ancestrales.

Si no fuera por la circuncisión, los gentiles convertidos no tendrían, necesariamente, sentimientos malos acerca de unirse al judaísmo. Aun cuando los judíos eran considerados inferiores por la mayoría de los romanos, su religión todavía era reconocida como poseedora de una fuerte identidad propia. Su antigüedad, el monoteísmo y su estilo de vida singular eran algunos de los factores que los hacían respetables para la mentalidad grecorromana. Era una religión licita, una religión autorizada del imperio, y por ello beneficiada por concesiones que permitían su libre práctica. Y, no obstante, su insistencia en la circuncisión de los gentiles ponía a los nuevos conversos en una situación difícil en cuanto a su religiosidad; que debieran abandonar a sus dioses anteriores, su culto y su estilo de vida todavía no eran suficientes para que su conversión fuera reconocida. La práctica de restringir la salvación a los judíos y defender la necesidad de una intervención humana (la circuncisión) representaba para Pablo y Bernabé una enorme distorsión del mensaje del evangelio, como también lo era para los otros creyentes helenistas que se habían establecido en Antioquía (cf Hech. 15:2; Gál. 2:4, 5).

Para su crédito, la actitud de la iglesia en Antioquía fue ejemplar. Decidieron consultar a la iglesia de Jerusalén y trabajar para llegar a una solución conjunta que preservara tanto la integridad del evangelio como la unidad de la iglesia. Después de algún debate y testimonios compartidos (Hech. 15:4-11), el concilio reconoció que Dios claramente había aceptado a los gentiles, aun cuando, desde un punto de vista judío, les faltaban los prerrequisitos para la conversión. La conclusión del discurso de Pedro apoya fuertemente el mensaje que Pablo había estado predicando: "Creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos" (vers. 11). Si Dios había aceptado la fe de los gentiles, ¿quiénes eran ellos para imponerles restricciones?

No obstante, el concilio decidió que los conversos gentiles debían abstenerse de cuatro cosas: 1) carne sacrificada a ídolos en rituales paganos, 2)el consumo de sangre, 3) carne de animales estrangulados, lo quesignificaba que su sangre no había sido completamente drenada, y 4) todaforma de inmoralidad sexual. Aunque los cristianos estarían de acuerdo enque debía evitarse la inmoralidad sexual, las otras tres reglas a menudo sonconsideradas una acomodación temporal, que tenía la sola intención defacilitar las relaciones entre gentiles y judíos dentro de la iglesia.3

En realidad, esta decisión, alcanzada bajo la conducción del Espíritu Santo (Hech. 15:28), reflejaba las reglas que se encuentran en Levítico 17 y 18 con respecto a los extranjeros residentes, extranjeros que decidieron vivir en Israel (heb. gerim)4. Seguir estas reglas significaba que los extranjeros habían renunciado al paganismo (Lev. 18:30), atendiendo el problema central detrás de la decisión del concilio. En el mundo grecorromano, el paganismo impregnaba casi cada aspecto de la vida, y cualquier gentil que deseara unirse a la iglesia tendría que tomar una clara posición en contra del paganismo.

Sin embargo, esto era solo el comienzo de la vida como cristiano. Una vez que se había tomado la decisión de abandonar todas las convenciones paganas y seguir a Jesús, se esperaba que el creyente viviera una vida de acuerdo con la voluntad de Dios (Rom. 6: 15-1 9, 22). En la era precristiana, no era diferente con el gerim. Una vez admitido en la comunidad, debía guardar el sábado (Éxo. 20:1 2, 23), participar en los festivales religiosos (Deut. 16:11, 14) y ayunar en el Día de la Expiación (Lev. 16:29). Se les permitía entrar en el pacto de fe (Deut. 29:10- 15; 31:12) y ofrecer holocaustos (Lev. 17:8; 22:18; Núm. 15:14-16). En resumen, se esperaba que ellos, no menos que los israelitas, fueran leales a Dios (Lev. 20:2; cf Eze. 14:6-8). La circuncisión era exigida solo a aquellos que desearan celebrar la Pascua (Éxo. 12:48, 49), identificándose así completamente con los israelitas (cf Núm. 9:14).
 
La decisión alcanzada por el Concilio de Jerusalén, conocido como el "decreto apostólico", reconocía que ser cristiano no era necesariamente equivalente a seguir el estilo de vida y las prácticas religiosas judías. La circuncisión no era obligatoria, ni tampoco las leyes ceremoniales mosaicas, que ya no eran válidas porque habían encontrado su cumplimiento en Cristo (Heb. 10:1-18). Sin embargo, no se puede decir lo mismo acerca del sábado, las leyes alimentarias de Levítico 11 y los demás mandatos morales anteriores al Sinaí. Estos trascienden el pacto de Dios con Israel y no eran intrínsecamente "ceremoniales" (Gén. 2: 1- 3; 7:2; 26:5; Éxo.16:4, 5, 22-30; cf vers. 28). 

El decreto apostólico no eliminaba estas leyes, ni iniciaba un nuevo orden ético para el pueblo de Dios (Rom. 3:31). Sin embargo, implicaba que todos eran aceptados por Dios, sin tener en cuenta si eran judíos o gentiles. Así como los residentes extranjeros debían ser tratados con amor e igualdad en Israel (Lev. 19:33, 34), así los judíos y los gentiles habían de amar y aceptarse mutuamente. "Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor" (Gál. 5:6).

Observaciones finales

La decisión alcanzada por el Concilio de Jerusalén fue un paso importante en la dirección correcta. Pero el problema era complejo, y estaba lejos de ser resuelto. Por un lado, los judaizantes no renunciaban fácilmente; por el otro, las creencias y las actitudes judías acerca de la circuncisión no fueron plenamente tratadas. Aunque los gentiles habían sido exceptuados, la mayoría de los judíos cristianos, incluyendo los apóstoles, todavía consideraban el guardar la ley como vital para su propia salvación (Hech. 21:20-25), y que debían evitar el compañerismo con los creyentes incircuncisos (Gál. 2: 11-14).

Las implicaciones eran obvias, y permanecieron distinciones claras. Había dos comunidades separadas: judíos y gentiles. Dos evangelios separados; uno por fe y otro por obras. Pero esta no era la visión que Jesús deseaba para la iglesia (Juan 17:20, 21), y no era de lo que trataba el evangelio (Rom. 1:16). El intento de hacer que la salvación dependiera del estatus humano o las obras de cualquier tipo era doloroso para Pablo, y llegó a ser la herejía más temprana e insidiosa, una herejía que aflige a la iglesia hasta hoy.

Referencias:
1. Hannah Arendt, The Origins of Totalitarianism (New York: Harcourt BraceJovanovich, 1973), 267–302.
2. On Romans 3:24–26, see Wilson Paroschi, “The Cross and the Sanctuary:Do We Really Need Both?” Ministry, August 2014, 6–9.
3. See, e.g., John R. W. Stott, The Message of Acts: The Spirit, the Church, andthe World (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1990), 250.
4.On the gērim, see chapter 6 of this book.
Paroschi, Wilson . The Book of Acts Bible : Bible Book Shelf 3Q 2018 (p. 60). Pacific Press Publishing Association.
Traducción de Misión 50mm.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Lección 11 LA CRISIS VENIDERA | Lunes 10 de junio

 Lunes 10 de junio | Lección 11 LA CRISIS VENIDERA La profecía de la marca de la bestia en Apocalipsis 13 nos habla de la peor etapa, la más feroz, de la guerra de Satanás contra Dios. Desde que Jesús murió en la Cruz, el enemigo sabe que ha sido derrotado, pero se ha resuelto a hundir junto con él a la mayor cantidad posible de personas. Su primera estrategia en esta campaña es el engaño. Cuando el engaño no funciona, recurre a la fuerza. En última instancia, él está detrás del decreto de que cualquiera que se niegue a adorar a la bestia o a recibir su marca será condenado a muerte. La persecución religiosa, por supuesto, no es nueva. Ha existido desde que Caín mató a Abel por obedecer el mandato de Dios. Jesús dijo que sucedería incluso entre los creyentes. Lee Juan 16:2; Mateo 10:22; 2 Timoteo 3:12; y 1 Pedro 4:12. ¿Qué experimentó la iglesia del Nuevo Testamento y cómo se aplica esto a la iglesia de Cristo del tiempo del fin?  Jua 16:2  Los expulsarán de las sinagogas...

Lección 1| PARA ESTUDIAR Y MEDITAR | Viernes 5 de Julio

  Viernes 5 de Julio | Lección 1 PARA ESTUDIAR Y MEDITAR: Lee el capítulo 10 de El Deseado de todas las gentes, de Elena de White, titulado “La voz en el desierto” (pp. 72-83), y el capítulo 17 de Los hechos de los apóstoles, de la misma autora, titulado “Heraldos del evangelio” (pp. 137-145). ¡Qué fascinante es el hecho de que el mensaje del primer ángel, en Apocalipsis 14:6 y 7, sea paralelo al mensaje evangélico de Jesús en Marcos 1:15! El mensaje del primer ángel trae el evangelio eterno al mundo en los últimos días en preparación para la Segunda Venida. Al igual que el mensaje de Jesús, el evangelio angélico del tiempo del fin contiene los mismos tres elementos, como ilustra la siguiente tabla: El mensaje del primer ángel anuncia el comienzo del juicio previo al regreso de Cristo predicho en la profecía de los 2.300 días de Daniel 8:14; este comenzó en 1844. El Juicio trae el Reino de Dios a su pueblo perseguido (Dan. 7:22). La exhortación del primer ángel a reverenciar, glori...

Lección 2 | “REALMENTE, ESTE ES EL PROFETA” | Lunes 7 de octubre

  Lunes 7 de octubre | Lección 2 “REALMENTE, ESTE ES EL PROFETA” Lee Juan 6:14, 15 y 26 al 36. ¿Cómo respondió la gente a su milagro y cómo lo utilizó Jesús para enseñarles quién era? Jua 6:14  Al ver la señal que Jesús había realizado, la gente comenzó a decir: «En verdad éste es el profeta, el que ha de venir al mundo.»  Jua 6:15  Pero Jesús, dándose cuenta de que querían llevárselo a la fuerza y declararlo rey, se retiró de nuevo a la montaña él solo.  Jua 6:26  —Ciertamente les aseguro que ustedes me buscan, no porque han visto señales sino porque comieron pan hasta llenarse.  Jua 6:27  Trabajen, pero no por la comida que es perecedera, sino por la que permanece para vida eterna, la cual les dará el Hijo del hombre. Sobre éste ha puesto Dios el Padre su sello de aprobación.  Jua 6:28  —¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras que Dios exige? —le preguntaron.  Jua 6:29  —Ésta es la obra de Dios: que crean en aquel a qu...