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Preparémonos para el cambio - Libro complementario - Lección 3

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Tiempo de cambio

«Las hormigas, pueblo que no es fuerte, pero en verano preparan su comida» (Prov. 30:25).

Salomón llama sabiamente nuestra atención sobre la pequeña hormiga y su sorprendente combinación de fuerza, laboriosiodad y trabajo en equipo. Nos maravillamos por su capacidad para transportar hojas que son mucho más grandes y pesadas que su propio cuerpo. A veces, cuando salimos a comer al aire libre nos parece que las hormigas son una molestia, pero realmente no es así, porque ellas solo buscan alimento. Instintivamente, saben que el verano terminará pronto y comienzan a prepararse para el invierno. Las hormigas trabajan hoy porque entienden las necesidades del mañana. Gracias a su instinto y la experiencia, se preparan diligentemente para el futuro.

De la misma manera, a nosotros se nos dio tiempo para prepararnos para los acontecimientos futuros. Nuestro matrimonio, la crianza de los hijos y nuestros años de retiro por lo general reciben toda nuestra atención. A medida que la vida avanza, hacemos planes para la desagradable perspectiva de que algún día moriremos. De principio a fin, nos vamos preparando para los cambios que nos trae la vida y, más importante aún, nos preparamos para el regreso de Jesús. Cada temporada de preparación es importante, y si hacemos todo como es debido, tanto nosotros como nuestros seres queridos estarán mejor. Demorar la planificación o renunciar a ella por completo puede traer consecuencias graves.

Al igual que la hormiga, somos llamados a trabajar durante la primavera y el verano de la vida porque, invariablemente, el invierno llegará. Ese invierno podría llegar en la forma de un revés financiero, de un desastre, de una enfermedad terminal, de la pérdida de un trabajo, de una muerte trágica o simplemente la vejez. Podrían ser los acontecimientos de los últimos días, incluyendo amenazas de muerte y persecución. Sea lo que sea, ahora es el tiempo de prepararnos.

La preparación para el matrimonio

Para casi todo en lo que busquemos tener éxito en la vida, se requiere preparación. Por ejemplo, para obtener la tan codiciada licencia de conducir, tenemos que leer un manual, aprender de un instructor, recibir lecciones prácticas y tomar los exámenes requeridos. Para lograr una carrera profesional o un empleo específico, estudiamos y dedicamos tiempo a aprender las habilidades necesarias. Cuando viajamos, verificamos los horarios, compramos los boletos y empacamos las maletas. Pero si hay algo que eclipsa todos estos acontecimientos de la vida y la preparación que requieren es el matrimonio. Sin embargo, aunque se trata de una de las decisiones más importantes que uno puede tomar, muchos no se preparan para ese momento que, sin lugar a dudas, cambia la vida.

La preparación para el matrimonio comienza a una edad temprana, cuando uno comienza a imaginar cómo podría ser un futuro cónyuge. Algunos jóvenes fantasean sobre los atributos físicos de la persona: el color de sus ojos o su cabello o si será alta o baja. Otros imaginan características más duraderas, como su personalidad, su nivel de compromiso con Dios o el sentido del humor. En el proceso, muchos desarrollan expectativas poco realistas sobre el matrimonio y la persona con la que se casarán algún día.

Al fantasear sobre la futura pareja, muchos jóvenes se de)ín lltvar por la ilusión de que el matrimonio será la respuesta a todo» tul problemas. Tal vez no se llevan bien con sus padres e imaginan que el matrimonio los libertará de ese estrés. Demasiado tarde descubren que el matrimonio no es la respuesta que esperaban y se enfrentan a una serie de desafíos completamente nuevos. Otros se niegan a creer que el divorcio podría sucederles a ellos, cuando la realidad es que a cualquiera puede sucederle. Estas falsas expectativas llevan a muchos a la decepción y el remordimiento.

Algunas parejas que están profundamente enamoradas creen que nunca discutirán. Cuando surgen conflictos, se desilusionan de su relación y la abandonan. La realidad es que en todas las relaciones tarde o temprano surgen conflictos. No es realista creer que dos personas sanas con metas, sueños, talentos y dones individuales van a vivir sin desacuerdos. Incluso, las parejas que tienen personalidades similares, que disfrutan de las mismas actividades y que comparten valores similares, suelen tener momentos de discordia. El problema no es si surgirán desacuerdos, sino la manera en que esos desacuerdos se encaran. Tratar adecuadamente con el conflicto es crucial para la salud del matrimonio y la familia.

Otra expectativa poco realista que tienen algunos es creer que su pareja cambiará una vez que se casen. Pero este no es el producto ni el objetivo del matrimonio. Cualquier intento de coerción no solo es una falta de respeto hacia el otro, sino también una fuente constante de conflicto. Si bien el matrimonio nos cambia, con suerte para mejor, debemos pedirle a Dios que comience el cambio en nosotros. Al mismo tiempo, aunque podemos orar para que Dios produzca ese cambio en nuestro cónyuge, no debemos dar por sentado que somos el instrumento para ese cambio. Encomendemos a nuestro cónyuge a Dios, oremos por él o por ella y permitámosle obrar en su corazón como lo hizo en el nuestro.

Una de las expectativas más serias y poco realistas de las parejas es la creencia de que resolverán las diferencias espirituales una vez que están casados. Desafortunadamente, la gente rara vez cambia, y las diferencias espirituales pueden originar algunos de los problemas más difíciles y complicados que un matrimonio pueda enfrentar. Cuando ambos se crían en diferentes religiones no solo se dificulta adorar juntos, sino también criar a los hijos juntos. ¿Bajo qué tradición de fe serán criados os niños? Dios sabía que la unión de un creyente y un no creyente sería difícil, y por eso aconseja en contra de ella en 2 Corintios 6: 14. Los asuntos de fe y otros aspectos potencialmente conflictivos deben abordarse al principio de la relación, antes del compromiso y ciertamente antes del día de la boda.

La preparación para ser padres

«Herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre» (Sal. 127: 3). El nacimiento de un niño siempre es motivo de celebración y, cuando los padres están rodeados de sus hijos, sus corazones se llenan de calidez y amor. «Como saetas en manos del valiente, así son los hijos tenidos en la juventud. ¡Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos!» (Sal. 127: 4-5).

A Ana y Elcana, Manoa y su esposa, Zacarías y Elisabet, y la virgen María Dios les confió hijos especiales (1 Sam. 1: 27; Juec. 13: 3-7; Luc. 1: 5-6, 13-17, 39-45, 46-55, 76-79), ya que desempeñarían un papel importante en Israel y el mundo. Estos padres no tomaron su responsabilidad a la ligera, sino que hicieron todo lo posible para ser buenos padres, proporcionando un ambiente de crecimiento saludable para sus hijos.

Los nueve meses anteriores al nacimiento de sus hijos, seguramente fue un tiempo de intensa oración; un tiempo para estudiar las profecías bíblicas y recordar el amoroso cuidado de Dios; un tiempo para cuidar de sí mismos y de la salud de su bebé por nacer. De la madre de Sansón se dice: «Cuando el Señor escogió a Sansón como libertador de su pueblo, recomendó a su madre ciertos hábitos de vida saludables antes que naciera su hijo. Y la misma prohibición iba a ser impuesta al niño desde su cuna; porque sería consagrado a Dios como nazareo desde su nacimiento». 1

La madre lleva a su bebé desde la concepción hasta el nacimiento, así que depende de ella cuidar de sí misma para beneficiar al niño.

«La madre que es una maestra adecuada para sus hijos debe, antes de que nazcan, formar hábitos de abnegación y dominio propio".

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