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«Para que todos ellos sean uno» - Libro Complementario - Lección 3

CAPÍTULO 3

«Para que todos ellos sean uno»

E1 Evangelio de Juan abre una ventana a las preocupaciones de Jesús, a medida que su ministerio terrenal llegaba a su culminación. Luego de cinco capítulos cruciales (Juan 13 al 17), las últimas palabras de instrucción de Jesús finalizan con su oración sacerdotal (Juan 17: 1-26). Un teólogo luterano del siglo XVI es citado como el primero en describir esta oración de esa forma. «Es una designación apropiada, porque nuestro Señor en esa oración se consagra por el sacrificio en el que simultáneamente es tanto sacerdote como víctima. Al mismo tiempo, es una plegaria de consagración en nombre de aquellos por quienes se ofrece el sacrificio: los discípulos que estaban presentes en el aposento alto y los que posteriormente vendrían a la fe a través de su testimonio».1

Esa oración sumo sacerdotal se divide en tres partes. Primero, Jesús ora por sí mismo (Juan 17: 1-5), luego por sus discípulos (vers. 6-19), y finalmente por aquellos que más tarde creerían en él (vers. 20-26). En el centro aquella plegaria está la preocupación dejesús por la unidad de sus discípulos y la de los futuros creyentes. Ninguna discusión significativa respecto a la unidad de la iglesia, la unidad en Cristo, puede estar completa si no se presta una cuidadosa atención a dicha plegaria.

Al principio, Jesús declara que la vida eterna consiste en el conocimiento de Dios. «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado» (Juan 17: 3). la vida eterna se alcanza a través de una relación personal con el Padre. Conocer a Dios no es una referencia al simple conocimiento de determinados hechos (el método griego); conocer a Dios significa vivir en comunión con él (la perspectiva hebrea). Ese conocimiento es más profundo y más satisfactorio, ya que implica salvación y vida eterna. En ese sentido, la encarnación de Jesús tuvo el propósito de revelar a la humanidad un conocimiento de Dios más profundo. Ese Dios, dice Jesús, es «el único Dios verdadero» —una referencia a la profesión de fe hebrea en la Shemá, «Oye, Israel: Jehová, nuestro Dios, Jehová uno es» (Deut. 6: 4)—. Ese conocimiento, que conduce a una relación significativa con Dios, es la verdadera fuente de unidad entre el pueblo de Dios.

Jesús ora por sus discípulos

Luego, Jesús ora por sus discípulos, un grupo de hombres y mujeres que él ha llegado a amar y apreciar. Están en grave peligro de perder su fe en él en los días venideros, por eso los entrega a la protección de su Padre.

Su oración pide protección mientras estén en el mundo. Él no ora por el mundo porque sabe que es algo que se opone a la voluntad del Padre (1 Juan 5: 19). Sin embargo, dado que el mundo es donde los discípulos servirán, Jesús ora para que sean guardados del mal en ese mundo. Por supuesto, él está preocupado por el mundo y de hecho, es el Salvador del mundo (Juan 4: 4), pero esa salvación depende del testimonio de aquellos que irán a predicar el evangelio. Es por eso que intercede por ellos, orando para que el mal no los venza (Mat. 6: 13).

Sabiendo que la envidia y los celos podrían dividir a los discípulos, como lo había hecho antes, Jesús ora por su unidad. «Padre santo, a los que me ha dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros» (Juan 17: 11). Tal vez temía que, después de su partida, los discípulos actuaran según sus preferencias personales y celos, separándose el uno del otro. Su preocupación en esas últimas horas antes de su muerte es la unidad de ellos. Dicha unidad va más allá del logro humano y tan solo puede ser el resultado de la gracia divina. Esa unidad, cimentada en la unidad del Padre y del Hijo, es un prerrequisito indispensable para un servicio efectivo en el futuro.

Además, para un servicio eficaz se necesita la santificación o consagración de ellos en la verdad. Con ese fin, Jesús también ora para que sean santificados por la verdad: la Palabra de Dios (v. 17). La obra de la gracia de Dios en los corazones de los discípulos los transformará si ellos se lo permiten. Esto es vital para la misión de los discípulos en el mundo (Juan 17: 18). Su servicio debe estar «en última instancia, basado en la revelación divina, en una comprensión precisa y como una respuesta a dicha revelación».2

Jesús ora por los futuros creyentes

Después de que Jesús hubo orado por sus discípulos, amplió su oración para incluir a los creyentes futuros. «La preocupación de Jesús por la unidad de sus seguidores es su mayor carga según su misión terrenal llega a su fin».3 «Pero no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17: 20-21).
La oración de Jesús es hoy un desafío para todas las comunidades eclesiásticas y para la comunidad cristiana en general. Vivimos en un mundo de división y conflicto que lamentablemente ha encontrado un asidero en la familia de la iglesia. Pocas comunidades de fe se libran de esta amenaza de división y desunión. Peter Leithart sugiere que la oración de Jesús por la unidad encontrada en Juan 17: 21 «es lo que Jesús desea para su iglesia». Sin embargo, «no es lo que su iglesia es [...] [porque] la sociedad visible está dividida, y eso significa que la iglesia está dividida. Esto no es lo que debería ser. Esa no es la iglesia que Jesús desea».4

Sin embargo, a pesar de la obvia división del cristianismo, el deseo último de Cristo es un llamado resonante a la unidad cristiana. No hay dudas de que la unidad que él tiene en mente es de naturaleza visible: «para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17: 21). El mundo no puede ver lo que es invisible y aquellos que minimizan la importancia de la unidad de la iglesia se enfrentan a la oración de Jesús. Claramente Jesús le ruega al Padre que suscite una unidad visible entre sus seguidores para que el mundo pueda creer en su misión. Él ora para que la unidad de sus seguidores «tenga dimensiones tanto verticales como horizontales: verticalmente, en la relación entre los seguidores de Cristo y el Padre y el Hijo [...]; horizontalmente, una unidad en las relaciones entre los seguidores de Cristo».5

¿Qué tipo de unidad tiene Jesús en mente? Para muchas personas, la unidad de los cristianos se centra en discusiones respecto a la unidad administrativa. Sin embargo, la unidad a la que Jesús se refiere «no es administrativa, en la que todos deben ser agrupados en una misma denominación [...]. La unidad por la cual Jesús oró es una unidad modelada en la relación existente entre el Padre y el Hijo».6

J. Marcellus Kik, antiguo editor asociado de Christianity Today, presenta cuatro ideas respecto al significado de esa unidad.7

Primero, es una unidad obviamente parecida a la armonía existente entre el Padre y el Hijo, «como tú, Padre, en mí y yo en ti» (Juan 17: 21). En algunos lugares del Evangelio de Juan, Jesús se refirió a la unidad del Padre y el Hijo. Nunca actúan independientemente el uno del otro, sino que siempre están unidos en todo lo que hacen (Juan 5: 20-23). Comparten un amor común por la humanidad caída que llevó a que el Padre voluntariamente sacrificara a su Hijo y que el Hijo asintiera (Juan 3: 16; 10: 15). Conocer a uno es conocer al otro (Juan 14: 7, 9).

En segundo lugar, también es una unidad en creencias y doctrina. Jesús insistió en que sus enseñanzas estaban en armonía con la voluntad del Padre: «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió» (Juan 7: 16). Él también declaró: «nada hago por mí mismo, sino que, según me enseñó el Padre, así hablo (Juan 8: 28). Jesús sostuvo que sus enseñanzas eran idénticas a las del Padre. Por tanto, la unidad de la que él habla es obviamente una que tomará en cuenta las enseñanzas de la Escritura y no promoverá una interpretación relativista del mensaje cristiano. La Escritura es la Palabra de Dios y debe ser la base de toda unidad.

Tercero, Jesús se refiere a una unidad relacionada con los propósitos. Él afirmó que su misión era la que el Padre le había encomendado para realizar la obra de la redención. Ellos tenían un mismo propósito. «He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. [...] que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna» (Juan 6: 38, 40). La voluntad del Padre era la salvación de la humanidad a través del sacrificio de Cristo en la cruz. La iglesia debe hacerse eco de ese mismo objetivo al proclamar el mensaje de redención a toda la humanidad.

En cuarto lugar, esta es una unidad basada en el amor. «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros» (Juan 13: 35). Manifestar esa unidad en amor brindará confirmación pública de una verdadera comunión con Jesús y el Padre. «La demostración de la genuina unidad de ellos debe proporcionar un testimonio convincente de la verdad del evangelio».8 Así es como la humanidad sabrá que Jesús es el salvador del mundo. En otras palabras, esa unidad por la que Jesús oró no puede ser invisible. ¿Cómo entonces puede el mundo convencerse de la veracidad del evangelio si no puede ver el amor y la unidad en el pueblo de Dios?

El mandamiento de Jesús de amarse unos a otros (Juan 13: 34-35) no era una idea nueva y se puede encontrar en las instrucciones que Dios le dio a Moisés (Lev. 19: 18). Lo nuevo es el mandato de Jesús para que sus discípulos se amen unos a otros como Jesús los amó. El ejemplo de Jesús de un amor desprendido es la nueva ética para la comunidad cristiana. El amor por los demás mostrado en la forma en que Jesús nos amó, es el principio más importante de la unidad cristiana. En un capítulo posterior, estudiaremos cómo vivir de acuerdo con ese principio de amor en medio del conflicto y la discordia.

Juan también habló del amor como una evidencia de la unidad. «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos, pues este es el amor a Dios: que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientps no son gravosos» (1 Juan 5: 2-3). En general, mientras que los miembros de la sociedad contemporánea desean ser reconocidos como ciudadanos respetuosos de la ley, a menudo sucede que esas mismas personas minimizan la obligación bíblica de guardar los mandamientos de Dios. En realidad, muchos se niegan a someterse a la voluntad de Dios porque según ellos no desean perder su libertad personal, incluso alegando que la gracia de Dios deroga los mandamientos divinos. Sin embargo, esa no es la enseñanza bíblica respecto a los mandamientos de Dios. Jesús les recordó a los creyentes un principio perdurable, «Si me amáis, guardad mis mandamientos». «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama [...]» (Juan 14: 15, 21). Ekkehardt Mueller señala que «guardar los mandamientos no es una condición para conocer a Dios sino una señal de que conocemos a Dios, a Jesús y que lo amamos. Por tanto, el conocimiento de Dios no es tan solo un conocimiento teórico, sino que nos lleva a la acción».9

Elena G. de White brindó una importante interpretación de las palabras de Jesús en 1876, en uno de sus testimonios dirigidos a los adventistas del séptimo día.

«Dios está conduciendo a un pueblo para que se coloque en perfecta unidad sobre la plataforma de la verdad eterna. [...] Dios quiere que sus hijos lleguen todos a la unidad de la fe. La oración de Cristo, precisamente antes de su crucifixión, pedía que sus discípulos fuesen uno, como él era uno con el Padre, para que el mundo creyese que el Padre le había enviado. Esta, la más conmovedora y admirable oración, extendida a través de los siglos hasta nuestros días, sus palabras son: "Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos" (luán 17: 20). ¡Con cuánto fervor deben contestar esta oración en sus vidas los que profesan seguir a Cristo!».10

La unidad entre los cristianos

Los adventistas del séptimo día suelen entender que la oración de Jesús de Juan 17 se aplica directamente a la unidad dentro de su iglesia y en menor grado a la unidad del cristianismo como un todo. Por supuesto, los adventistas deben unirse para cumplir su misión de llevar los mensajes los tres ángeles al mundo, aunque también está claro que esta oración de Jesús es para todo el cristianismo. Él estaba orando por la unidad futura de todos los cristianos que creen en él como su Salvador.

El movimiento ecuménico moderno ha abrazado esta oración y ha adoptado el último deseo de Jesús como una inspiración para la unidad de los cristianos. Sin embargo, este objetivo de unidad visible entre todos los cristianos sigue siendo difícil de alcanzar. La relación entre varios grupos de cristianos es compleja, y la historia de la división doctrinal y edesial se remonta a siglos atrás. Los recuerdos de las persecuciones y los conflictos doctrinales son difíciles de sanar; el dolor emocional es profundo y va más allá de los intentos humanos de reconciliación. Al igual que muchos otros grupos, los cristianos ortodoxos orientales han intentado entender a otras iglesias cristianas así como la forma en que deben relacionarse con quienes no comparten sus convicciones. Una sencilla frase expresa su comprensión de la complejidad de las relaciones entre las iglesias cristianas: «La Iglesia somos nosotros, pero no estamos cien por ciento seguros acerca del resto de ustedes».11 Es posible que esta expresión también refleje lo que muchos adventistas del séptimo día piensan calladamente acerca de los cristianos que son miembros de otras denominaciones e iglesias.

Parecería que los discípulos de Jesús no confiaban en algunas personas que afirmaban ser seguidores de Jesús pero que no eran parte de su círculo íntimo de discípulos. En Marcos 9, después de la transfiguración, Jesús y tres de sus discípulos (Pedro, Santiago y Juan) se enfrentan a una escena de posesión demoníaca (Mar. 9: 14-29). Los demás discípulos habían sido incapaces de ayudar a un padre y a su hijo. Jesús saca al demonio del joven y lo devuelve sano a su padre. Poco después, habiendo llegado a Capernaúm, Jesús preguntó a los discípulos qué habían estado discutiendo entre ellos en el camino (Mar. 9: 33-37). Resultó que habían estado hablando acerca de quién era el más importante. Así que para ilustrar de qué se trata realmente el discipulado, Jesús toma un niño pequeño y afirma que «el que recibe en mi nombre un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió» (ver. 37). Ese es un precepto que amplía la definición de quién es un discípulo de Jesús. Esa definición ampliada podría parafrasearse: un discípulo de Jesús es un niño que puede no entender mucho respecto a él, aunque sí lo suficiente como para reclamarlo como amigo.

Luego, el apóstol Juan, con valentía e ingenuidad, hace un extraño comentario: «Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue, y se lo prohibimos porque no nos seguía» (Mar. 9: 38). El lector atento nota el agudo contraste entre el comienzo de la narración en el capítulo 9 y el comentario de Juan.

Aproximadamente un día antes, los discípulos de Jesús no habían podido expulsar a un demonio de un niño, sin embargo, son los mejores amigos y discípulos de Jesús. Ahora, un discípulo de Jesús declara que evitó que otra persona que expulsaba demonios en el nombre de Jesús lo hiciera, porque dicha persona no era parte del grupo cercano de seguidores de Jesús. La narrativa plantea la pregunta: ¿quién es un verdadero discípulo de Jesús? ¿Acaso alguien que lo sigue, pero que no puede echar fuera demonios? ¿O alguien que no lo sigue pero que puede expulsar demonios en su nombre?
Jesús responde: «No se lo prohibáis, porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda hablar mal de mí, pues el que no está contra nosotros, por nosotros está» (Mar. 9: 39-40). ¿Qué dice esto de nuestra opinión respecto de otros cristianos? Esa historia nos debe desafiar a los adventistas del séptimo día y a todos los demás cristianos que decimos ser seguidores de Jesús, el Mesías. Parece que pertenecer a algo o alguien implica mucho más de lo que a veces suponemos.

En otro incidente registrado en Juan 10, Jesús revela que él es el Buen Pastor y que sus ovejas conocerán su voz. Luego profundiza en el tema: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; a esas también debo atraer y oirán mi voz, y habrá un rebaño y un pastor» (Juan 10: 16). El compás de esta metáfora es de lo externo a lo interno. «Escucharán mi voz» y vendrán a formar un solo rebaño. Jesús implica que durante los años de su ministerio, había en el mundo personas que eran sus ovejas pero que aún no habían escuchado su voz. Luego, cuando lo oyeran, vendrían y se unirían a él. Entonces habría un rebaño con un pastor. Es probable que cuando dijo esto haya tenido en mente el Pentecostés. Sin embargo, ¿cuándo ocurrirá esa unión? ¿Deberían los cristianos de hoy procurar que se cumpla el deseo de Cristo intentando reunir a todo el pueblo de Dios en un solo rebaño? ¿O acaso será más lógico pensar que esta afirmación tenga implicaciones escatológicas; que en la Segunda Venida de Cristo todas las ovejas de Dios formarán un solo rebaño?

En cualquier caso, esta declaración desafía a los adventistas del séptimo día cuando pensamos en la unidad de los cristianos. ¿Qué dice esto acerca de mi opinión respecto a otros cristianos? Dios tiene a su pueblo en lugares y en «rebaños» de los que no sabemos nada. Por tanto, deberíamos acercarnos con humildad a esos cristianos y alentarlos en su jornada espiritual. Al hacerlo, debemos abstenernos en todo momento de hacer declaraciones y de incurrir en acciones que ofendan a otros creyentes que dicen ser seguidores de Jesús, pero que no viven su relación con Cristo exactamente como nosotros. Estos relatos de los Evangelio nos invitan a ser generosos con todos los que dicen ser seguidores de Jesús.

La oración sacerdotal de Cristo de Juan 17 es un recordatorio de que a él le preocupa la unidad cristiana en esta época. Su enfoque no está en la unidad organizacional o estructural, sino en la unidad de la fe, en la verdad y en el amor. Su oración debería ser la nuestra cuando busquemos hacer más sólida nuestra fe en su Palabra santificadora. Seguramente, el amor mutuo debe caracterizar nuestra relación con nuestros hermanos cristianos, por más diferente que sea nuestra comprensión del evangelio.


Referencias:
1. F. F. Bruce, The Cospel of John (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1983), p. 328.
2. Andreas J. Kóstenberger, lohn (Grand Rapids, Michigan: Baker Academic, 2004), p. 496.
3. lbU., p. 497.
4. Peter J. Leithart, The End of Prptestantism: Pursuing Unity in a Fragmented Church (Grand Rapids, Michigan: Brazos Press, 2016), p. 1.
5. Gregg R. Ailison, Sojourners and Stranger (Wheaton, Illinois: Crossway, 2012), p. 170.
6. James Montgomery Boice, citado en Richard D. Phillips, Phillip G. Ryken y Mark E. Dever, The Church: One, Holy, Catholic, and Apostolic (Phillipsburg, Nueva Jersey: P & R Publishing, 2004), p. 28.
7. Marcellus Kik, Ecumenism and the Evangelical (Grand Rapids, Michigan: Baker Book House, 1958), pp. 41-44.
8. Kóstenberger, iohn, p. 498.
9. Ekkehardt Mueller, The Letters of John (Nampa, Idaho: Pacific Press, ^009), p. 39.
10. Elena G. de White, Testimonios para la iglesia, t. 4 (Doral, Florida: IADPA, 2007), cap. 2, p. 21.
11. Peter C. Bouteneff, «The World Council of Churches: An Orthodox Perspective», en: Celebrating a Century of Ecumenism (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 2012), p. 15.

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