Lunes 1 de enero | Lección 1
CONOZCAMOS A LOS SALMISTAS
El rey David, cuyo nombre aparece en los títulos de la mayoría de los salmos, participó activamente en la organización de la liturgia del culto de Israel. Se lo llama “el dulce cantor de Israel” (2 Sam. 23:1). El Nuevo Testamento atestigua la autoría davídica de varios salmos (Mat. 22:43-45; Hech. 2:25-29, 34, 35; 4:25; Rom. 4:6-8). Muchos salmos fueron compuestos por los músicos del Templo, que también eran levitas: por ejemplo, Salmo 50 y Salmos 73 a 83, por Asaf; Salmo 42, Salmos 44 a 47, Salmo 49, Salmo 84, Salmo 85 y Salmo 88, por los hijos de Coré; Salmo 88, por Hemán el ezraíta; y Salmo 89, por Etán el ezraíta. Además de ellos, Salomón (Sal 72; 127) y Moisés (Sal. 90) fueron autores de algunos salmos.
Lee Salmos 25:1 al 5; 42:1; 75:1; 77:1; 84:1 y 2; 88:1 al 3; y 89:1. ¿Qué revelan estos salmos sobre las experiencias que vivieron sus autores?
Sal 25:1 A ti, oh Jehová, levantaré mi alma.
Sal 25:2 Dios mío, en ti confío;
No sea yo avergonzado,
No se alegren de mí mis enemigos.
Sal 25:3 Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido;
Serán avergonzados los que se rebelan sin causa.
Sal 25:4 Muéstrame, oh Jehová, tus caminos;
Enséñame tus sendas.
Sal 25:5 Encamíname en tu verdad, y enséñame,
Porque tú eres el Dios de mi salvación;
En ti he esperado todo el día.
Sal 42:1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,
Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.
Sal 75:1 Gracias te damos, oh Dios, gracias te damos,
Pues cercano está tu nombre;
Los hombres cuentan tus maravillas.
Sal 77:1 Con mi voz clamé a Dios,
A Dios clamé, y él me escuchará.
Sal 84:1 ¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!
Sal 84:2 Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová;
Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.
Sal 88:1 Oh Jehová, Dios de mi salvación,
Día y noche clamo delante de ti.
Sal 88:2 Llegue mi oración a tu presencia;
Inclina tu oído a mi clamor.
Sal 88:3 Porque mi alma está hastiada de males,
Y mi vida cercana al Seol.
Sal 89:1 Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente;
De generación en generación haré notoria tu fidelidad con mi boca.
“Llegue mi oración a tu presencia, inclina tu oído a mi clamor. Porque saturado estoy de males, y mi vida está al borde del sepulcro” (Sal. 88:2, 3). Este es el clamor del alma del siglo XXI tanto como el de alguien de hace tres mil años.
Algunos salmos mencionan las dificultades; otros se centran en las alegrías. Los salmistas clamaron a Dios para que los salvara, y experimentaron su inmerecido favor. Glorificaron a Dios por su fidelidad y amor, y le prometieron su incansable devoción. Los salmos son, pues, testimonios de la redención divina y signos de la gracia y la esperanza de Dios. Los salmos transmiten una promesa divina a todos los que abrazan, por la fe, los dones divinos del perdón y de una vida nueva. Pero, al mismo tiempo, no tratan de encubrir, ocultar ni restarles importancia a las dificultades y el sufrimiento que prevalecen en un mundo caído.
¿Cómo podemos encontrar esperanza y consuelo sabiendo que incluso personas fieles, como los salmistas, lucharon con algunas de las mismas cosas que nosotros?
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