Cómo veían la Biblia Jesús y los apóstoles
El grito de la Reforma era ad fontes, que significa «volver a las "fuentes". En el contexto de la Ilustración, esto significaba que los reformadores habían decidido volver a la fuente de las Escrituras para comprender verdaderamente la naturaleza del cristianismo, en lugar de confiar en las tradiciones de la iglesia medieval. Este crucial regreso a las fuentes originales trajo un interés renovado en las Escrituras, transformando la forma en que la gente veía el mundo.El asunto de la autoridad
Y todavía hoy, las tradiciones y métodos de la filosofía escolástica medieval usados antes de la Reforma continúan siendo empleados. Las Escrituras a menudo se entienden solo a través de la lente de la filosofía o la naturaleza. La filosofía de la ilustración puso en tela de juicio la inspiración y la autoridad bíblica básicas, relegando las palabras de Dios a las palabras de los hombres, escritas en un tiempo y entorno particular. El teólogo Krister Stendahl, exdecano de la Facultad de Teología de la Universidad de Harvard, escribe que estas nuevas suposiciones significan que el intérprete moderno debe distinguir entre «lo que significaba y lo que significa» un pasaje bíblico. En otras palabras, existe una «tensión entre la mente del semita del pasado y el pensamiento del hombre moderno».1
Por ejemplo, lo que un pasaje puede haber significado para un antiguo erudito rabínico como Pablo y, por ende, para su audiencia en Corinto o Éfeso, puede no ser lo que la Biblia quiera decir hoy. No puede significar lo mismo porque, según este punto de vista, el conocimiento y la comprensión científica del mundo moderno eran completamente desconocidos para los antiguos. Además, según este punto de vista los escritores bíblicos reflejaban su situación cultural local, requiriendo que los lectores modernos interpreten la Biblia según los estándares de hoy. La fe bíblica parece en gran medida irrelevante en una era de electricidad, computadoras y teléfonos inteligentes.
El teólogo luterano neortodoxo Rudolf Bultmann intentó «rescatar» al cristianismo de los efectos del pensamiento histórico-crítico moderno mediante un ejercicio de «desmitificación» del Nuevo Testamento. Lo hizo al espiritualizar los milagros y otros conceptos sobrenaturales como la resurrección de Cristo, el cielo y la naturaleza divina de Cristo para que fueran aceptables para la mente moderna. Para Bultmann, «los conceptos mitológicos del cielo y el infierno ya no son aceptables para los hombres modernos, ya que para el pensamiento científico, hablar de "arriba" y de "abajo" en el universo ha perdido todo significado».2 Para Bultmann, «es una ilusión suponer que la antigua cosmovisión de la Biblia puede renovarse».3
Pero esta adaptación a las presuposiciones del materialismo y del modernismo también plantea importantes preguntas sobre la natúfaleza de la Biblia y las enseñanzas de Jesús y los apóstoles. En las mentes de Jesús y los apóstoles, ¿había alguna diferencia entre lo que la Biblia significaba y lo que significa? ¿Aceptaron Jesús y los apóstoles la realidad de los milagros en el Antiguo Testamento y enseñaron que los milagros seguían ocurriendo en su día? ¿Cómo estos se relacionaban con las personas, los lugares y los acontecimientos descritos? ¿Sobre qué premisas se basaron y cuáles fueron los métodos de interpretación posteriores? Cuando Jesús y sus discípulos se encontraban con los escépticos y cínieos maestros de la ley, ¿cómo respondían a sus preguntas? Al igual que los reformadores, volveremos a las fuentes para comprender cómo los escritores bíblicos y Jesús interpretaron la Biblia.
Cómo veía Jesús las Escrituras
Jesús reiteró la autoridad de la Escritura de varias maneras. Primero, aceptó los milagros del Antiguo Testamento como auténticos. En Mateo 12: 40, dice: «Como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches». Jesús no solo confirma la experiencia de Jonás en el vientre del pez, sino que predice su propia experiencia después de la crucifixión, presagiando los tres días que pasaría en el sepulcro. Continúa diciendo: «Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación y la condenarán, porque ellos se arrepintieron por la predicación de Jonás, y en este lugar hay alguien que es más que Jonás» (vers. 41). Jesús habla de los acontecimientos que rodearon la predicación de Jonás a los ninivitas como históricos, reales y confiables.
En otro ejemplo, Jesús dice: «Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición, porque Moisés dijo: "Honra a tu padre y a tu madre" y "el que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente» (Marcos'7: 9-10). Él no solo confirma los mandamientos de Dios al referirse al quinto mandamiento, sino que también señala que Moisés los dio al pueblo. Del mismo modo, Jesús también confirma las enseñanzas de Moisés al instruir al leproso sanado: «Ve, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para testimonio a ellos» (Lucas 5: 14). Sin duda Jesús aceptaba la realidad histórica de muchos personajes de la Biblia; entre ellos: Abel (Mateo 23: 35), David (Mateo 12: 3) y Zacarías (Mateo 23: 35).
Jesús también guardó los mandamientos e instó a otros a hacer lo mismo. «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14: 15). Ofreció un consejo directo al joven rico: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». El joven respondió preguntando cuáles. Jesús respondió: «No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre. Y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 19: 17-19). Además de revalidar los mandamientos que se registran en Éxodo, Jesús también guardó el sábado (Lucas 4), reiterando su propósito original: «El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Marcos 2: 27, NVI), y: «El Hijo del hombre es Señor del sábado» (Lucas 6: 5, NVI).
En el Sermón del Monte, Jesús destacó la naturaleza" eterna de la ley: «No penséis que he venido a abolir la ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir, [...] antes que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido» (Mateo 5: 17-18). Nuestra «fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10: 17). A los saduceos, les dijo: «¡Qué equivocados están, por no conocer las Escrituras ni el poder de Dios!» (Mateo 22: 29, DHH). Estos pasajes demuestran que Jesús veía las Escrituras como un elemento fundamental en nuestra vida y experiencia.
Cómo usaba Jesús las Escrituras
La vida de Cristo reflejaba la autoridad que él le daba a las Escrituras en su experiencia y ministerio. A Cristo lo bautizó Juan el Bautista, y la manifestación visible del Espíritu Santo en forma de paloma ratificó su ministerio. Al mismo tiempo, el Padre pronunció su bendición: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3: 17). El Espíritu inmediatamente condujo a Jesús al desierto de Judea donde, debilitado, fue tentado por Satanás. Este encuentro épico fue un momento decisivo en el ministerio de Cristo. ¿Soportaría el examen?
El primer encuentro giró en torno al apetito y apeló al instinto humano de supervivencia. Jesús respondió citando Deuteronomio: «Escrito está: "No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"» (Mateo 4: 4). Su defensa se apoyó en la Palabra viva y su fuente divina, ratificando así la autoridad de la Escritura. Luego, Satanás tentó a Jesús con el amor a la ostentación y la presunción.
Jesús respondió: «Escrito está también: "No tentarás al Señor tu Dios"» (Mateo 4: 7; ver Lucas 4: 12). Finalmente, Jesús fue tentado a sucumbir al orgullo y a dominar los reinos del mundo. Su respuesta fue rápida y segura: «Escrito está: "Al Señor tu Dios adorarás y solo a él servirás"» (Lucas 4: 8). Al final, el verdadero centro de la adoración de Jesús era Dios. La sumisión a su Palabra era la verdadera adoración.
En las tres tentaciones, Jesús respondió con las palabras: «Escrito está». Llama la atención que no dijo «escrito estaba» o «escrito estará», sino que usó el tiempo presente: «Escrito está». Lo hizo, porque la Palabra de Dios no estaba relegada a una cultura pasada ni estaba destinada solo a las generaciones futuras. No; es la Palabra viva de Dios que concierne a todas las personas y a todas las naciones de todos los tiempos. La Palabra era la verdad presente para Moisés y Cristo, y aún lo es para nosotros hoy.
El encuentro del desierto prueba que el método de defensa de Jesús contra los ataques del adversario era singular: la Palabra de Dios y solo ella. Aunque él mismo era Dios, su defensa consistió en someterse completamente a la Palabra. No se apoyó en opiniones, en argumentos rebuscados o en animosidades, sino que citó decididamente las Escrituras. Para Cristo, la Escritura tenía la mayor autoridad, el mayor poder. De esta manera, su ministericycomenzó con una base sólida, construida sobre la confiabilidad de la Biblia.
En el Calvario, las palabras finales de Jesús también dan testimonio de la autoridad de las Escrituras. Dos veces en la cruz citó palabras proféticas del Antiguo Testamento. En el primer caso, «Jesús clamó a gran voz, diciendo: "Elí, Elí, ¿lama sabactani?" (que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has desamparado?")» (Mateo 27: 46), citando el Salmo 22: 1. Unos versículos más adelante, este mismo salmo-dice:
«He sido derramado como el agua y todos mis huesos se descoyuntaron. Mi corazón fue como cera [...]. ¡Me has puesto en el polvo de la muerte! [...]; desgarraron mis manos y mis pies. ¡Contar puedo todos mis huesos! Entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos y sobre mi ropa echaron suertes» (Salmo 22:13-18).
En el segundo caso, Jesús cita nuevamente del mismo salmo: «¡Consumado es!» (Juan 19: 30). Walter Kaiser, Jr. escribe: «No es casualidad [...]; esto indica que en la cruz, a nuestro Señor se le señaló este salmo, consolándolo y alentándolo con sus palabras».4 Pero hay más; Jesús está señalando a los testigos de todas las eras el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento sobre la naturaleza de su muerte, ratificando con ello la autoridad y la precisión de las Escrituras al predecir su sufrimiento. Charles Briggs escribe: «Estos sufrimientos trascienden los de cualquier víctima a lo largo de la historia, con la única excepción de Jesucristo. Encuentran su contraparte exacta en los sufrimientos de la cruz».5
Al pie de la cruz, los discípulos apenas entendieron estas declaraciones. Estaban confundidos y abatidos. ¿Cómo pudo pasar esto? La humillante muerte de Jesús no era la liberación que esperaban de su Mesías. En los días siguientes, sin embargo, sus espíritus se animaron al poder conversar con Jesús. En estos encuentros posteriores a la crucifixión, Jesús nuevamente afirmó el método por el cual debían haber estudiado las Escrituras.
Lucas 24 registra dos de estas apariciones. Primero, Jesús se une a dos creyentes en el camino a Emaús y les explica cómo fue el cumplimiento de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. «Entonces, comenzando por Moisés y por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Lucas 24: 27, NVJ).
Después de su asombrosa experiencia en el camino a Emaús, los dos discípulos corrieron para compartir las buenas noticias con los otros discípulos. Mientras contaban su historia, Jesús se apareció a todo el grupo y les recordó que su vida era el cumplimiento de las Escrituras. ?Estas son las palabras que os hablé [...]: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras» (Lucas 24:44-45).
Fijémonos en la primera referencia, durante el camino a Emaús, a «todas las Escrituras» (Lucas 24: 27, la cursiva es nuestra). Luego esta referencia a las Escrituras se detalla más tarde en el segundo pasaje a los discípulos como «la ley de Moisés, los profetas y los Salmos» (Lucas 24: 44). La referencia a la ley de Moisés, los profetas y los Salmos se refiere a las tres divisiones de la Biblia, tal como la entendían los judíos de la época. La Torá es la ley, o la instrucción, y se compone de los primeros cinco libros de la Biblia. Los Nevi'im son los profetas, y los Ketuvim, que incluían el libro de los Salmos, eran los escritos.
Estas interacciones dejan claro que Jesús, el Verbo hecho carne (Juan 1: 1-3), confiaba en la autoridad de las Escrituras para explicar cómo se predijo su vida y ministerio cientos de años antes. Al referirse a la totalidad de las Escrituras, Jesús estaba enseñando a los discípulos con el ejemplo. A medida que avanzaran en difundir el mensaje del evangelio, ellos también debían exponer toda la Escritura, confiriendo poder y entendimiento a los nuevos conversos. Debían permitir que las Escrituras interpretaran las Escrituras, una metodología a la que los protestantes se referirían más tarde como sola Scriptura.
En Mateo 28: 18-20, Jesús dio la comisión del evangelio a sus discípulos: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Su autoridad estaba cimentada en el Padre y en toda la Deidad: «Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Luego de darles la comisión, les da una última instrucción: «Enseñen ar los nuevos discípulos a obedecer todos los mandatos que les he dado» (NTV). ¿Y qué enseñó y ordenó Jesús? Enseñó todas las Escrituras. Él vino sobre la autoridad profética de la Palabra y se sometió a su Padre en cumplimiento de las profecías de las Escrituras. Elena G. de White escribe: «[Cristo] presentó las Escrituras como una obra de incuestionable autoridad, y nosotros debemos hacer lo mismo. La Biblia ha de ser presentada como la Palabra del Dios infinito, como el fin de toda controversia y el fundamento de la fe».6
Cómo los apóstoles consideraban las Escrituras
Como era de esperarse, los apóstoles también aceptaron la historicidad y la exactitud del Antiguo Testamento. Refiriéndose a la experiencia del Éxodo, Lucas dijo: «Este los sacó, habiendo hecho prodigios y señales en tierra de Egipto, en el Mar Rojo y en el desierto por cuarenta años» (Hechos 7: 36). Pablo escribe en hebreos: «Por la fe pasaron el Mar Rojo como por tierra seca; e intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron ahogados» (Hebreos 11: 29). Refiriéndose al éxodo, el erudito Otto Piper de la Universidad de Princeton, calculó que de los 2,688 usos del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento, «él éxodo ocupa el tercer lugar, con unas 220 citas».7 Estas referencias frecuentes sugieren que los acontecimientos, los temas y la teología del Éxodo sirvieron como base para el pensamiento y la visión de Jesús y los escritores del Nuevo Testamento.8 El éxodo y el viaje hacia la Tierra Prometida se convirtieron en un tipo de nuestra liberación milagrosa de la esclavitud del pecado y del viaje al hogar celestial que Jesús nos está preparando. Pero esto no se limitó al libro de Éxodo; todo el Nuevo Testamento cita constantemente al Antiguo Testamento como una fuente autorizada.
En Romanos 1: 2, Pablo se refiere al Antiguo Testamento como «las santas Escrituras», y en Romanos 3: 2, se refiere a ellas como «los oráculos de Dios» (LBLA) o las «las palabras mismas de Dios» (NVI). Pedro dijo enfáticamente: «Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1: 20-21). Del mismo modo, las Escrituras elevan al Nuevo Testamento a este nivel. Jesús dijo a sus discípulos: «El que a vosotros oye, a mí me oye» (Lucas 10: 16).
Varios libros del Nuevo Testamento afirman ser inspirados, Pedro se refiere a los escritos de Pablo como «el resto de las Escrituras» (2 Pedro 3: 16, LBLA). Pablo identifica al Espíritu Santo como la fuente de sus Epístolas (1 Corintios 7: 40; 14: 37; 2 Corintios 3: 5-6; 4: 13). Juan presenta el Apocalipsis como «La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto» (Apocalipsis 1: 1). Al final del libro, se nos dice: «Estas palabras son fieles y verdaderas. [... ] Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro» (Apocalipsis 22: 6-7).
En resumen, la interpretación de la Biblia, según las declaraciones de Jesús y los apóstoles, no puede hacerse de la misma manera que la interpretación de otros libros humanos. «La única verdadera hermenéutica de la Biblia como la Palabra de Dios en forma humana debe ser una hermenéutica de la Escritura, una hermenéutica por la Escritura; en resumen, una hermenéutica bíblica».9 Elena G. de White también entendió la naturaleza única de la Palabra de Dios, recordando a sus lectores que «la Biblia es su propio intérprete».10
Referencias
1. Krister Stendahl, «Bíblica] Theology, Contemporary», The Interpreter's Dictionary of the Bible, t. 1, ed. George A. Buttrick (Nueva York: Abingdon, 1962), pp. 418-432.
2. Rudolf Bultmann, fesus Christ and Mythohgy (Nueva York: Scribner's, 1958), pp. 15, 20.
3. lhíd., p. 38.
4. Walter C. Kaiser, Jr„ The Messiah in the Oíd Testament (Grand Rapids, Michigan: Zon-dervan, 1995), p.117.
5. Charles A. Briggs, Messianic Prophecy (Nueva York: Scribner's, 1889), p. 326.
6. Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro (Doral, Florida: IADPA, 2019), cap. 2, p. 23.
7. Otto Piper, «Unchanging Promises: Exodus in the New Testament», ¡nterpretalícm (1 de enero de 1957), p" 3.
8. Ver la introducción, en Michael G. Hasel, «The Book of Exodus», The Andrews Bíble Commentary, ed. Angel M. Rodríguez (Berríen Springs, MI: Andrews University Press, 2020).
9. Para desarrollar este tema, véase Gerhard F. Hasel, «The Crisis of the Authority of the Bible as the Word of God», lournal of the Adventist Theological Society 1, no. 1 (1990): pp. 31-33.
10. Elena G. de White, La educación, cap. 20, p. 171.
1. Krister Stendahl, «Bíblica] Theology, Contemporary», The Interpreter's Dictionary of the Bible, t. 1, ed. George A. Buttrick (Nueva York: Abingdon, 1962), pp. 418-432.
2. Rudolf Bultmann, fesus Christ and Mythohgy (Nueva York: Scribner's, 1958), pp. 15, 20.
3. lhíd., p. 38.
4. Walter C. Kaiser, Jr„ The Messiah in the Oíd Testament (Grand Rapids, Michigan: Zon-dervan, 1995), p.117.
5. Charles A. Briggs, Messianic Prophecy (Nueva York: Scribner's, 1889), p. 326.
6. Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro (Doral, Florida: IADPA, 2019), cap. 2, p. 23.
7. Otto Piper, «Unchanging Promises: Exodus in the New Testament», ¡nterpretalícm (1 de enero de 1957), p" 3.
8. Ver la introducción, en Michael G. Hasel, «The Book of Exodus», The Andrews Bíble Commentary, ed. Angel M. Rodríguez (Berríen Springs, MI: Andrews University Press, 2020).
9. Para desarrollar este tema, véase Gerhard F. Hasel, «The Crisis of the Authority of the Bible as the Word of God», lournal of the Adventist Theological Society 1, no. 1 (1990): pp. 31-33.
10. Elena G. de White, La educación, cap. 20, p. 171.
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