CAPÍTULO 12
CONFINAMIENTO EN CESAREA (HECHOS 24:1-26:32)
"Quiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino
todos los que escuchan hoy, llegaran a ser tales como yo soy, a
excepción de estas cadenas" (Hech. 26:29, B J).
El curso de la historia está marcado por los logros extraordinarios
de personas que se aferraron firmemente a sus convicciones, oponiéndose a
los esquemas y modelos mentales y defendiendo sus afirmaciones en los
tribunales. Esto ciertamente es verdad en relación con Martín Lutero, el
monje del siglo XVI cuyos actos de insur-gencia cambiaron para siempre
el desarrollo de la sociedad occidental. Al defender el principio de
sola Scriptura, inició la Reforma Protestante, influyó radicalmente
sobre la política, la cultura, la religión, los dogmas, el pensamiento y
el lenguaje.
Nada de eso, sin embargo, se produjo sin un costo. Lutero arriesgó su
posición clerical, su reputación y aun su vida frente a las acusaciones
dirigidas contra él en la Dieta de Worms. A pesar de estos desafíos,
sin embargo, sintió que "su consciencia" estaba "cautiva a la Palabra de
Dios".1 Esta descripción de la lucha de Lutero nos recuerda la de
Pablo, que también afrontó una severa oposición por mantener y propagar
sus creencias.
Como Lutero, Pablo también soportó condiciones extremas por causa de
exaltar la verdad del evangelio. Aun en uno de los momentos más
cruciales de su vida, cuando fue llevado ajuicio en la ciudad imperial
romana de Cesarea, siguió permaneciendo fiel a su deber, y osadamente
testificó a dos procuradores romanos (Félix y Festo) y a un rey judío
(Agripa II).
La similitud de las sagas de Lutero y de Pablo es notable. Ambos eran
hombres eruditos de su tiempo. Ambos fueron comisionados para desafiar
los sistemas predominantes. Ambos fueron enviados a otras ciudades para
presentarse ante tribunales. Ambos apelaron al emperador. Y ambos se
mantuvieron firmes en la verdad del evangelio. Aunque el arresto de
Pablo se precipitó por su propio error al tratar de complacer a los
creyentes judíos, Dios todavía tenía planes para él (Hech. 23:11), y él
no renunciaría a su vocación.
EL JUICIO DE PABLO
El traslado de Pablo a Cesarea fue providencial. Aunque había sido
arrestado debido a asuntos internos de los judíos (cf. Hech. 22:30;
23:28,29), pronto resultó claro que él no sería juzgado con
imparcialidad por el Sanedrín y que su vida estaba en peligro si
permanecía en Jerusalén. El Sanedrín era la máxima autoridad sobre
asuntos religiosos y políticos en Israel. Durante el juicio, el acusado
no tenía ún abogado defensor y era responsable por llamar a sus propios
testigos. A fin de asegurar su convicción, el Sanedrín requería el
testimonio de por lo menos dos testigos.
En el informe de Lucas, parece no haber habido testigos, y después de
la defensa de Pablo y de la discusión entre los miembros de la corte,
algunos de los presentes reconocieron que no podían encontrar nada malo
en él (vers. 6-9). Además de la falta de evidencia para condenarlo, el
Sanedrín no tenía autoridad para aplicar la pena capital (cf. Juan
18:31). Así, impulsados por su odio a Pablo y a su ministerio,
comenzaron a conspirar para matarlo en una emboscada (Hech. 23:12-15).
Informado de este complot y sabiendo que el prisionero era ciudadano
romano (cf. Hech. 22:27-29), el tribuno realizó los arreglos necesarios
para que fuera juzgado con imparcialidad en Cesarea, bajo la supervisión
del procurador romano (Hech. 23:16-31). El esfuerzo extraordinario para
asegurar el traslado de Pablo con toda salvaguardia (cf. vers. 23, 24)
es otra indicación de la tensión creciente entre los judíos y los
romanos en Judea.
Cesarea estaba ubicada a unos 110 kilómetros (setenta millas) al
noroeste de Jerusalén. Era una ciudad hermosa, con un puerto artificial.
Construida por Herodes el Grande en el año 21 a.C., recibió su nombre
por el emperador César Augusto. Tenía una población mixta de judíos y
gentiles, pero el número de estos excedía en mucho el de los primeros.
Cuando los romanos tomaron el control completo de Judea en el año 6
d.C., Cesarea llegó a ser la capital administrativa y el hogar de la
residencia oficial del gobernador, el Pretorio. Allí fue Pablo mantenido
prisionero hasta su juicio (vers. 35).
Es importante notar que, en el libro de los Hechos, Judea fue una
provincia romana bajo un gobernador, un reino bajo Agripa I, y luego
otra vez una provincia bajo un gobernador. En el tiempo en que Pablo fue
llevado a Cesarea, Félix era el procurador y el responsable de juzgar
su caso.
Félix no solo era inmoral y corrupto, también era represivo y
violento, alimentando el celo nacionalista y revolucionario en Judea. Al
tomar su cargo, inmediatamente consiguió separar a la princesa judía
Drusila, hija de Agripa I, de su esposo, el rey Azizus de Emesa, y la
tomó como su tercera esposa (cf Hech. 24:24). Otro ejemplo del carácter
malvado de Félix fue el destierro en cadenas a Roma de Eieazar ben
Dinai, cabecilla de los zelotes, mientras toleraba a los mucho más
temibles sicarios, revolucionarios políticos que usó para sus
propósitos.
Este grupo de rebeldes judíos se oponía fuertemente a la ocupación
romana de Judea. Se informa que Félix pagó una gran suma de dinero para
inducir al amigo más cercano de Jonatán, el sumo sacerdote de ese
tiempo, a arreglar el asesinato del sumo sacerdote por los sicarios.2
Fue bajo la supervisión de este hombre que Pablo había de ser juzgado.
Los procedimientos romanos de investigación judicial (latín,
cognitio) involucraban cinco pasos: 1) el querellante se presenta ante
la autoridad administrativa e informa de su caso; 2) el defensor es
citado; 3) el querellante enjuicia al acusado en su presencia; 4) el
acusado presenta su defensa; 5) el juez, a veces después de consultar a
su concilio, declara el veredicto.3 El juicio era abierto al público, y
un escribano (latín, notarius) redactaba por escrito el acta del
procedimiento. El informe de Lucas (vers. 1-21) contiene elementos de
tales asuntos legales. Divide el juicio en tres partes: 1) la acusación
(vers. 1-9); 2) la defensa (vers. 10-21); y 3) las consecuencias (vers.
22-27).
Los acusadores de Pablo descendieron de Jerusalén, desplegando
impresionantes credenciales políticas y sociales (vers. 1). El sumo
sacerdote mismo apareció, junto con otros ancianos, y su posición de
poder y estatus habrían sido beneficiosos, si Félix hubiera estado
interesado en mantener relaciones pacíficas con la aristocracia de
Judea. Sin embargo, como ciudadano romano, Pablo todavía tenía una
ventaja. Esto explica por qué los judíos contrataron a un orador
profesional llamado Tértulo, a fin de convencer a Félix de sus
acusaciones contra el prisionero (vers. 1), cuyo elocuente discurso
refleja eficiencia en la retórica forense y una percepción de las
políticas romanas. Después de una introducción declamatoria (vers. 2-4),
Tértulo presenta las acusaciones en contra de Pablo (vers. 5, 6). Eran
triples: 1) que Pablo era una plaga (literalmente) y promovía sediciones
entre los judíos; 2) que era cabecilla de la secta de los nazarenos; y
3) que había intentado profanar el Templo.
Ser un agitador -lo que estaría asociado con la rebelión y la
perturbación civil- era un crimen capital en la legislación romana. Esto
es similar a las acusaciones presentadas contra los judíos durante los
reinados de Claudio y de Nerón, lo que llevó a severas medidas
represivas contra ellos (cf. Hech. 18:2). La acusación contra Pablo de
ser cabecilla de una secta no era una acusación religiosa, sino política
(cf. Hech. 21:38). La forma en que Tértulo presentó la acusación
insinuaba que la secta de los nazarenos era anti romana y políticamente
peligrosa. A la luz de las políticas violentas de Félix, de la
preocupación general del Imperio Romano de reprimir a los grupos
sediciosos y de la elevación del espíritu nacionalista en Judea, estas
acusaciones eran serias y apelarían al prejuicio de Félix en contra de
los agitadores judíos.
La tercera acusación, relacionada con el Templo, quedó
intencionalmente sin explicación. En el recinto del Templo había
carteles en griego y en latín advirtiendo a los gentiles que no entraran
en los atrios interiores. La desobediencia podía resultar en la pena de
muerte. Aunque siendo un ciudadano romano Pablo era además plenamente
judío (Fil. 3:5), legalmente se le permitía entrar más allá del atrio
exterior. Cuando fue arrestado, los judíos lo acusaron de contaminar el
Templo (Hech. 21:28), pero Tértulo sabía que su acusación no era
enteramente válida y probablemente no perduraría, razón por la cual
formuló la acusación solo como un intento, en vez de una acción
realizada (cf. Hech. 24:6).
Después de escuchar la defensa de Pablo y actuando dentro de sus
derechos legales, Félix concluyó el juicio sin decidir la suerte de
Pablo (vers. 22, 27). Sería tentador decir que por causa de su relativo
conocimiento de la fe cristiana (vers. 22), Félix podría haber notado
las exageraciones de parte de los acusadores o las inconsistencias entre
lo que le presentaron en la corte y el informe de Lisias (Hech.
23:26-30; cf. 24:22). Pero el motivo real de la postergación del
veredicto parece haber sido enteramente político. Si liberaba a Pablo,
sin duda habría reacciones negativas de los líderes judíos, posiblemente
manchando su administración y llevando a revueltas futuras. Por otro
lado, si Pablo era realmente el cabecilla de un movimiento popular judío
que se difundía por todo el imperio (vers.5), una condenación incitaría
también la insatisfacción de los partidarios de Pablo.4 Por lo tanto,
le pareció más conveniente, mientras también esperaba los beneficios de
un soborno, que el preso quedara indefinidamente en custodia (vers.
25,26); lo que encuadra perfectamente con lo que se conoce del carácter
de Félix de fuentes extrabíblicas.
Después de dos años, Festo sucedió a Félix (vers. 27), y hubiese sido
natural que el nuevo procurador tratara de establecer buenas relaciones
con los líderes judíos (Hech. 25:9). Aunque al principio no cedió al
pedido de llevar a Pablo de vuelta a Jerusalén (vers. 2, 3), tampoco lo
absolvió, aun después de la defensa propia de Pablo y del fracaso de los
judíos en probar sus acusaciones (vers. 7,8). La disposición de Festo
de agradar a los judíos y aceptar un cambio de jurisdicción expondría a
Pablo de nuevo a la discreción del Sanedrín (vers. 9). Pero el apóstol
reaccionó enérgicamente, reiterando que no había hecho nada digno de ser
condenado por la ley judía. Temiendo que no sería juzgado con equidad,
apeló a César (vers. 10,11,20,21).
Los ciudadanos romanos tenían el derecho de apelar a tribunales
superiores, incluyendo al emperador mismo, si sentían que no eran
tratados con justicia por el magistrado o si habían sido sentenciados
equivocadamente a azotes, torturas, encarcelamiento o muerte. Si el
magistrado ignoraba esa apelación, él mismo podía ser castigado con la
muerte.
Apelar al emperador, sin embargo, no era fácil. El prisionero tendría
que pagar personalmente el costo de viajar a Roma y los costos de vivir
allí mientras esperaba el juicio. Además, el preso tendría que ser
financieramente responsable de llevar testigos a Roma para apoyar su
caso. Por lo tanto, tener el derecho de apelar no garantizaba que eso
realmente ocurriera. El promedio de los ciudadanos de clase baja sin
recursos financieros ni conexiones personales en Roma, tendría
dificultades en que el emperador los escuchara, y muchos ni siquiera
trataban de apelar.5 Pablo siguió adelante por fe, dependiendo de la
divina providencia y de la promesa que se le había dado dos años antes,
inmediatamente después de su arresto (Hech. 23:11).
LA DEFENSA DE PABLO
Aunque Lucas registra solo resúmenes de las respuestas de Pablo a las
acusaciones presentadas contra él, en ambos discursos -ante Félix
(Hech. 24:10-21) y más tarde ante Festo y Agripa (Hech. 26:2-23)- el
apóstol establece dos líneas principales de defensa: 1) niega cualquier
maldad de su parte y 2) aclara que el motivo verdadero de ser juzgado
era la esperanza de Israel en la resurrección de los muertos. Ante
Félix, él cuestionó la validez del caso de Tértulo, alegando que había
ido a Jerusalén a adorar, y que en esa condición fue apresado por los
judíos (Hech. 24:11,12; cf. vers. 17,18). Contrariamente a lo que dijera
Tértulo (vers. 5,6), él no estaba discutiendo con nadie en el Templo,
ni soliviantando a la gente en las sinagogas o en alguna otra parte de
la ciudad. Que no pudieran presentar evidencias en su contra es, en sí
mismo, una indicación de su inocencia (vers. 13). Pablo no niega su fe
en Jesús, sino que se opone vigorosamente a cualquier sugerencia de que
estaba en desacuerdo con las tradiciones religiosas judías (vers. 14).
Luego plantea dos puntos adicionales, que eran devastadores para el caso
de los acusadores: la ausencia de testigos de Asia (vers. 19), lo que
tenía el potencial de que el juicio no fuera válido, y 2) el hecho de
que aquellos que estaban allí podían hablar solo de lo que habían oído
en el Sanedrín la semana anterior (vers. 20), y como tales, no tenían
nada de qué acusarlo, excepto que él creía en la resurrección de los
muertos (vers. 21; cf. vers. 15). Ante Festo y Agripa, Pablo presentó
más o menos la misma respuesta, aunque en orden inverso. Repasa su vida
pasada desde el tiempo en que era un fariseo riguroso (Hech. 26:2-5; cf.
Fil. 3:5,6), pasando por su persecución y castigo de aquellos que
creían en Jesús de Nazaret (Hech. 26:9-11), concluyendo con su encuentro
con Jesús y la comisión que recibió del Señor en el camino a Damasco
para ser "ministro y testigo" entre los gentiles (vers. 12-18; cf. vers.
16). La línea final del argumento de Pablo es que no había nada en su
registro de servicio que negara su integridad, y que su arresto fue
sencillamente el resultado de su lealtad a Dios y a la visión celestial
(vers. 19-21).
LOS GRIEGOS Y LA RESURRECCIÓN
En 1 Corintios 1:23 Pablo dice que el evangelio era "para los judíos
ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura". El problema
principal con respecto a los gentiles era la resurrección, que era
enteramente incompatible con la concepción grecorromana (cf. Hech.
17:31, 32; 26:23, 24). En el informe de Esquilo acerca del
establecimiento del tribunal del Areópago en Atenas, por la patrona de
la ciudad, la diosa Athena, Apolo dijo: "Una vez que un hombre muere y
la tierra bebe su sangre, no hay resurrección".* La creencia
predominante en la época en cuanto al estado de los muertos era la
inmortalidad del alma, de acuerdo con la cual el alma humana es una
sustancia inmaterial e incorpórea que sobrevive a la muerte del cuerpo.
Una excepción era los filósofos epicúreos, que consideraban el alma
hecha de átomos, como el resto del cuerpo, y que tanto el cuerpo como el
alma terminan con la muerte.
*Esquilo, Euménides.
Al final de su apología, vuelve a la razón de su apresamiento; la
esperanza de Israel en la resurrección de los muertos (vers. 6-8). Este
es un punto repetidamente enfatizado en sus discursos de auto defensa:
si él podía ser-acusado de algo, era por compartir la creencia judía en
la resurrección, que para él había encontrado su máximo cumplimiento en
Jesucristo (Hech. 23:6; 24:15, 21; 26:6-8; 28:20). En otras palabras,
era su creencia en la resurrección de Jesús lo que asentaba su fidelidad
a la fe judía.
En el Antiguo Testamento, el tema de la resurrección, ya sea
entendido metafórica o realísticamente, está estrechamente conectado con
las esperanzas de Israel. En varios pasajes que reflejan condiciones
exílicas, la restauración de la nación se describe en términos de
resurrección (Isa. 25:8; 26:19; Eze. 37:11-14; Dan. 12:1, 2; Ose. 6:1,
2). Más ampliamente, el Mesías Rey prometido a Israel es concebido como
libre de corrupción terrenal, y su Reino, como eterno (Sal. 16:10; Isa.
9:6, 7; 11:1-12; Jer. 23:5,6; Eze. 37:24-28; cf. Juan 12:34).
Contra este telón de fondo debe entenderse el sermón de Pablo en
Antioquía de Pisidia. Allí, él proclama la resurrección de Jesús como el
cumplimiento de la promesa mesiánica dada a Israel (Hech.
13:23,30,32-37; cf Hech.2:24-29).6 Es decir, en el centro de la
esperanza mesiánica está la creencia de que Dios da vida a los muertos, y
en el centro del concepto de la resurrección está la creencia de que
Jesús fue levantado de los muertos. Y esta es la gran ironía -y
tragedia- del arresto y el juicio de Pablo. En último análisis, él
estaba siendo juzgado solo porque proclamaba el cumplimiento de la más
cara esperanza y expectativa de Israel.
En su descripción del caso de Pablo a Agripa, Festo reveló su
sorpresa de que las acusaciones en contra del prisionero no estuvieran
relacionadas con ninguna ofensa capital, ya sea política o criminal,
sino que tenía que ver con asuntos de la religión judía;
específicamente, "un cierto Jesús, ya muerto, que Pablo afirma que está
vivo" (Hech. 25:19). Este era el problema clave, algo que las
autoridades judías trataban de negar desde el mismo principio de la
proclamación apostólica (Hech. 4:1-3,18; 5:27,28; 7:54-56; 26:8-12; cf.
Mat. 28:11-15).
Para los primeros cristianos, y para Pablo en especial, la
resurrección de Jesús era el evento crucial que aseguraba la validez de
la fe cristiana; la continuidad entre los judíos y los cristianos como
el pueblo del pacto de Dios (Hech. 26:6-8). Además, era también el
evento crucial detrás del ministerio de Pablo, porque si Jesús no había
resucitado de los muertos, su comisión apostólica sería fraudulenta
(vers. 13-19; cf. 1 Cor. 15:8; Gál. 1:1,15,16).
Finalmente, la resurrección de Jesús es el evento crucial que da
legitimidad a nuestra salvación. Porque sin su muerte no habría ningún
poder salvador, permaneceríamos en nuestros pecados y no habría
esperanza de vida futura (i Cor. 15:17-19). En este sentido es que Jesús
es "el primogénito de entre los muertos" (Col. 1:18) o "las primicias
de los que murieron (i Cor. 15:20). Para usar una declaración clásica:
"la resurrección de Cristo es una garantía y prueba de la resurrección
de su pueblo".7 Como lo dice George Ladd: "Si Cristo no resucitó de los
muertos, la larga historia de los actos redentores de Dios para salvar a
su pueblo termina en un callejón sin salida, en una tumba. Si la
resurrección de Cristo no es una realidad, entonces no tenemos ninguna
seguridad de que Dios es un Dios vivo, porque la muerte tiene la última
palabra. La fe es fútil, porque el objeto de esa fe no se ha vindicado a
sí mismo como el Señor de la vida. La fe cristiana está, entonces,
encarcelada en la tumba, junto con la auto revelación final y más
elevada de Dios en Cristo, si Cristo de hecho está muerto".8
OBSERVACIONES FINALES
El juicio de Pablo en Cesarea le dio la oportunidad de demostrar su
inocencia. Pero el veredicto final no se pronunció. Sintiéndose nada más
que un mero peón en las manos corruptas y caprichosas de los
procuradores, decidió ejercer su derecho romano y apelar al emperador en
Roma. Más tarde, Festo y Agripa admitirían prontamente el uno al otro
que Pablo no había hecho nada digno de prisión, mucho menos de muerte, y
podría haber sido liberado, si no hubiera apelado a César (Hech.
26:30-32).
Basado en esta narración, el lector desprevenido podría fácilmente
concluir que la decisión de Pable fue un error, como el que había
precipitado su arresto en Jerusalén. Pero de hecho, ambos dignatarios
estuvieron dispuestos a reconocer la inocencia del preso recién después
de que él los había relevado convenientemente de la responsabilidad en
su caso y de ser liberados de la amenaza de consecuencias políticas por
otorgarle la liberación o la condenación. En cualquier caso, Pablo sería
enviado a Roma y tendría la oportunidad de cumplir su sueño por largo
tiempo acariciado (Hech. 19:21; cf. Rom. 1:13; 15:22-24,28,29).
Sea que su decisión fuera correcta o no, el soberano plan de Dios no
podía detenerse. Más pronto o más tarde, yendo a España o no, como
hombre libre o como prisionero, por caminos rectos o tortuosos, el
apóstol de los gentiles todavía daría testimonio de Jesús en el corazón
del imperio (Hech. 23:11). Pablo no era perfecto, pero su fe y su
dedicación a Dios eclipsaban sus debilidades (Hech. 20:24; cf. 2 Cor.
4:7-10; Fil. 3:12-16), y sirvieron para dar poder al crecimiento y al
establecimiento del cristianismo.
Referencias:
1 Heiko Oberman, Luther: Man Between God and the Devil. trad. Eileen
Walliser-Schwarzbart (New Haven, Connecticut: Yale University Press,
1989),
p.39.
3 Josefo, Antigüedades 20.8.5.
3Witherington, Acts of the Apostles, p. 703.
4Brian Rapske, The Book ofActs in Its First Century Setting, Voiume 3:
The Book ofActs and Paul in Román Custody (Grand Rapids, Michigan:
William B. Eerdmans, 1994), pp. 165,166.
5 Rapske, Book ofActs, p. 55.
6Tannehill, Narrative Unity of Luke-Acts, p. 319.
7C. Hodge, citado en León Morris, The Cross in the New Testament (Grand
Rapids, Michigan: William B. Eerdmans, 1965), pp. 258 -134.
8George Eldon Ladd, A Theology of the New Testament, ed. Donald A.
Hag-ner, ed. rev. (Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans, 1993),
p. 354
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