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Lección 5 | SOLO CRISTO... SOLO LA GRACIA | Miércoles 1 de mayo


Miércoles 1 de mayo | Lección 5

SOLO CRISTO... SOLO LA GRACIA

Lee Efesios 2:8 y 9; y Romanos 3:23 y 24; 6:23; y 5:8 al 10. ¿Qué enseñan estos versículos sobre el Plan de Salvación?

Efe 2:8  Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 
Efe 2:9  no por obras, para que nadie se gloríe. 

Rom 3:23  por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 
Rom 3:24  siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,  

Rom 6:23  Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. 

Rom 5:8  Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 
Rom 5:9  Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. 
Rom 5:10  Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. 

Dios proveyó la salvación como un regalo. Su Espíritu nos lleva a aceptar por fe lo que Cristo ha provisto gratuitamente mediante su muerte en la Cruz. Jesús, el divino Hijo de Dios, ofreció su vida perfecta para expiar nuestros pecados.

La justicia divina exige una obediencia perfecta. La vida perfecta de Cristo sustituye nuestra vida imperfecta. La Ley divina que hemos quebrantado nos condena a la muerte eterna. La Biblia es clara. Con nuestras decisiones pecaminosas, no alcanzamos el ideal de Dios para nuestra vida. Hemos pecado. Abandonados a nuestra suerte, no podemos satisfacer las justas exigencias de un Dios santo. Como resultado, merecemos la muerte eterna. Pero hay buenas noticias.

El apóstol Pablo nos asegura: “Porque la paga del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 6:23). Es un don inmerecido; si fuera por obras, nos la ganaríamos, y si hay una verdad que brilla en el evangelio es que no podemos ganarnos la salvación.

Martín Lutero y los reformadores protestantes descubrieron que solo Cristo era su Fuente de salvación. Entonces, Lutero comenzó a predicar el mensaje de su gracia salvífica. Las multitudes acudían en masa a escuchar sus mensajes sinceros y movilizadores. Sus palabras eran como un sorbo de agua fresca en el desierto estéril de su vida. La gente estaba encadenada a las tradiciones de la iglesia medieval y sometida a rituales vacíos que no ofrecían vida espiritual. Los mensajes bíblicos de Lutero llegaban al corazón, y la vida cambiaba.

Al leer el Nuevo Testamento, Lutero se sintió abrumado por la bondad de Dios. Le asombraba el deseo de Dios de salvar a toda la humanidad. La visión popular que enseñaban los líderes eclesiásticos de la época era que la salvación era en parte obra humana y en parte obra de Dios. Lutero descubrió que la muerte de Cristo en la Cruz era suficiente para toda la humanidad.

“Cristo fue tratado como nosotros merecemos, para que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por causa de nuestros pecados, en los que no había participado, con el fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por medio de su justicia, en la cual no habíamos participado. Él sufrió la muerte que era nuestra, para que pudiésemos recibir la vida que era suya” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 17).

Qué resumen tan maravillosamente escrito del evangelio, que podíamos ser justificados por una justicia “en la cual no habíamos participado”. ¡Qué promesa! 

Si la salvación es obra de Dios en Cristo, ¿qué función desempeñan nuestras buenas obras en la vida cristiana? ¿Cómo podemos confirmar la importancia de las buenas obras, pero sin hacer de ellas el fundamento de nuestra esperanza?

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