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Los dirigentes de Israel - Libro complementario - 13

Líderes en Israel

Los libros de Esdras y Nehemías no tratan tanto sobre su gran liderazgo, sino sobre la misericordia que Dios tuvo por ellos en medio de condiciones humanas muy frágiles. En ellos se menciona el pecado del pueblo y su incapacidad de seguir a Dios, haciéndoles un llamado a confiar en el poder de las Escrituras y el Espíritu Santo.

Sin embargo, hay valiosas lecciones que podemos aprender de estos libros sobre un liderazgo consagrado y fiel. Históricamente, Israel había disfrutado de muchos líderes preparados y piadosos. Durante el regreso de Israel a Jerusalén, la situación no fue muy diferente. De hecho, comenzaron muy bien y con grandes expectativas.

Primero, Zorobabel y Josué regresaron del exilio babilónico en los años 537 y 536 a. C. Seguidamente, Esdras llegó en el año 457 a. C. con un buen grupo de personas. Mientras trabajaba entre el pueblo de Dios en Jerusalén y Judea, Esdras tuvo problemas con los matrimonios mixtos con mujeres que no eran israelitas. Sus por lo menos quince años de servicio estuvieron llenos de victorias, decisiones difíciles y acciones radicales (ver Esdras 8-10). Nehemías se unió a él en el 444 a. C. y se quedó durante doce años. Estos años se dedicaron a la construcción de los muros y fortificación de Jerusalén. Fue un período con un aluvión de actividades que nos llevan a formularnos una pregunta interesante: ¿Duraron estos cambios y las promesas bien intencionadas del pueblo?

Lamentablemente, la respuesta es no, las reformas no duraron. Después de su llegada inicial a Jerusalén, Nehemías regresó a Babilonia en un viaje de negocios (no sabemos cuántos años permaneció en Babilonia; Nehemías 13: 6-7) y regresó a Jerusalén más adelante. Cuando llegó a Jerusalén, se enfrentó nuevamente con los mismos problemas que antes, aunque no en la misma escala: el área del templo estaba descuidada y había sido profanada; al pueblo no le interesaban los servicios del santuario; los diezmos y las ofrendas no se distribuían a los levitas; y el sábado no se guardaba como debía. El problema de los matrimonios mixtos había regresado y de hecho empeorado desde los días de Esdras. La familia del sumo sacerdote estaba conectada con los principales nobles paganos de la región (Nehemías 13: 28) y Nehemías 13: 4-30 lo muestra enfrentando todos estos problemas. Cada uno de los grandes compromisos que había hecho Israel se habían quebrantado (compare Nehemías 10: 30-39 con Nehemías 13: 6-31). La reacción de Nehemías ante estos problemas fue ahora más fuerte que la de Esdras. El dijo: «Discutí con ellos y los maldije. A algunos de ellos los golpeé y les arranqué el pelo, y los obligué a jurar por Dios» (Nehemías 13: 25, DHH).

Ninguno de estos actos suele ser mencionado en los libros o presentaciones sobre el liderazgo de Nehemías. Solo una parte de la historia es la que se cuenta: el aspecto positivo y exitoso. Sin embargo, prestar atención a estas realidades perturbadoras podría servir como un «estímulo» para los líderes contemporáneos, ayudándolos a saber que lo que ellos también enfrentan no es nada nuevo. Todas las reformas, incluso aquellas encabezadas por líderes altamente estimados y capacitados, no son necesariamente duraderas y permanentes. Solo cuando las personas se mantengan vigilantes y confiadas en Cristo, sus vidas serán fuertes y seguras en él. De lo contrario, lo que les espera es la caída. El apóstol Pablo advierte: «Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer» (1 Corintios 10: 12, NVI). Esta es la otra cara del liderazgo, una trama secundaria que rara vez aparece en los titulares.

La narrativa bíblica es fielmente realista y reporta tanto los éxitos como los fracasos. Registra las decepciones y las fallas, lo cual sirve de ejemplo a nuestros líderes para advertirles que no deben cometer los mismos errores que el pueblo de Dios cometió en el pasado. Los éxitos y fracasos de las
reformas forman parte de la historia bíblica. Al final, Esdras y Nehemías no son héroes ni modelos de lo que representa un liderazgo exitoso a largo plazo. Aunque Esdras y Nehemías eran grandes dirigentes, el pueblo no demostró ser el mejor seguidor y dudó en permitir que Dios cambiara sus corazones y se convirtiera en su fortaleza. Por eso es que las reformas duraron tan poco. Las reformas permanentes solo son posibles cuando el pueblo de Dios colabora continuamente con la gracia y el poder de Dios.

Pero esta narrativa es una muestra clara de que los líderes no pueden controlar los resultados. ¡Es por eso que Dios no los llama a tener éxito sino a ser fieles (Mateo 25: 21, 23; 1 Corintios 4: 2)! Él no Ies pide que realicen grandes cosas, sino que sean confiables y fieles a su llamado. Si medimos el éxito de Jesús solo por su ministerio terrenal y los resultados inmediatos, podríamos concluir que su vida fue un fracaso. Pero en realidad, fue toda una victoria sobre Satanás y los poderes del mal, el pecado y la muerte (Juan 16: 11; Romanos 3: 21-26; 8:1-4; 2 Corintios 5: 20-21). Él representó fielmente el carácter de Dios (Juan 1: 14) y cumplió su tarea en la tierra. «Por eso Dios también lo exaltó sobre todas las cosas y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Filipenses 2: 9-11).

Aparentemente, el desastre del exilio no provocó la transformación de los corazones humanos. A veces las circunstancias pueden ser un catalizador para transformar las vidas y las actitudes de las personas, pero solo el poder del Espíritu Santo y una relación diaria con Dios pueden transformar los corazones. El profeta en el exilio Ezequiel expresó acertadamente el fundamento de la verdadera reforma: «Les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes. Les quitaré ese terco corazón de piedra y les daré un corazón tierno y receptivo. Pondré mi Espíritu en ustedes para que sigan mis decretos y se aseguren de obedecer mis ordenanzas» (Ezequiel 36: 26-27, NTV).

Características de un líder consagrado

A pesar de que sus reformas fueron de corta duración, Esdras y Nehemías fueron los instrumentos elegidos por Dios y vale la pena emular su extraordinario ejemplo. He aquí hay una lista de las diez cualidades necesarias en un líder consagrado, extraídas de la vida estelar de estos dos hombres:

1. Los líderes se ajustan a la Palabra de Dios. La mente y el corazón de un verdadero líder están llenos de las enseñanzas de Dios (Deuteronomio 6: 1-9; 8: 3; Josué 1: 8; Salmo 1: 2). Ellos entienden, practican y saben cómo poner en práctica sabiamente la Palabra de Dios en la vida diaria, el trabajo y el entretenimiento. Un líder discierne entre lo esencial y lo periférico. Saben dónde colocar su energía, tiempo y empeño. Esdras y Nehemías practicaban esto. «Leían del libro de la ley de Dios y explicaban con claridad el significado de lo que se leía, así ayudaban al pueblo a comprender cada pasaje. [... ] Así que el pueblo se fue a comer y a beber en una gran fiesta, a compartir porciones de la comida y a celebrar con gran alegría porque habían oído y entendido las palabras de Dios» (Nehemías 8: 8, 12, NTV). Todo lo que es significativo comienza con el conocimiento de la revelación de Dios, porque solo a través de su Palabra podemos conocerlo y comprendernos a nosotros mismos.

2. Los líderes son personas de oración. Las palabras «orar» u «oración» (o las diferentes formas de ellas) aparecen trece veces en la traducción de la Nueva Versión Internacional de Esdras y Nehemías (Esdras 6: 10; 8: 23; 9: 6; 10: 1; Nehemías 1: 4, 6 [dos veces], 11 [dos veces); 2: 4; 4: 9; 6: 9; 11: 17). Esdras y Nehemías contienen muchos ejemplos de oraciones personales y en grupo (Esdras 7: 27; 9: 3-10: 1; Nehemías 1: 5-11; 4: 4; 6: 9; 9: 5-37). En la oración, nos abrimos a Dios y nos hacemos sensibles a su dirección.

3. Los líderes pueden emitir sus puntos de vista. Los líderes pueden emitir su visión de las cosas debido a su conocimiento de Dios y de sus enseñanzas, y a la relación personal e íntima que tienen con él. Estas peculiaridades moldean su influencia, permitiéndoles liderar situaciones actuales y futuras. Ellos presentan sus puntos de vista en estrecha colaboración con otros (por ejemplo, Esdras, Secanías y otros líderes decidieron qué hacer en el caso del problema de los matrimonios mixtos; Esdras 9: 1; 10: 1-5, 8, 12). Cuando no hay visión, el pueblo de Dios sufre: «Donde no hay visión, el pueblo se extravía; ¡dichosos los que son obedientes a la ley!» (Proverbios 29: 18, NVI).

4. Los líderes son personas de ejemplo. Los líderes deben hacer ellos mismos lo que piden a otros que hagan. Nehemías es un buen ejemplo de esto. Él no insistió en hacer valer sus derechos ni en cobrar su salario, aunque podía hacerlo como gobernador designado. Más bien, se involucró personalmente en proveer alimentos a otros y en el trabajo de los muros, todo esto además de su responsabilidad principal de supervisar el proyecto de construcción (Nehemías 5: 14-18).

5. Los líderes delegan responsabilidades. Los líderes alientan la participación, delegan responsabilidades y luego esperan los resultados correctos. Cuando se inspira la responsabilidad, los líderes colaboran y delegan. Necesitan conocer personas y reconocer sus dones y fortalezas. Esdras no fue el único que leyó e interpretó la Palabra de Dios: también hizo que muchos levitas lo ayudaran con esta noble tarea (Nehemías 8: 4, 7-8). Lo mismo sucedió cuando las personas oraban, ayunaban, confesaban sus pecados y alababan al Señor. Otros también participaban con partes muy importantes (Nehemías 9: 4-5). Cuando el pueblo de Israel se comprometió a seguir las instrucciones y enseñanzas de Dios, todas las tribus y los líderes de las familias estaban involucrados (Nehemías 10). Cuando Nehemías construyó el muro de Jerusalén, dividió las responsabilidades; y los líderes, incluso los sacerdotes, fueron designados para supervisar la reconstrucción del muro y sus puertas (ver Nehemías 3, donde se nombran unos cuarenta líderes para reconstruir unas cuarenta y cinco secciones del muro). Estos líderes trabajaron estrechamente entre sí y compartieron responsabilidades.

6. Los líderes son personas perseverantes y valientes. Los buenos líderes animan a otros a llevar a cabo la obra de Dios y avanzar con valentía. Los líderes son perseverantes y decididos, a pesar de las dificultades y obstáculos que puedan presentárseles. Luego de que Nehemías fue reclutado por su hermano Hanani para ayudar en Jerusalén, oró durante cuatro meses antes de poder hablar con el rey Artajerjes y presentar su propuesta. Los líderes consagrados siempre tienen un plan sobre el cual avanzar y saben qué hacer cuando surgen obstáculos y dificultades. Nehemías siempre estaba listo y tenía respuestas oportunas porque estaba continuamente en oración (Nehemías 2: 4; 6: 9). Cuando rebeldes como Sanbalat y Tobías intentaron impedir el trabajo, se mantuvo concentrado a pesar de las distracciones (Nehemías 6; 1-9).

7. Los líderes son «proveedores de espacio». Los líderes proporcionan espacio para que otros prosperen. Se regocijan cuando otros progresan, exhortan a los asociados a tener más éxito que ellos y crean oportunidades para que los compañeros de trabajo se desarrollen, aunque sus compañeros de trabajo no siempre sigan el camino correcto (como el hijo del sumo sacerdote que se casó con una extranjera, una acción explícitamente prohibida en Le-vítico 21: 14; ver Nehemías 13: 28). Para llevar a cabo fielmente la obra de Dios, Esdras reunió a los líderes de Israel en Babilonia y los llevó a Jerusalén para que lo ayudaran a cumplir la misión de Dios (Esdras 7: 28).

8. Los líderes son personas de discernimiento. Los líderes saben discernir los motivos de las personas. Nehemías entendió los motivos y detectó la táctica de sus enemigos, que intentaron herirlo (Nehemías 6: 2), asustarlo (Nehemías 6: 9), o incluso matarlo, desacreditarlo e intimidarlo (Nehemías 6: 10, 12-13).

9. Los líderes son buenos oyentes. Los líderes saben escuchar atentamente a los demás. Nehemías escuchó las quejas del pueblo y actuó en consecuencia a su favor (Nehemías 5: 1-6). Esdras, Nehemías y los levitas escucharon al pueblo de Dios y dieron consejos ajustados a la Palabra (Nehemías 8: 9-11).

10. Los líderes temen al Señor. Los líderes disfrutan de la presencia de Dios y buscan tomar decisiones que le agraden. Lo hacen, porque «temen a Dios». Nehemías se describió a sí mismo como un hombre temeroso de Dios: «Pero yo no hice así, a causa del temor de Dios» (Nehemías 5: 15). Él también tuvo este reproche para aquellos que oprimieron a otros: «Lo que están haciendo ustedes es incorrecto. ¿No deberían mostrar la debida reverencia a nuestro Dios y evitar así el reproche de los paganos, nuestros enemigos?» (Nehemías 5: 9, NVI; vea también Esdras 3: 3 y 10: 3).

El Espíritu Santo y la Palabra de Dios producen vida

En el relato de la historia de Israel (Nehemías 9: 5-37), la misericordia de Dios y la infidelidad del pueblo son dos temas recurrentes. Además, emergen dos versículos importantes relacionados con el Espíritu Santo. En ellos se describe cómo el Espíritu de Dios estaba instruyendo y guiando a su pueblo (Nehemías 9: 20, 30). La lección es clara: sin el liderazgo del Espíritu Santo, no podrían obedecer a Dios. Cuando los sacó de Egipto, el Espíritu Santo les enseñó esta lección: «Por tus muchas misericordias no los abandonaste en el desierto. [...] Enviaste tu buen Espíritu para enseñarles» (Nehemías 9: 19-20, la cursiva es nuestra). Además, cuando Israel vivía en la Tierra Prometida, fue el Espíritu de Dios el que los llamó a regresar a Dios: «Tercamente te dieron la espalda y se negaron a escuchar. En tu amor fuiste paciente con ellos durante muchos años. Enviaste tu Espíritu, quien les advertía por medio de los profetas. ¡ Pero aun así no quisieron escuchar! Entonces nuevamente permitiste que los pueblos de la tierra los conquistaran» (Nehemías 9: 29-30, NTV, la cursiva es nuestra). La obra del Espíritu Santo lleva a las personas al arrepentimiento para que se coloquen verdaderamente en sintonía con Dios.

Los líderes de Dios dejan que el Espíritu Santo los transforme y los dirija en todo lo que hacen. Resulta muy significativo que la Biblia comienza declarando que el Espíritu de Dios, más la Palabra de Dios, dan como resultado la vida: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1: 1). Le sigue una revelación especial, en la que se nos detalla cómo se creó la vida en la tierra: Primero, el Espíritu de Dios «se movía sobre la faz de las aguas» (Génesis 1: 2). El término que se utiliza aquí para describir esta acción es la palabra hebrea merachefet, que describe la imagen de un águila flotando sobre los aguiluchos, cuidándolos (Deuteronomio 32: 11). El Espíritu Santo se presenta como el que cuida y protege al recién nacido planeta tierra. Segundo, a medida que se desarrolla el relato de la creación, resalta la Palabra de Dios. La frase: «Dijo Dios» (Génesis 1: 3, 6, 9, 11, 14, 20, 24, 26, 28-29) se usa diez veces. Y diez veces, después de que se pronuncia, ocurren cosas maravillosas. Como resultado, Génesis 1 describe la vida abundante que brota por doquier. Estos dos componentes, «el Espíritu de Dios» y «la Palabra de Dios», representan la actividad tanto del Espíritu Santo como de Dios, produciendo el asombroso resultado de la vida física: el ruaj, («el Espíritu») más el dabar («la palabra») dan lugar al chayyim («la vida»). Un líder producirá «vida» donde quiera que vaya si se asocia con el Espíritu Santo.

Otro excelente ejemplo de esta verdad bíblica la encontramos en la visión de Ezequiel 37: 1-14 y la resurrección de los huesos secos. ¿Cómo pueden cobrar vida estos huesos? Primero, el profeta recibe una orden: «Profetiza sobre estos huesos, y diles: "¡Huesos secos, escuchen la palabra del Señor!"» (versículo 4, NVI). El resultado de esta proclamación de la palabra de Dios a los huesos es que los huesos, que estaban dispersos, se pusieron en orden, formando esqueletos, aunque aún sin vida. De la misma manera, la Palabra de Dios pone orden en el caos en nuestra vida.

Segundo, el Espíritu de Dios viene sobre los esqueletos, y los huesos muertos viven. Solo después de que la Palabra de Dios fue predicada y el Espíritu del Señor vino, los huesos muertos cobraron plena vida. Solo cuando la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios se unen, comienza la verdadera vida. Palabra y Espíritu siempre deben ir juntos para lograr cosas maravillosas. Si un líder está impregnado de la Palabra y lleno del Espíritu, Dios puede realizar obras maravillosas en la vida de las personas.

Esta verdad bíblica no solo se aplica a la vida física, sino que es igualmente válida para la vida espiritual. La nueva vida ocurre solo cuando se reconoce la obra del Espíritu Santo y se acepta la Palabra de Dios. Toda la doctrina de la regeneración se basa en este reconocimiento. Sin el Espíritu, sin la Palabra, solo podemos tener una experiencia emocional incompleta, intelectual o sin sentido. Se puede nacer de nuevo solo cuando se nace de arriba. Estudie cuidadosamente el significado de la palabra griega anoten, que significa «otra vez» y también «arriba». Podemos nacer de nuevo solo sobre la base del Espíritu y la Palabra que obran juntos (Salmo 33: 6; Isaías 34: 16; Juan 3: 3, 5; 1 Pedro 1: 23; Santiago 1: 18). La Palabra de Dios es poderosa y logrará lo que dice (Salmo 33: 9; Isaías 40: 8; 55: 11; Jeremías 23: 29). Pedro declara con poder: «Pues han nacido de nuevo pero no a una vida que pronto se acabará. Su nueva vida durará para siempre porque proviene de la eterna y viviente palabra de Dios» (1 Pedro 1: 23, NTV). Y Santiago lo corrobora: «Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad» (Santiago 1: 18). Pablo elocuentemente afirma que la salvación es en realidad realizada por el Espíritu Santo: «Él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia, sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo» (Tito 3: 5, NVI).

David explica que el Espíritu del Señor fue el que lo capacitó para recibir la Palabra de Dios y proclamarla: «El espíritu de Jehová habla por mí, su palabra está en mi lengua» (2 Samuel 23: 2). El Mesías estaba lleno del Espíritu Santo para proclamar la Palabra (Isaías 61: 1). En el libro de Apocalipsis, el Espíritu habla a las siete iglesias y se afirma que las palabras de Jesús son las palabras del Espíritu (Apocalipsis 2: 7, 11, 17, 29; 3: 6, 13, 22). Zacarías subraya la misma verdad: «Esta es palabra de Jehová para Zorobabel, y dice: "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos"» (Zacarías 4: 6).

Solo estaremos llenos de vida si la Palabra y el Espíritu Santo habitan en nosotros. Esta fue la experiencia de la iglesia primitiva. «Todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban con valentía la palabra de Dios» (Hechos 4: 31; ver también Hechos 16: 6). Y Pablo reafirma esta verdad cuando exhorta a los creyentes a tomar «el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Efesios 6: 17, NVI).

¡Lo que Dios manda por medio de su Palabra, lo habilita a través de su Espíritu! Fijémonos en Ezequiel, por ejemplo, cuando nos dice: «Me dijo [el Señor]: "Hijo de hombre, ponte sobre tus pies y hablaré contigo". Después de hablarme, entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies, y oí al que me hablaba (Ezequiel 2: 1-2). Para poder ser nuevas creaturas en Cristo (2 Corintios 5: 17), debemos permitir que Dios cree una nueva vida dentro de nosotros y seamos transformados por su Espíritu y su Palabra. La gracia de Dios es poderosa, asombrosa y transformadora. Seamos sus instrumentos consagrados y dedicados y lidere-mos valientemente la obra de transformar a otros a su imagen.



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