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CBA SEGUNDA EPÍSTOLA A LOS CORINTIOS Capítulo 4

CBA: 2ª Epístola a Los Corintios capítulo 4
1. Este ministerio. 

Es decir, el ministerio del "nuevo pacto" por el cual los hombres son liberados de la servidumbre a la "letra" de la ley (ver com. cap. 3: 6, 17), y reciben los principios de ella que quedan grabados en el corazón (vers. 3). Este ministerio del "espíritu" (vers. 6), de "justificación" por la fe (vers. 9), del "nuevo pacto" (vers. 6), de la verdadera "libertad" (vers. 17), restaura al creyente a la semejanza de Cristo. Este glorioso ministerio siempre sostiene a sus adeptos y a sus embajadores a través de cada prueba y de sufrimiento, y esas pruebas y esos sufrimientos aun redundan para la gloria de Dios. 

No desmayamos. 

Gr. egkakéÇ , "estar fatigado", "desanimarse", "descorazonarse". Pablo tenía plena confianza en la integridad y en el valor de su mensaje, y Dios había bendecido grandemente su ministerio. El era completamente indigno. Había sido perseguidor y blasfemo. Se consideraba el "primero" de to dos los pecadores (1 Tim. 1: 15); pero había recibido "misericordia". Su ordenación como ministro del Evangelio la debía enteramente a la gracia de Dios ( 1 Cor. 7: 25; 15: 9-10. Gál. 1: 15-16; 1 Tim. 1: 12-16). Nada subyuga tanto el orgullo, la fatuidad y la confianza propia como una sincera mirada hacia atrás en nuestra propia vida. La conversión de Pablo y la obra que le había sido confiada en el ministerio evangélico se debían a la misericordia divina (1 Tim. 1: 13- 14). 

2. Renunciamos. 

Este pretérito (aoristo) indica hacer algo "de una vez por todas". Cuando Pablo se convirtió, renuncio a toda conducta que no concordara con la fe que acababa de abrazar, y al recibir su misión como ministro del Evangelio abandonó los métodos dudoso que sus adversarios empicaban sin escrúpulos. 

Vergonzoso. 

El ministerio cristiano exige una vida y mi carácter puros. La obra de tiró dirigente espiritual termina en el mismo momento en que se comienza a sospechar que en su vida hay ciertas práticas que no pueden soportar ser examinadas. El primer requisito de un verdadero ministro es que renuncie completamente a todas las cosas que podrían traer oprobio a la causa de Dios. La verdadera religión es un camino de luz, nunca de tinieblas (Rom. 13: 12; 1 Cor. 4: 5; Efe, 5: 8: cf 1 Juan 1: 5), pues depende no sólo de cada acto sitio aun más: del motivo que lo impulsa. 

No andando con astucia. 

No engañando. El anhelo de Pablo era ser lo que aparentaba ser (cf. Luc. 20: 23). Sus adversarios recurrían a cualquier engaño con tal de lograr sus propósitos. 

Ni adulterando. 

Pablo proclamaba toda la verdad, sin adulterarla. Adulterar la Palabra de Dios significa predicar opiniones personales como si tuvieran la sanción de las Escrituras, sacar textos de su contexto, sustituir un "Así dice Jehová" por tradiciones humana, desvirtuar mediante sutiles explicaciones el significado de las Escrituras con el fin de excusar el pecado, interpretar sus enseñanzas literales en una forma mística o simbólica para invalidar su fuerza, o presentar una mezcla de error con verdad (ver 2 Cor. 11: 3: 12: 16; Efe. 4: 14; 1 Tes. 2: 3-4). 

Manifestación. 

En esta epístola aparecen repetidas veces diferentes formas del verbo "manifestar" (cap. 2: 14; 3: 3; 4: 10; 5; 11; 11: 6; etc.). Manifestación es lo opuesto a ocultamiento o astucia. Todo lo que la verdad requiere es una declaración sencilla y clara. No debe permitirse que nada oscurezca esta clara manifestación en el ministro o en el que dice que es cristiano. 

Recomendándonos. 

Los adversarios de Corinto habían tildado a Pablo de ser un falso apóstol (ver com. cap. 3: 1). El procede ahora a defender su apostolado presentando, ciertos aspectos de su vida y de su ministerio que debieran recomendarlo ante ellos como un apóstol genuino. 

Conciencia. 

En cuanto a la importancia que daba Pablo a una clara conciencia. ver com. Hech. 23: 1. Pablo atribuía a cada hombre la capacidad de juzgar moralmente y tener un conocimiento intimo de la ley moral (ver Rom. 2: 13-15). La "manifestación" que Pablo hacia de la verdad no sólo hallada eco en el intelecto humano, sino también en la conciencia de los hombres (cf. Juan 8: 9; Rom. 2: 15). 850 

Delante de Dios. 

Dios conocía la integridad del corazón de Pablo y éste recurría al testimonio de Dios en cuanto a la verdad de lo que estaba escribiendo. 

3. Está aún encubierto. 

O "es velado"; "está velado" (BJ); "queda velado" (BC). Pablo alude al velo del cap. 3 (vers. 13- 16). La situación en los días de Pablo era la misma de la de los días de Moisés: la verdad aún permanecía oculta para muchos. Esa circunstancia no se debía a falta de claridad en el Evangelio, sino a la forma como era recibido en la mente y en el corazón de los que lo escuchaban. 

Se pierden. 

O "se están perdiendo". Pablo sin duda pensaba en la minoría de los corintios que persistían en seguir a los falsos apóstoles que había entre ellos. Aún podían arrepentirse, pero mientras el Evangelio estuviera velado para ellos, permanecerían perdidos. Para ellos la salvación sólo sería posible cuando se quitaran el "velo" (ver Mat. 18: 11; Luc. 15: 4, 6, 24, 31-32; 19: 10). 

El hombre no puede ser luz para sí mismo, pero puede rodearse de tinieblas si cierra los ojos a la luz. La luz del sol está velada para el ciego, no importa cuánto brille el sol. Pablo habla de los que resistían la luz del Evangelio debido a sus tinieblas interiores, de las cuales ellos mismos eran responsables (ver com. Ose. 4: 6). Hay ciertas condiciones que pueden velar o encubrir el poder salvador del Evangelio. Por ejemplo, en la iglesia de Corintos el espíritu de bandos, las rivalidades, las disputas, la inmoralidad, el orgullo y el egoísmo de las vidas de algunos, ocultaban el Evangelio para ellos. El Evangelio puro es aceptado por las mentes y los corazones abiertos (Juan 8: 47; 1 Juan 4: 6). 

La indiferencia por las cosas espirituales y la preocupación por las que no lo son también cierran el velo (ver Luc. 21: 34; com. Mat. 6: 24-34). Las ocupaciones seculares que son buenas pueden absorber a una persona en tal forma que no le queda tiempo para la luz celestial ni deseo por ella. Los seres humanos no rechazan la verdad por falta de pruebas, pues en realidad, creen mil cosas con muchas menos pruebas. Rechazan la verdad porque los condena, reprende sus pecados y perturba su conciencia. 

4. Dios de este siglo. 

Es decir, Satanás. "Dios de este mundo" (BJ). Pablo explica por qué el glorioso Evangelio está velado u oculto para muchos. Satanás es un ser personal (ver com. Mat. 4: 1), y es imperativo que lo reconozcamos cuando se presenta en cualquier forma o por cualquier medio. El título "dios de este mundo" es una alusión al intento de Satanás de usurpar la soberanía que Dios tiene sobre este mundo. El diablo ambiciona ser el dios definitivo de este mundo (Mat. 4: 8-9; 1 Juan 5: 19). Ha sido el invisible gobernante de muchos de los grandes reinos e imperios de la tierra. Es llamado "dios de este mundo" porque su propósito es conseguir el dominio completo del mundo y de sus habitantes; es el "dios de este mundo" porque la tierra está en gran medida bajo su dominio. Gobierna el corazón de la mayoría de sus habitantes (cf. Efe. 2: 1-2). El mundo obedece sus dictados, se rinde ante sus tentaciones, toma parte en sus impiedades y abominaciones. El es el autor y el instigador de todo pecado y de toda manifestación de él. Los que pecan voluntariamente se dice que están entregados a Satanás (1 Cor. 5: 5; cf. 1 Tim. 1: 20). Es el "dios de este mundo" debido a su dominio, aunque limitado, de las fuerzas de la naturaleza, de los elementos de la tierra, el mar y la atmósfera. 

Hablar de Satanás como del "dios de este mundo" no significa que Dios haya renunciado a su soberanía sobre el mundo. El poder de Satanás y su dominio están estrictamente limitados. El poder que tiene sólo lo ejerce por permiso de un Dios omnisapiente, y sólo mientras sea necesario para la destrucción final y eterna del pecado (1 Cor. 15: 24-28; Apoc. 12: 12). 

Entendimiento. 

La batalla entre Cristo y Satanás tiene como objetivo el entendimiento de los hombres (Rom. 7: 23, 25; 12: 2; 2 Cor. 3: 14; 11: 3; Fil. 2: 5; 4: 7-8). 

La principal obra de Satanás es cegar la mente de los hombres, oscurecerla. Lo hace manteniéndolos alejados del estudio de la Palabra de Dios, trastornando las facultades mentales mediante excesos de orden físico y moral, ocupando todo el pensamiento con los asuntos de esta vida y utilizando el orgullo y la vanagloria. 

Los incrédulos. 

Satanás no sólo es el culpable de la ceguera espiritual, también lo son quienes prefieren ser "incrédulos". Han sido llevados a la luz de la verdad de Dios, y sin embargo sus reacciones espirituales y mentales son ciegas y negativas. Les parece que las 851 grandes doctrinas fundamentales de la fe cristiana no tienen valor. Pero son responsables, pues a sabiendas se han apartado de la verdad. Tienen ojos pero no ven (Isa. 6: 9; Mat. 13: 14-15; Juan 12: 40; Rom. 11: 8-10). No ven belleza en el Siervo de Dios para que lo deseen (Isa. 53: 2). 

No les resplandezca. 

Pablo se refiere a la penetración en el alma humana de la luz del conocimiento salvador del Evangelio. 

Luz. 

Gr. fÇtismós, "iluminación", de un verbo que significa "dar luz", "iluminar". " "Brillar" " (BJ); "brille" " (NC). Compárese con fÇs, palabra que generalmente se usa para "luz" " (ver com. Juan 1: 7, 9). Aquí se usa fÇtismós para el Evangelio que puede iluminar a toda mente sincera y receptiva. A pesar de todo, muchos permanecen ciegos aun cuando la plena luz del Evangelio brilla dentro de sus mentes entenebrecidas. Son como hombres que están en una habitación oscura, y a propósito no permiten que entre la luz. Impiden que la iluminación del Evangelio ascienda y llegue al cenit en sus vidas (ver Prov. 4: 18). 

La lucha es entre la luz y las tinieblas. Lo más que puede hacer Satanás es cegar la mente de los hombres, pero nunca oscurecer la luz del Evangelio. Podrá envolver la mente humana con tinieblas y hacer que un velo cubra los ojos de unos cuantos, aunque el Evangelio ilumine a otros en su derredor. 

El reino de Satanás es un reino de tinieblas (ver Isa. 60: 2; Mat. 8: 12; Luc. 22: 53; 2 Ped. 2: 4; Jud. 6; Apoc. 16: 10), y por esa razón el diablo odia la luz del Evangelio. No se inquieta porque brille la luz de cualquier sustituto del Evangelio: la luz del conocimiento, de la cultura, de la moralidad, de la educación, de la riqueza y de la sabiduría humana. Pero todo su esfuerzo se vuelca contra la propagación de la luz del Evangelio, la única que puede salvar al hombre (Hech. 4: 12). El Evangelio es el único medio por el cual pueden descubrirse los designios diabólicos de Satanás y sus engaños, y por el cual los hombres pueden ver el camino e ir de las tinieblas a la luz. Ver com. Juan 1: 4-5, 9, 14. 

Imagen. 

Gr. eikón , "imagen", "figura", "semejanza". Esta palabra se usa en Gén. 1: 26, LXX. En el NT se halla en 1 Cor. 11: 7; Col. 1: 15; 3: 10; Heb. 10: 1. Cristo es la expresa imagen del Padre, pues el carácter, los atributos y la perfección de ambos son los mismos. Dios el Padre es como Jesús (Juan 12: 45; 14: 9; Fil. 2: 6). Adán y Eva fueron originalmente creados a esa imagen, y el propósito del plan de salvación es restaurarla en la humanidad. 

5. 
Predicamos. 

Pablo había sido acusado de ser egocéntrico en su predicación, pero niega absolutamente ese cargo. Los hombres se predican a sí mismos cuando son motivados por intereses personales, cuando buscan el aplauso de otros, cuando ambicionan exhibir sus talentos, cuando proclaman sus propias opiniones y las tradiciones y enseñanzas de los hombres antes que la Palabra de Dios y la contradicen, y cuando predican por ambición a las ganancias, por ganarse la manera de vivir o por prestigio y popularidad. 

Jesucristo como Señor. 

Ver com. Mat. 1: 1; Juan 1: 38. Predicar a Cristo significa predicar el Evangelio eterno. 

Siervos. 

Gr. doúlos, "esclavo". En otros pasajes Pablo dice que él es siervo o "esclavo" de Cristo (Rom. 1: 1; Fil. 1: 1; cf. Mat. 20: 28), y por eso no tiene derecho de enseñorearse de la heredad de Dios. 

6. 
Mandó que. . . resplandeciese la luz. 

Dios creó la luz con su palabra, con una sencilla orden (ver com. Gén. 1: 3; Sal. 33: 6, 9). Las primeras palabras de Dios que se registran hicieron aparecer la luz donde sólo había tinieblas (Gén. 1: 2). Dios no sólo creó la luz natural, sino que envió a su Hijo para que fuera "la luz del mundo" (Juan 8: 12). Toda la luz física, intelectual, moral y espiritual ha tenido su origen en el Padre de la luz (Sant. 1: 17). El "se cubre de luz como de vestidura" " (Sal. 104: 2). Dios es, por su misma naturaleza, luz (Sant, 1: 17; cf. Juan 1: 4-5). Ver com). Juan 1: 4-5, 9, 14. 

Resplandeció. 

Gr. lámpÇ , "brillar". El mismo Ser que creó el sol para que iluminara las tinieblas primitivas de este mundo, también dio la luz de la verdad para que alumbrara las mentes entenebrecidas (Sal. 119: 105). Así como la palabra que pronunció Dios trajo la luz a un mundo oscuro, así también la Palabra viviente, tal como se presenta en la Palabra escrita, ordena que la luz del cielo resplandezca en las almas entenebrecidas. Los hombres no tienen poder, capacidad ni sabiduría para producir esta luz. 

La flexión del verbo en griego sugiere que Pablo podría estarse refiriendo a determinado episodio del pasado: su propia conversión. En ese momento Pablo contempló a Cristo glorificado, y brilló sobre él luz que venía del rostro de Cristo. Posteriormente cayeron "como escamas" de sus ojos y de su mente (Hech. 9: 3-18). Por primera vez se le apareció Cristo como verdaderamente es: Salvador y Señor, y Pablo se transformo en otro hombre. Desaparecieron las tinieblas de su alma y de su mente. (Hech. 9: 17-18; 26: 16-18). 

Para iluminación. 

Según la construcción griega de este pasaje, el propósito de que Dios brille en los corazones de los hombres, es el de dar luz; es para que los hombres se familiaricen con el conocimiento de la gloria divina; y la salvación de los hombres es el propósito del conocimiento de la gloria divina . 

En la faz. 

La misma gloria que se había reflejado en el rostro de Moisés, más recientemente se había visto en el rostro de Cristo (ver com. Mat. 17: 2; Luc. 2: 48; Juan 1: 14; 2 Ped. 1: 17-18). Cristo es la revelación completa de la gloria de su Padre, la encarnación de toda la excelencia divina. Todas las otras revelaciones han sido parciales e imperfectas. Los hombres pueden ver la luz de Dios en toda su plenitud, pureza y perfección en el rostro de Jesucristo. 

Pablo reconocía la gloria de Dios en la creación y en la ley, pero ahora percibía la perfecta exhibición de la gloria divina en la faz y en la persona de Jesucristo. Esto fue lo que ganó su corazón e hizo que siempre estuviera consagrado a Dios. Sólo en Jesucristo y mediante él puede el hombre llegar a ser participante de la naturaleza divina, y de ese modo de la gloria divina. 

7. Este tesoro. 

Es decir, el "conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo" (vers. 6). En los vers. 7-18 Pablo se ocupa de la forma en que este conocimiento le ha dado el poder para soportar, como "siervo" de Dios, las casi insuperables dificultades que había enfrentado en su ministerio. Si no hubiera sido por ese conocimiento y poder, el débil vaso humano habría sucumbido (vers. 1). 

Vasos de barro. 

Gr. ostrakínos , vasijas hechas de arcilla cocida. Eran utensilios débiles y frágiles, humildes, de poca duración y de poco valor. Así es el vaso humano en contraste con el tesoro eterno de Dios. Sin embargo, el plan de Dios es hacer de ese débil vaso el receptáculo y el continente del mayor tesoro posible. Se afirma que el ministro y el creyente no son sino vasos de barro para el propósito supremo de contener el gran tesoro de Dios. Quizá Pablo estuviera pensando en la antigua práctica de guardar tesoros en grandes vasos de barro para protegerlos. 

El hombre es sólo el cofre que contiene la joya de la justicia de Cristo, que es imputada e impartida a cada creyente (ver com. Mat. 13: 45-46). El hombre está espiritualmente en estado paupérrimo, y así permanece hasta que es enriquecido por el tesoro celestial. Todos los que son redimidos por Cristo tienen ese tesoro, algunos más que otros, de acuerdo con la forma como lo reciben por fe. Para los que cruzan un desierto, el agua es de valor supremo; para los que viven en tinieblas, la luz es de valor supremo; para los que hacen frente a la muerte, la vida es de valor supremo; y para el mortal, el tesoro del Evangelio es todo eso: agua viviente, luz del mundo, vida eterna. 

De Dios. 

Los hombres se sienten inclinados a usar costosos cofres para guardar sus tesoros. Pero para la realización de su plan Dios elige con frecuencia a las personas más humildes, para que no se atribuyan el mérito a sí mismas (1 Cor. 1: 28-29). No contribuye al bien del hombre que reciba el mérito por salvarse a sí mismo o a sus prójimos. El orgullo es el mayor estorbo para la vida del ministro o del creyente. Lo importante no es el recipiente sino su contenido, y lo mismo sucede con el ministro y su mensaje. Dios podría haber comisionado a los ángeles para que hicieran la obra que ha confiado a frágiles humanos, pero no ha escogido esa forma de obrar. En la presentación del mensaje divino a los hombres procede de tal manera que se hace evidente que la obra de la redención es de Dios y no del hombre. El vaso o instrumento no tiene valor por sí mismo (cf. 2 Tim. 2: 19-20). Sólo la presencia de Dios y su poder determinan el valor de ese vaso o instrumento. La propagación del Evangelio es estorbada cuando los hombres oscurecen la obra de Dios al poner el énfasis en su propia sabiduría, habilidad o elocuencia. 

8. Atribulados en todo. 

Los vers. 8- 10 presentan cuatro contrastes que destacan por un lado la fragilidad de los vasos de barro, y por el otro la excelencia del poder de Dios a pesar de esa fragilidad. Ver com. cap. 1: 4. Cada cristiano, y particularmente el ministro cristiano, se encuentra en medio de una gran batalla: la lucha secular entre Cristo y Satanás (Efe. 6: 10-17- Apoc. 12: 7-12, 17). Por lo tanto, no puede escapar de las pruebas y tribulaciones (Juan 16: 33; Hech. 14: 22; Apoc. 7: 14). Sin embargo, el éxito que acompaña los esfuerzos del frágil instrumento humano en medio de la tribulación y la angustia demuestra la presencia del poder divino (Rom. 8: 35-39). Por esta razón, ningún hombre debe gloriarse "sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" " (Gál. 6: 14). La revelación más clara y más eficaz de Cristo se lleva a cabo en y mediante los hombres y las mujeres que triunfan por la gracia de Dios. 

Mas no angustiados. 

La alegría del indomable espíritu de Pablo ha inspirado a incontables millares de embajadores de Cristo a ser leales, valientes y decididos en medio de las incertidumbres, los chascos, las dificultades, las persecuciones y la muerte. Las circunstancias no determinan el estado de ánimo del cristiano. Resiste porque ve a su Señor invisible y es sostenido por la luz de la gracia divina (Heb. 11: 27). 

En apuros. 

Gr. aporé Ç , "estar en duda". "perplejos" " (BJ, BC, NC) corresponde mejor con el significado literal del verbo griego. Pablo se había encontrado con frecuencia en situaciones en las que, desde el punto de vista humano, no había ninguna solución; pero en tales circunstancias había aprendido a confiar en Dios y a esperar en él. 

Desesperados. 

Gr. exaporéomai, "desesperarse", no saber qué hacer. No importaba cuán difíciles fueran las circunstancias, Pablo había aprendido por experiencia propia a confiar en Dios para una solución. 

9. Perseguidos. 

Ver com. Mat. 5: 10-12; 10: 17-23; Juan 15: 20. Cada contraste sucesivo revela más plenamente la intensidad de los sufrimientos y los peligros personales. Pablo habla de estar rodeado, perseguido, capturado y derribado por fuerzas hostiles. No parecía haber un camino de escape, y la muerte era aparentemente inevitable. 

No desamparados. 

Pablo y sus colaboradores veían en medio de todas sus pruebas el cumplimiento de la promesa de Cristo de estar con ellos hasta la misma muerte y proporcionarles una vía de escape (ver 1 Cor. 10: 13; 2 Tes. 1: 4; Heb. 2: 18; 13: 5). En tiempos de pruebas y persecuciones son evidentes para el cristiano algunas verdades divinas. No importa cuán grandes sean las pruebas en las cuales el cristiano se encuentre, siempre podrá soportarlas (Deut. 33: 25; Sal. 46: 1). Ningún cristiano debe desanimarse. Aunque sea despojado de todo lo que tiene valor material, su tesoro máximo permanece a salvo, más allá del alcance de los hombres y los demonios (2 Cor. 4: 16; cf. Sal. 23: 3). Cuando todos los sufrimientos y las pruebas que acosan la vida del cristiano se soportan debidamente, sólo sirven para ponerlo en comunión más estrecha con Cristo en los sufrimientos de su Maestro (Fil. 3: 10). Es posible que Pablo sufriera más por causa de Cristo que cualquier otro cristiano. Por lo tanto entendía mejor que otros lo que significaba sufrir con Jesús. De todos los autores del NT ningún otro escribe tanto sobre la cruz y en cuanto a morir con Cristo. Para Pablo las persecuciones, las pruebas, los sacrificios y la vida misma se transformaban en episodios en los cuales se gloriaba, porque lo ponían en una comunión más estrecha con Cristo en los sufrimientos del Maestro. 

En el proceso de la perfección cristiana, los sufrimientos son importantes para los seguidores de Cristo. Los sufrimientos de Cristo constituyen, por así decirlo, el oscuro telón de fondo sobre el cual refulgió con mayor brillo su perfección de carácter (Heb. 2: 10). En toda su vida experimentó lo que era morir al yo. No hubo nada que tendiera a revelar más claramente su propio amor y el de su Padre por los pecadores. Para el cristiano las pruebas, los sufrimientos y los desengaños de la vida cristiana también constituyen un telón de fondo sobre el cual se destacan la belleza de la paciencia divina, la fragancia de un carácter semejante a Cristo, una tranquila sumisión a la voluntad de Dios y una firme confianza en la conducción divina; en esta forma la luz de Dios se refleja en el semblante del cristiano. El que viva cristianamente siempre sufrirá la hostilidad y el odio de los seguidores del príncipe de las tinieblas. Pero no es el plan de Dios que el cristiano se gloríe en sufrir debido a su culpa, ni que cause hostilidad y oposición para que se destaquen su abnegación y valor. 

Derribados. 

Gr. katabáll Ç, "echar abajo", "abatir", "derribar"; como se derrota a un hombre en combate personal. 

No destruidos. 

Vez tras vez podía parecer como que Pablo no sólo estaba abatido sino aniquilado. Admite que repetidas veces había sido derribado, pero declara enfáticamente que nunca fue destruido. 

10. Llevando en el cuerpo. 

En el cuerpo de Pablo sin duda había muchas cicatrices, las cuales eran un mudo testimonio de sus sufrimientos por Cristo. 

La muerte. 

Para Pablo esto era un morir diario, constante y real, debido a que siempre estaba expuesto a la muerte (Rom. 8: 36; 1 Cor. 15: 31; 2 Tim. 2: 11). Mediante esta figura de lenguaje Pablo expresa su íntima comunión con Cristo en los sufrimientos que continuamente debía soportar. Esto era un testimonio vital para el mundo acerca del poder del Evangelio. Los judaizantes, que escapaban de la persecución predicando un Evangelio sin vida y legalista, no podían presentar una evidencia semejante (ver Gál. 6: 12). 

También la vida de Jesús. 

Sus cicatrices eran un testimonio de cuán cerca había estado Pablo de la muerte, y el hecho de que aún viviera también era un elocuente testimonio del poder de Cristo para librarlo de la muerte. La vida de Pablo también testificaba del poder de Cristo para liberar a los hombres del pecado y de transformarlos a la semejanza divina (ver Gál. 2: 20). 

11. Nosotros que vivimos. 

Pablo amplía y confirma lo que ya ha declarado en el vers. 10. El embajador del Evangelio en aquellos días siempre estaba en peligro de perder la vida. 

Siempre. 

En la construcción del texto griego se destaca este adverbio. Pablo vivía constantemente amenazado de muerte (ver com. 1 Cor. 15: 29). 

Para que también la vida. 

El misionero cristiano continúa viviendo aunque esté siempre en peligro de muerte, porque Cristo comunica su propia vida a lo que de por sí es mortal y corruptible Juan 3: 36; 14: 6; 1 Juan 5: 11- 12). 

12. La muerte actúa. 

Pablo da un paso más en su presentación del contraste entre la vida y la muerte. Si bien es cierto que la muerte es siempre una perspectiva presente para el mensajero del Evangelio, su propósito es proporcionar vida a los que están condenados a muerte por causa del pecado. El término "vida" se usa aquí en su sentido espiritual superior. Aunque los conversos de Pablo no habían tenido la experiencia de hallarse en un combate de vida y muerte que se pudiera comparar con el del apóstol, sin embargo Dios lo había usado para que fuera un ministro de vida entre ellos. Procedente del humilde vaso de barro -la vida de Pablo- surgía el poder de Cristo para impartir nueva vida a los corintios. 

13. Espíritu de fe. 

La misma fe que se expresa en la cita del AT: "Creí, por lo cual hablé" " (Sal. 116: 10). Pablo escribe a los corintios con un profundo sentido de convicción y con la ferviente esperanza de que aceptarían su consejo. 

Está escrito. 

Es evidente que el Salmo 116 había sido sostén y consuelo del apóstol. Pablo y David habían comprobado la bondad y el amor de Dios, y por lo tanto estaban convencidos de ellos. Ambos habían experimentado pruebas, sufrimientos y liberaciones, y ambos hablaban con convicción. La proximidad de la muerte no es un impedimento para la gozosa expresión de una fe viviente. Las vidas de todos los grandes hombres y mujeres de la Biblia refulgen con este espíritu de triunfo, con esta disposición de ánimo alegre y radiante. Expresan gozosa gratitud a Dios aun en medio de pérdidas y persecuciones. Las vidas de todos los cristianos que han sentido el amor de Dios se vuelven gozosamente expresivas de ese amor y poder. Es natural y fácil que la lengua exprese lo que conoce la mente y siente el corazón. El que habla lo que no cree, es un hipócrita; y el que no da a conocer lo que cree, es un cobarde. 

14. Resucitó al Señor. 

Como Pablo ya había explicado ampliamente a los corintios (1 Cor. 15: 13-23), la resurrección de Jesús significaba una garantía absoluta de la resurrección final de todos los justos. 

Nos resucitará. 

La confiada esperanza de Pablo en la resurrección lo capacitaba para hacer frente a la muerte con calma y valor. Ya había experimentado una resurrección espiritual con Cristo (Rom. 6: 4), y esa era su seguridad del triunfo futuro sobre la muerte. Estaba seguro de la vida eterna (Rom. 8: 11; 1 Cor. 15: 12-22; 2 Tim. 4: 8). 

Con Jesús. 

Pablo se refería a la resurrección de nuestro Señor. Creía que su propia resurrección también era plenamente cierta. Jesús fue resucitado como el " "primogénito" " de una raza de redimidos (Apoc. 1: 5), lo que incluiría a todos los conversos del apóstol (1 Cor. 15: 20). Además es Cristo el que hará resucitar a los muertos en el día postrero (Juan 5: 25-29). 

Nos presentará. 

El gozo máximo para los que triunfen con Cristo quizá será su presentación ante Dios Padre. Pablo anticipa con orgullo la presentación de sus conversos a Cristo (cap. 11: 2). Las Escrituras se refieren varias veces a los cristianos como si estuvieran siendo presentados delante de Dios. Aparecen ante el tribunal de Cristo para ser defendidos y justificados (Rom. 14: 10-12; 2 Cor. 5: 10). En la cena de las bodas del Cordero serán presentados delante de Dios como la novia del Cordero (Apoc. 19: 7-9), y habitarán en su presencia (cap. 21: 3). 

Adviértase que el lenguaje de este versículo parece indicar que Pablo creía que moriría antes de que volviera su Señor y que iba a tener parte en la resurrección. 

15. Todas estas cosas. 

Es decir, todas las cosas que Pablo había sufrido como embajador de Cristo (vers. 7-12). Compárese con 1 Cor. 3: 22-23; 2 Tim. 2: 10. 

Abundando la gracia. 

La gracia de Dios que hace posible la salvación y la redención del pecador Juan 1: 14, 16-17; Hech. 20: 24, 32; Rom. 4: 16; 5: 20; etc.). 

Por medio de muchos, la acción de gracias. 

Pablo previó que aumentaría la gloria que se le daría a Dios, pues cuanto más fueran las personas que llevara a Cristo por medio de su ministerio, tanto más serían los que dieran gloria al santo nombre de Dios (cf cap. 9: 11-12). La lluvia hace producir los frutos de la tierra, y así también la abundante gracia de Dios induce a los hombres a que respondan con agradecimiento (cf. Efe. 2: 6-8). Esta respuesta se produce como el reconocimiento espontáneo de la bondad, la misericordia, el amor y el poder de Dios. El hecho de que se dé gracias y se alabe a Dios, indica que se ha restaurado la relación correcta entre Dios y el hombre; éste es el principal propósito del Evangelio. 

16. Por tanto. 

La perspectiva de la gloria y del gozo futuros era lo que inducía a Pablo a hacer frente con serenidad y paciencia a las pruebas y las tribulaciones que había en su ministerio (cf. Heb. 12: 2). Los embajadores del Evangelio soportan las vicisitudes de esta tierra porque diariamente viven "como viendo al Invisible" " (Heb. 11: 27). Tienen tanta confianza en las glorias del futuro, que todas las vicisitudes de esta vida sencillamente les inspiran más esperanza, gozo y fidelidad. 

Hombre exterior. 

Es decir, el cuerpo, la parte visible del hombre que decae debido al desgaste de los años. El hombre "interior" " significa la naturaleza espiritual y regenerada del hombre, la cual es renovada diariamente por el Espíritu de Dios (Rom. 7: 22; Efe. 3: 16; 4: 24; Col. 3: 9-10; 1 Ped. 3: 4). El proceso de renovación avanza sin cesar y mantiene al hombre unido con Dios. Pablo con frecuencia se refiere a esa renovación (Rom. 12: 2; Efe. 4: 23; Tito 3: 5). Un aspecto de la obra del Espíritu Santo es la renovación del creyente, cuya vida espiritual, energía, valor y fe se vigorizan continuamente. 

La obra de renovación diaria del Espíritu en la vida es lo que produce la restauración completa de la imagen de Dios en el alma humana. De modo que aunque el hombre exterior envejezca y decaiga con los años, el hombre interior continúa creciendo en gracia mientras dure la vida. Pablo podía considerar con tranquilidad las pruebas de la vida, el veloz transcurrir del tiempo, el envejecimiento, el dolor y el sufrimiento y aun la muerte. El Espíritu Santo le proporcionaba al mismo tiempo la seguridad de la inmortalidad, una dádiva que recibiría en el día de la resurrección (2 Tim. 4: 8). 

Cada cristiano necesita esta renovación diaria para que su relación con Dios no se convierta en algo insensible y formal. La renovación espiritual proporciona nueva luz de la Palabra de Dios, nuevas experiencias obtenidas de la gracia para compartir con otros, nueva limpieza del corazón y de la mente. Pero, por contraste, el que no ha sido regenerado por lo general está ansioso por las cosas que atañen al hombre exterior: qué comer, con qué vestirse y cómo entretenerse, Ver com. Mat. 6: 24-34. 

17. Leve tribulación. 

Este versículo con sus paradojas superlativas es uno de los pasajes más enfáticos de todos los escritos de Pablo. El apóstol contrasta las cosas del presente con las cosas venideras, las del tiempo con las de la eternidad, la aflicción con la gloria. 

Momentánea. 

Lo momentáneo no es nada en comparación con la eternidad. Con la perspectiva de la eternidad frente a sí, bien puede el cristiano soportar cualquier aflicción momentánea. 

Pocos han sufrido tanto por Cristo como Pablo (cap. 11: 23-30). La aflicción lo perseguía en todo momento por dondequiera que iba. Sus aflicciones eran sin duda difíciles de soportar. Pero cuando las comparaba con los goces de la eternidad y la gloria del más allá, no eran sino "momentáneas". Cf. Rom. 8: 18; Fil. 1: 29; Heb. 2: 9-10. 

Cada vez más excelente. 

Para Pablo las palabras "eterno peso de gloria" son completamente insuficientes para expresar el contraste que ve entre las aflicciones temporales y la bienaventuranza de la eternidad, y añade 856 todavía otro superlativo (cf. 1 Juan 3: 1), un modismo griego que quizá él mismo acuñó. Compárese con otras expresiones superlativas usadas por Pablo en Rom. 7: 13; 1 Cor. 12: 31; 2 Cor. 1: 8; Gál. 1: 13. 

La aflicción contribuye a la gloria eterna al purificar, refinar y elevar el carácter (Sal. 94: 12; Isa. 48: 10; Heb. 12: 5- 11; Sant. 1: 2-4, 12; 1 Ped. 1: 7). La aflicción desarrolla la confianza en Dios y la dependencia de él (Sal. 34: 19; Isa. 63: 9; Ose. 5: 15; Jon. 2: 2). La aflicción ejerce una influencia suavizadora sobre el corazón y la mente; abate el orgullo, subyuga el yo y es con frecuencia el medio para que la voluntad del creyente esté en una armonía completa con la voluntad de Dios; pone en prueba la fe del creyente y la autenticidad de su profesión como cristiano (Job 23: 10; Sal. 66: 10); da ocasión para que se ejercite y perfeccione la fe, la cual se fortalece por medio del ejercicio; ayuda al creyente a ver las cosas en su verdadera perspectiva y a poner primero las cosas de más valor. Por todo esto la aflicción crea en el cristiano una idoneidad para la gloria futura. Cuando se eliminan los propósitos terrenales mediante la disciplina del sufrimiento, es más fácil que el cristiano fije su corazón en las cosas celestiales (Col. 3: 1-2; 2 Tim. 4: 5). Esa disciplina demuestra la ineficacia de la sabiduría humana, pues coloca al creyente en situaciones difíciles donde se ponen de manifiesto su impotencia y su necesidad de Dios (Sal. 107: 39). Santifica las relaciones humanas. El dolor, las pruebas y los sufrimientos nos capacitan más que cualquier otra circunstancia para comprender a nuestros prójimos y tener sentimientos de bondad hacia ellos. 

Gloria. 

Gr. dóxa (ver com. Juan 1: 14; Rom. 3: 23). 

18. No mirando nosotros. 

Pablo explica ahora cómo es posible que veamos las aflicciones de esta vida en su verdadera perspectiva y las cataloguemos como de consecuencias sólo transitorias. La mirada del apóstol estaba fija en las glorias del reino eterno (cf. Heb. 12: 2). Cualquier cosa que capture nuestra atención determinará cómo enfrentaremos las pruebas: si con esperanza y paciencia, o con disgusto y amargura. Lo primero se alcanza contemplando las cosas invisibles del mundo eterno (Fil. 4: 8), las realidades espirituales de Cristo; lo segundo es una directa consecuencia de contemplar las cosas visibles y transitorias, como las riquezas, los placeres y la fama (ver com. Mat. 6: 24-34). si fijamos la mente en el carácter y en la vida de Cristo, llegaremos a ser semejantes a él (cf. Heb. 11: 10, 26-27, 39-40; 1 Ped. 1: 11). 


CBA T6

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