1. Este ministerio.
Es decir, el ministerio del
"nuevo pacto" por el cual los hombres son liberados de la servidumbre a la
"letra" de la ley (ver com. cap. 3: 6, 17), y reciben los principios de ella que
quedan grabados en el corazón (vers. 3). Este ministerio del "espíritu" (vers.
6), de "justificación" por la fe (vers. 9), del "nuevo pacto" (vers. 6), de la
verdadera "libertad" (vers. 17), restaura al creyente a la semejanza de Cristo.
Este glorioso ministerio siempre sostiene a sus adeptos y a sus embajadores a
través de cada prueba y de sufrimiento, y esas pruebas y esos sufrimientos aun
redundan para la gloria de Dios.
No desmayamos.
Gr. egkakéÇ ,
"estar fatigado", "desanimarse", "descorazonarse". Pablo tenía plena confianza
en la integridad y en el valor de su mensaje, y Dios había bendecido grandemente
su ministerio. El era completamente indigno. Había sido perseguidor y blasfemo.
Se consideraba el "primero" de to dos los pecadores (1 Tim. 1: 15); pero había
recibido "misericordia". Su ordenación como ministro del Evangelio la debía
enteramente a la gracia de Dios ( 1 Cor. 7: 25; 15: 9-10. Gál. 1: 15-16; 1 Tim.
1: 12-16). Nada subyuga tanto el orgullo, la fatuidad y la confianza propia como
una sincera mirada hacia atrás en nuestra propia vida. La conversión de Pablo y
la obra que le había sido confiada en el ministerio evangélico se debían a la
misericordia divina (1 Tim. 1: 13- 14).
2. Renunciamos.
Este pretérito (aoristo) indica hacer algo
"de una vez por todas". Cuando Pablo se convirtió, renuncio a toda conducta que
no concordara con la fe que acababa de abrazar, y al recibir su misión como
ministro del Evangelio abandonó los métodos dudoso que sus adversarios empicaban
sin escrúpulos.
Vergonzoso.
El ministerio cristiano exige una
vida y mi carácter puros. La obra de tiró dirigente espiritual termina en el
mismo momento en que se comienza a sospechar que en su vida hay ciertas práticas
que no pueden soportar ser examinadas. El primer requisito de un verdadero
ministro es que renuncie completamente a todas las cosas que podrían traer
oprobio a la causa de Dios. La verdadera religión es un camino de luz, nunca de
tinieblas (Rom. 13: 12; 1 Cor. 4: 5; Efe, 5: 8: cf 1 Juan 1: 5), pues depende no
sólo de cada acto sitio aun más: del motivo que lo impulsa.
No andando
con astucia.
No engañando. El anhelo de Pablo era ser lo que aparentaba
ser (cf. Luc. 20: 23). Sus adversarios recurrían a cualquier engaño con tal de
lograr sus propósitos.
Ni adulterando.
Pablo proclamaba toda la
verdad, sin adulterarla. Adulterar la Palabra de Dios significa predicar
opiniones personales como si tuvieran la sanción de las Escrituras, sacar textos
de su contexto, sustituir un "Así dice Jehová" por tradiciones humana,
desvirtuar mediante sutiles explicaciones el significado de las Escrituras con
el fin de excusar el pecado, interpretar sus enseñanzas literales en una forma
mística o simbólica para invalidar su fuerza, o presentar una mezcla de error
con verdad (ver 2 Cor. 11: 3: 12: 16; Efe. 4: 14; 1 Tes. 2: 3-4).
Manifestación.
En esta epístola aparecen repetidas veces
diferentes formas del verbo "manifestar" (cap. 2: 14; 3: 3; 4: 10; 5; 11; 11: 6;
etc.). Manifestación es lo opuesto a ocultamiento o astucia. Todo lo que la
verdad requiere es una declaración sencilla y clara. No debe permitirse que nada
oscurezca esta clara manifestación en el ministro o en el que dice que es
cristiano.
Recomendándonos.
Los adversarios de Corinto habían
tildado a Pablo de ser un falso apóstol (ver com. cap. 3: 1). El procede ahora a
defender su apostolado presentando, ciertos aspectos de su vida y de su
ministerio que debieran recomendarlo ante ellos como un apóstol genuino.
Conciencia.
En cuanto a la importancia que daba Pablo a una
clara conciencia. ver com. Hech. 23: 1. Pablo atribuía a cada hombre la
capacidad de juzgar moralmente y tener un conocimiento intimo de la ley moral
(ver Rom. 2: 13-15). La "manifestación" que Pablo hacia de la verdad no sólo
hallada eco en el intelecto humano, sino también en la conciencia de los hombres
(cf. Juan 8: 9; Rom. 2: 15). 850
Delante de Dios.
Dios conocía
la integridad del corazón de Pablo y éste recurría al testimonio de Dios en
cuanto a la verdad de lo que estaba escribiendo.
3. Está aún encubierto.
O "es velado"; "está velado" (BJ);
"queda velado" (BC). Pablo alude al velo del cap. 3 (vers. 13- 16). La situación
en los días de Pablo era la misma de la de los días de Moisés: la verdad aún
permanecía oculta para muchos. Esa circunstancia no se debía a falta de claridad
en el Evangelio, sino a la forma como era recibido en la mente y en el corazón
de los que lo escuchaban.
Se pierden.
O "se están perdiendo".
Pablo sin duda pensaba en la minoría de los corintios que persistían en seguir a
los falsos apóstoles que había entre ellos. Aún podían arrepentirse, pero
mientras el Evangelio estuviera velado para ellos, permanecerían perdidos. Para
ellos la salvación sólo sería posible cuando se quitaran el "velo" (ver Mat. 18:
11; Luc. 15: 4, 6, 24, 31-32; 19: 10).
El hombre no puede ser luz para
sí mismo, pero puede rodearse de tinieblas si cierra los ojos a la luz. La luz
del sol está velada para el ciego, no importa cuánto brille el sol. Pablo habla
de los que resistían la luz del Evangelio debido a sus tinieblas interiores, de
las cuales ellos mismos eran responsables (ver com. Ose. 4: 6). Hay ciertas
condiciones que pueden velar o encubrir el poder salvador del Evangelio. Por
ejemplo, en la iglesia de Corintos el espíritu de bandos, las rivalidades, las
disputas, la inmoralidad, el orgullo y el egoísmo de las vidas de algunos,
ocultaban el Evangelio para ellos. El Evangelio puro es aceptado por las mentes
y los corazones abiertos (Juan 8: 47; 1 Juan 4: 6).
La indiferencia por
las cosas espirituales y la preocupación por las que no lo son también cierran
el velo (ver Luc. 21: 34; com. Mat. 6: 24-34). Las ocupaciones seculares que son
buenas pueden absorber a una persona en tal forma que no le queda tiempo para la
luz celestial ni deseo por ella. Los seres humanos no rechazan la verdad por
falta de pruebas, pues en realidad, creen mil cosas con muchas menos pruebas.
Rechazan la verdad porque los condena, reprende sus pecados y perturba su
conciencia.
4. Dios de este siglo.
Es decir, Satanás. "Dios de este mundo" (BJ). Pablo explica por qué el
glorioso Evangelio está velado u oculto para muchos. Satanás es un ser personal
(ver com. Mat. 4: 1), y es imperativo que lo reconozcamos cuando se presenta en
cualquier forma o por cualquier medio. El título "dios de este mundo" es una
alusión al intento de Satanás de usurpar la soberanía que Dios tiene sobre este
mundo. El diablo ambiciona ser el dios definitivo de este mundo (Mat. 4: 8-9; 1
Juan 5: 19). Ha sido el invisible gobernante de muchos de los grandes reinos e
imperios de la tierra. Es llamado "dios de este mundo" porque su propósito es
conseguir el dominio completo del mundo y de sus habitantes; es el "dios de este
mundo" porque la tierra está en gran medida bajo su dominio. Gobierna el corazón
de la mayoría de sus habitantes (cf. Efe. 2: 1-2). El mundo obedece sus
dictados, se rinde ante sus tentaciones, toma parte en sus impiedades y
abominaciones. El es el autor y el instigador de todo pecado y de toda
manifestación de él. Los que pecan voluntariamente se dice que están entregados
a Satanás (1 Cor. 5: 5; cf. 1 Tim. 1: 20). Es el "dios de este mundo" debido a
su dominio, aunque limitado, de las fuerzas de la naturaleza, de los elementos
de la tierra, el mar y la atmósfera.
Hablar de Satanás como del "dios de
este mundo" no significa que Dios haya renunciado a su soberanía sobre el mundo.
El poder de Satanás y su dominio están estrictamente limitados. El poder que
tiene sólo lo ejerce por permiso de un Dios omnisapiente, y sólo mientras sea
necesario para la destrucción final y eterna del pecado (1 Cor. 15: 24-28; Apoc.
12: 12).
Entendimiento.
La batalla entre Cristo y Satanás tiene
como objetivo el entendimiento de los hombres (Rom. 7: 23, 25; 12: 2; 2 Cor. 3:
14; 11: 3; Fil. 2: 5; 4: 7-8).
La principal obra de Satanás es cegar la
mente de los hombres, oscurecerla. Lo hace manteniéndolos alejados del estudio
de la Palabra de Dios, trastornando las facultades mentales mediante excesos de
orden físico y moral, ocupando todo el pensamiento con los asuntos de esta vida
y utilizando el orgullo y la vanagloria.
Los incrédulos.
Satanás
no sólo es el culpable de la ceguera espiritual, también lo son quienes
prefieren ser "incrédulos". Han sido llevados a la luz de la verdad de Dios, y
sin embargo sus reacciones espirituales y mentales son ciegas y negativas. Les
parece que las 851 grandes doctrinas fundamentales de la fe cristiana no tienen
valor. Pero son responsables, pues a sabiendas se han apartado de la verdad.
Tienen ojos pero no ven (Isa. 6: 9; Mat. 13: 14-15; Juan 12: 40; Rom. 11: 8-10).
No ven belleza en el Siervo de Dios para que lo deseen (Isa. 53: 2).
No
les resplandezca.
Pablo se refiere a la penetración en el alma humana de
la luz del conocimiento salvador del Evangelio.
Luz.
Gr.
fÇtismós, "iluminación", de un verbo que significa "dar luz", "iluminar". "
"Brillar" " (BJ); "brille" " (NC). Compárese con fÇs, palabra que generalmente
se usa para "luz" " (ver com. Juan 1: 7, 9). Aquí se usa fÇtismós para el
Evangelio que puede iluminar a toda mente sincera y receptiva. A pesar de todo,
muchos permanecen ciegos aun cuando la plena luz del Evangelio brilla dentro de
sus mentes entenebrecidas. Son como hombres que están en una habitación oscura,
y a propósito no permiten que entre la luz. Impiden que la iluminación del
Evangelio ascienda y llegue al cenit en sus vidas (ver Prov. 4: 18).
La
lucha es entre la luz y las tinieblas. Lo más que puede hacer Satanás es cegar
la mente de los hombres, pero nunca oscurecer la luz del Evangelio. Podrá
envolver la mente humana con tinieblas y hacer que un velo cubra los ojos de
unos cuantos, aunque el Evangelio ilumine a otros en su derredor.
El
reino de Satanás es un reino de tinieblas (ver Isa. 60: 2; Mat. 8: 12; Luc. 22:
53; 2 Ped. 2: 4; Jud. 6; Apoc. 16: 10), y por esa razón el diablo odia la luz
del Evangelio. No se inquieta porque brille la luz de cualquier sustituto del
Evangelio: la luz del conocimiento, de la cultura, de la moralidad, de la
educación, de la riqueza y de la sabiduría humana. Pero todo su esfuerzo se
vuelca contra la propagación de la luz del Evangelio, la única que puede salvar
al hombre (Hech. 4: 12). El Evangelio es el único medio por el cual pueden
descubrirse los designios diabólicos de Satanás y sus engaños, y por el cual los
hombres pueden ver el camino e ir de las tinieblas a la luz. Ver com. Juan 1:
4-5, 9, 14.
Imagen.
Gr. eikón , "imagen", "figura", "semejanza".
Esta palabra se usa en Gén. 1: 26, LXX. En el NT se halla en 1 Cor. 11: 7; Col.
1: 15; 3: 10; Heb. 10: 1. Cristo es la expresa imagen del Padre, pues el
carácter, los atributos y la perfección de ambos son los mismos. Dios el Padre
es como Jesús (Juan 12: 45; 14: 9; Fil. 2: 6). Adán y Eva fueron originalmente
creados a esa imagen, y el propósito del plan de salvación es restaurarla en la
humanidad.
5.
Predicamos.
Pablo
había sido acusado de ser egocéntrico en su predicación, pero niega
absolutamente ese cargo. Los hombres se predican a sí mismos cuando son
motivados por intereses personales, cuando buscan el aplauso de otros, cuando
ambicionan exhibir sus talentos, cuando proclaman sus propias opiniones y las
tradiciones y enseñanzas de los hombres antes que la Palabra de Dios y la
contradicen, y cuando predican por ambición a las ganancias, por ganarse la
manera de vivir o por prestigio y popularidad.
Jesucristo como Señor.
Ver com. Mat. 1: 1; Juan 1: 38. Predicar a Cristo significa predicar el
Evangelio eterno.
Siervos.
Gr. doúlos, "esclavo". En otros
pasajes Pablo dice que él es siervo o "esclavo" de Cristo (Rom. 1: 1; Fil. 1: 1;
cf. Mat. 20: 28), y por eso no tiene derecho de enseñorearse de la heredad de
Dios.
6.
Mandó que. . . resplandeciese la
luz.
Dios creó la luz con su palabra, con una sencilla orden (ver com.
Gén. 1: 3; Sal. 33: 6, 9). Las primeras palabras de Dios que se registran
hicieron aparecer la luz donde sólo había tinieblas (Gén. 1: 2). Dios no sólo
creó la luz natural, sino que envió a su Hijo para que fuera "la luz del mundo"
(Juan 8: 12). Toda la luz física, intelectual, moral y espiritual ha tenido su
origen en el Padre de la luz (Sant. 1: 17). El "se cubre de luz como de
vestidura" " (Sal. 104: 2). Dios es, por su misma naturaleza, luz (Sant, 1: 17;
cf. Juan 1: 4-5). Ver com). Juan 1: 4-5, 9, 14.
Resplandeció.
Gr. lámpÇ , "brillar". El mismo Ser que creó el sol para que iluminara
las tinieblas primitivas de este mundo, también dio la luz de la verdad para que
alumbrara las mentes entenebrecidas (Sal. 119: 105). Así como la palabra que
pronunció Dios trajo la luz a un mundo oscuro, así también la Palabra viviente,
tal como se presenta en la Palabra escrita, ordena que la luz del cielo
resplandezca en las almas entenebrecidas. Los hombres no tienen poder, capacidad
ni sabiduría para producir esta luz.
La flexión del verbo en griego
sugiere que Pablo podría estarse refiriendo a determinado episodio del pasado:
su propia conversión. En ese momento Pablo contempló a Cristo glorificado, y
brilló sobre él luz que venía del rostro de Cristo. Posteriormente cayeron "como
escamas" de sus ojos y de su mente (Hech. 9: 3-18). Por primera vez se le
apareció Cristo como verdaderamente es: Salvador y Señor, y Pablo se transformo
en otro hombre. Desaparecieron las tinieblas de su alma y de su mente. (Hech. 9:
17-18; 26: 16-18).
Para iluminación.
Según la construcción
griega de este pasaje, el propósito de que Dios brille en los corazones de los
hombres, es el de dar luz; es para que los hombres se familiaricen con el
conocimiento de la gloria divina; y la salvación de los hombres es el propósito
del conocimiento de la gloria divina .
En la faz.
La misma
gloria que se había reflejado en el rostro de Moisés, más recientemente se había
visto en el rostro de Cristo (ver com. Mat. 17: 2; Luc. 2: 48; Juan 1: 14; 2
Ped. 1: 17-18). Cristo es la revelación completa de la gloria de su Padre, la
encarnación de toda la excelencia divina. Todas las otras revelaciones han sido
parciales e imperfectas. Los hombres pueden ver la luz de Dios en toda su
plenitud, pureza y perfección en el rostro de Jesucristo.
Pablo
reconocía la gloria de Dios en la creación y en la ley, pero ahora percibía la
perfecta exhibición de la gloria divina en la faz y en la persona de Jesucristo.
Esto fue lo que ganó su corazón e hizo que siempre estuviera consagrado a Dios.
Sólo en Jesucristo y mediante él puede el hombre llegar a ser participante de la
naturaleza divina, y de ese modo de la gloria divina.
7. Este tesoro.
Es decir, el "conocimiento de la gloria de
Dios en la faz de Jesucristo" (vers. 6). En los vers. 7-18 Pablo se ocupa de la
forma en que este conocimiento le ha dado el poder para soportar, como "siervo"
de Dios, las casi insuperables dificultades que había enfrentado en su
ministerio. Si no hubiera sido por ese conocimiento y poder, el débil vaso
humano habría sucumbido (vers. 1).
Vasos de barro.
Gr.
ostrakínos , vasijas hechas de arcilla cocida. Eran utensilios débiles y
frágiles, humildes, de poca duración y de poco valor. Así es el vaso humano en
contraste con el tesoro eterno de Dios. Sin embargo, el plan de Dios es hacer de
ese débil vaso el receptáculo y el continente del mayor tesoro posible. Se
afirma que el ministro y el creyente no son sino vasos de barro para el
propósito supremo de contener el gran tesoro de Dios. Quizá Pablo estuviera
pensando en la antigua práctica de guardar tesoros en grandes vasos de barro
para protegerlos.
El hombre es sólo el cofre que contiene la joya de la
justicia de Cristo, que es imputada e impartida a cada creyente (ver com. Mat.
13: 45-46). El hombre está espiritualmente en estado paupérrimo, y así permanece
hasta que es enriquecido por el tesoro celestial. Todos los que son redimidos
por Cristo tienen ese tesoro, algunos más que otros, de acuerdo con la forma
como lo reciben por fe. Para los que cruzan un desierto, el agua es de valor
supremo; para los que viven en tinieblas, la luz es de valor supremo; para los
que hacen frente a la muerte, la vida es de valor supremo; y para el mortal, el
tesoro del Evangelio es todo eso: agua viviente, luz del mundo, vida eterna.
De Dios.
Los hombres se sienten inclinados a usar costosos
cofres para guardar sus tesoros. Pero para la realización de su plan Dios elige
con frecuencia a las personas más humildes, para que no se atribuyan el mérito a
sí mismas (1 Cor. 1: 28-29). No contribuye al bien del hombre que reciba el
mérito por salvarse a sí mismo o a sus prójimos. El orgullo es el mayor estorbo
para la vida del ministro o del creyente. Lo importante no es el recipiente sino
su contenido, y lo mismo sucede con el ministro y su mensaje. Dios podría haber
comisionado a los ángeles para que hicieran la obra que ha confiado a frágiles
humanos, pero no ha escogido esa forma de obrar. En la presentación del mensaje
divino a los hombres procede de tal manera que se hace evidente que la obra de
la redención es de Dios y no del hombre. El vaso o instrumento no tiene valor
por sí mismo (cf. 2 Tim. 2: 19-20). Sólo la presencia de Dios y su poder
determinan el valor de ese vaso o instrumento. La propagación del Evangelio es
estorbada cuando los hombres oscurecen la obra de Dios al poner el énfasis en su
propia sabiduría, habilidad o elocuencia.
8. Atribulados en todo.
Los vers. 8- 10 presentan cuatro
contrastes que destacan por un lado la fragilidad de los vasos de barro, y por
el otro la excelencia del poder de Dios a pesar de esa fragilidad. Ver com. cap.
1: 4. Cada cristiano, y particularmente el ministro cristiano, se encuentra en
medio de una gran batalla: la lucha secular entre Cristo y Satanás (Efe. 6:
10-17- Apoc. 12: 7-12, 17). Por lo tanto, no puede escapar de las pruebas y
tribulaciones (Juan 16: 33; Hech. 14: 22; Apoc. 7: 14). Sin embargo, el éxito
que acompaña los esfuerzos del frágil instrumento humano en medio de la
tribulación y la angustia demuestra la presencia del poder divino (Rom. 8:
35-39). Por esta razón, ningún hombre debe gloriarse "sino en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo" " (Gál. 6: 14). La revelación más clara y más eficaz de Cristo
se lleva a cabo en y mediante los hombres y las mujeres que triunfan por la
gracia de Dios.
Mas no angustiados.
La alegría del indomable
espíritu de Pablo ha inspirado a incontables millares de embajadores de Cristo a
ser leales, valientes y decididos en medio de las incertidumbres, los chascos,
las dificultades, las persecuciones y la muerte. Las circunstancias no
determinan el estado de ánimo del cristiano. Resiste porque ve a su Señor
invisible y es sostenido por la luz de la gracia divina (Heb. 11: 27).
En apuros.
Gr. aporé Ç , "estar en duda". "perplejos" " (BJ, BC,
NC) corresponde mejor con el significado literal del verbo griego. Pablo se
había encontrado con frecuencia en situaciones en las que, desde el punto de
vista humano, no había ninguna solución; pero en tales circunstancias había
aprendido a confiar en Dios y a esperar en él.
Desesperados.
Gr.
exaporéomai, "desesperarse", no saber qué hacer. No importaba cuán difíciles
fueran las circunstancias, Pablo había aprendido por experiencia propia a
confiar en Dios para una solución.
9. Perseguidos.
Ver com. Mat. 5: 10-12; 10: 17-23; Juan
15: 20. Cada contraste sucesivo revela más plenamente la intensidad de los
sufrimientos y los peligros personales. Pablo habla de estar rodeado,
perseguido, capturado y derribado por fuerzas hostiles. No parecía haber un
camino de escape, y la muerte era aparentemente inevitable.
No
desamparados.
Pablo y sus colaboradores veían en medio de todas sus
pruebas el cumplimiento de la promesa de Cristo de estar con ellos hasta la
misma muerte y proporcionarles una vía de escape (ver 1 Cor. 10: 13; 2 Tes. 1:
4; Heb. 2: 18; 13: 5). En tiempos de pruebas y persecuciones son evidentes para
el cristiano algunas verdades divinas. No importa cuán grandes sean las pruebas
en las cuales el cristiano se encuentre, siempre podrá soportarlas (Deut. 33:
25; Sal. 46: 1). Ningún cristiano debe desanimarse. Aunque sea despojado de todo
lo que tiene valor material, su tesoro máximo permanece a salvo, más allá del
alcance de los hombres y los demonios (2 Cor. 4: 16; cf. Sal. 23: 3). Cuando
todos los sufrimientos y las pruebas que acosan la vida del cristiano se
soportan debidamente, sólo sirven para ponerlo en comunión más estrecha con
Cristo en los sufrimientos de su Maestro (Fil. 3: 10). Es posible que Pablo
sufriera más por causa de Cristo que cualquier otro cristiano. Por lo tanto
entendía mejor que otros lo que significaba sufrir con Jesús. De todos los
autores del NT ningún otro escribe tanto sobre la cruz y en cuanto a morir con
Cristo. Para Pablo las persecuciones, las pruebas, los sacrificios y la vida
misma se transformaban en episodios en los cuales se gloriaba, porque lo ponían
en una comunión más estrecha con Cristo en los sufrimientos del Maestro.
En el proceso de la perfección cristiana, los sufrimientos son
importantes para los seguidores de Cristo. Los sufrimientos de Cristo
constituyen, por así decirlo, el oscuro telón de fondo sobre el cual refulgió
con mayor brillo su perfección de carácter (Heb. 2: 10). En toda su vida
experimentó lo que era morir al yo. No hubo nada que tendiera a revelar más
claramente su propio amor y el de su Padre por los pecadores. Para el cristiano
las pruebas, los sufrimientos y los desengaños de la vida cristiana también
constituyen un telón de fondo sobre el cual se destacan la belleza de la
paciencia divina, la fragancia de un carácter semejante a Cristo, una tranquila
sumisión a la voluntad de Dios y una firme confianza en la conducción divina; en
esta forma la luz de Dios se refleja en el semblante del cristiano. El que viva
cristianamente siempre sufrirá la hostilidad y el odio de los seguidores del
príncipe de las tinieblas. Pero no es el plan de Dios que el cristiano se gloríe
en sufrir debido a su culpa, ni que cause hostilidad y oposición para que se
destaquen su abnegación y valor.
Derribados.
Gr. katabáll Ç,
"echar abajo", "abatir", "derribar"; como se derrota a un hombre en combate
personal.
No destruidos.
Vez tras vez podía parecer como que
Pablo no sólo estaba abatido sino aniquilado. Admite que repetidas veces había
sido derribado, pero declara enfáticamente que nunca fue destruido.
10. Llevando en el cuerpo.
En el
cuerpo de Pablo sin duda había muchas cicatrices, las cuales eran un mudo
testimonio de sus sufrimientos por Cristo.
La muerte.
Para Pablo
esto era un morir diario, constante y real, debido a que siempre estaba expuesto
a la muerte (Rom. 8: 36; 1 Cor. 15: 31; 2 Tim. 2: 11). Mediante esta figura de
lenguaje Pablo expresa su íntima comunión con Cristo en los sufrimientos que
continuamente debía soportar. Esto era un testimonio vital para el mundo acerca
del poder del Evangelio. Los judaizantes, que escapaban de la persecución
predicando un Evangelio sin vida y legalista, no podían presentar una evidencia
semejante (ver Gál. 6: 12).
También la vida de Jesús.
Sus
cicatrices eran un testimonio de cuán cerca había estado Pablo de la muerte, y
el hecho de que aún viviera también era un elocuente testimonio del poder de
Cristo para librarlo de la muerte. La vida de Pablo también testificaba del
poder de Cristo para liberar a los hombres del pecado y de transformarlos a la
semejanza divina (ver Gál. 2: 20).
11. Nosotros que vivimos.
Pablo amplía y confirma lo que ya
ha declarado en el vers. 10. El embajador del Evangelio en aquellos días siempre
estaba en peligro de perder la vida.
Siempre.
En la construcción
del texto griego se destaca este adverbio. Pablo vivía constantemente amenazado
de muerte (ver com. 1 Cor. 15: 29).
Para que también la vida.
El
misionero cristiano continúa viviendo aunque esté siempre en peligro de muerte,
porque Cristo comunica su propia vida a lo que de por sí es mortal y corruptible
Juan 3: 36; 14: 6; 1 Juan 5: 11- 12).
12. La muerte actúa.
Pablo da un paso más en su
presentación del contraste entre la vida y la muerte. Si bien es cierto que la
muerte es siempre una perspectiva presente para el mensajero del Evangelio, su
propósito es proporcionar vida a los que están condenados a muerte por causa del
pecado. El término "vida" se usa aquí en su sentido espiritual superior. Aunque
los conversos de Pablo no habían tenido la experiencia de hallarse en un combate
de vida y muerte que se pudiera comparar con el del apóstol, sin embargo Dios lo
había usado para que fuera un ministro de vida entre ellos. Procedente del
humilde vaso de barro -la vida de Pablo- surgía el poder de Cristo para impartir
nueva vida a los corintios.
13. Espíritu de
fe.
La misma fe que se expresa en la cita del AT: "Creí, por lo cual
hablé" " (Sal. 116: 10). Pablo escribe a los corintios con un profundo sentido
de convicción y con la ferviente esperanza de que aceptarían su consejo.
Está escrito.
Es evidente que el Salmo 116 había sido sostén y
consuelo del apóstol. Pablo y David habían comprobado la bondad y el amor de
Dios, y por lo tanto estaban convencidos de ellos. Ambos habían experimentado
pruebas, sufrimientos y liberaciones, y ambos hablaban con convicción. La
proximidad de la muerte no es un impedimento para la gozosa expresión de una fe
viviente. Las vidas de todos los grandes hombres y mujeres de la Biblia refulgen
con este espíritu de triunfo, con esta disposición de ánimo alegre y radiante.
Expresan gozosa gratitud a Dios aun en medio de pérdidas y persecuciones. Las
vidas de todos los cristianos que han sentido el amor de Dios se vuelven
gozosamente expresivas de ese amor y poder. Es natural y fácil que la lengua
exprese lo que conoce la mente y siente el corazón. El que habla lo que no cree,
es un hipócrita; y el que no da a conocer lo que cree, es un cobarde.
14. Resucitó al Señor.
Como Pablo
ya había explicado ampliamente a los corintios (1 Cor. 15: 13-23), la
resurrección de Jesús significaba una garantía absoluta de la resurrección final
de todos los justos.
Nos resucitará.
La confiada esperanza de
Pablo en la resurrección lo capacitaba para hacer frente a la muerte con calma y
valor. Ya había experimentado una resurrección espiritual con Cristo (Rom. 6:
4), y esa era su seguridad del triunfo futuro sobre la muerte. Estaba seguro de
la vida eterna (Rom. 8: 11; 1 Cor. 15: 12-22; 2 Tim. 4: 8).
Con Jesús.
Pablo se refería a la resurrección de nuestro Señor. Creía que su propia
resurrección también era plenamente cierta. Jesús fue resucitado como el "
"primogénito" " de una raza de redimidos (Apoc. 1: 5), lo que incluiría a todos
los conversos del apóstol (1 Cor. 15: 20). Además es Cristo el que hará
resucitar a los muertos en el día postrero (Juan 5: 25-29).
Nos
presentará.
El gozo máximo para los que triunfen con Cristo quizá será
su presentación ante Dios Padre. Pablo anticipa con orgullo la presentación de
sus conversos a Cristo (cap. 11: 2). Las Escrituras se refieren varias veces a
los cristianos como si estuvieran siendo presentados delante de Dios. Aparecen
ante el tribunal de Cristo para ser defendidos y justificados (Rom. 14: 10-12; 2
Cor. 5: 10). En la cena de las bodas del Cordero serán presentados delante de
Dios como la novia del Cordero (Apoc. 19: 7-9), y habitarán en su presencia
(cap. 21: 3).
Adviértase que el lenguaje de este versículo parece
indicar que Pablo creía que moriría antes de que volviera su Señor y que iba a
tener parte en la resurrección.
15. Todas
estas cosas.
Es decir, todas las cosas que Pablo había sufrido como
embajador de Cristo (vers. 7-12). Compárese con 1 Cor. 3: 22-23; 2 Tim. 2: 10.
Abundando la gracia.
La gracia de Dios que hace posible la
salvación y la redención del pecador Juan 1: 14, 16-17; Hech. 20: 24, 32; Rom.
4: 16; 5: 20; etc.).
Por medio de muchos, la acción de gracias.
Pablo previó que aumentaría la gloria que se le daría a Dios, pues
cuanto más fueran las personas que llevara a Cristo por medio de su ministerio,
tanto más serían los que dieran gloria al santo nombre de Dios (cf cap. 9:
11-12). La lluvia hace producir los frutos de la tierra, y así también la
abundante gracia de Dios induce a los hombres a que respondan con agradecimiento
(cf. Efe. 2: 6-8). Esta respuesta se produce como el reconocimiento espontáneo
de la bondad, la misericordia, el amor y el poder de Dios. El hecho de que se dé
gracias y se alabe a Dios, indica que se ha restaurado la relación correcta
entre Dios y el hombre; éste es el principal propósito del Evangelio.
16. Por tanto.
La perspectiva de la
gloria y del gozo futuros era lo que inducía a Pablo a hacer frente con
serenidad y paciencia a las pruebas y las tribulaciones que había en su
ministerio (cf. Heb. 12: 2). Los embajadores del Evangelio soportan las
vicisitudes de esta tierra porque diariamente viven "como viendo al Invisible" "
(Heb. 11: 27). Tienen tanta confianza en las glorias del futuro, que todas las
vicisitudes de esta vida sencillamente les inspiran más esperanza, gozo y
fidelidad.
Hombre exterior.
Es decir, el cuerpo, la parte
visible del hombre que decae debido al desgaste de los años. El hombre
"interior" " significa la naturaleza espiritual y regenerada del hombre, la cual
es renovada diariamente por el Espíritu de Dios (Rom. 7: 22; Efe. 3: 16; 4: 24;
Col. 3: 9-10; 1 Ped. 3: 4). El proceso de renovación avanza sin cesar y mantiene
al hombre unido con Dios. Pablo con frecuencia se refiere a esa renovación (Rom.
12: 2; Efe. 4: 23; Tito 3: 5). Un aspecto de la obra del Espíritu Santo es la
renovación del creyente, cuya vida espiritual, energía, valor y fe se vigorizan
continuamente.
La obra de renovación diaria del Espíritu en la vida es
lo que produce la restauración completa de la imagen de Dios en el alma humana.
De modo que aunque el hombre exterior envejezca y decaiga con los años, el
hombre interior continúa creciendo en gracia mientras dure la vida. Pablo podía
considerar con tranquilidad las pruebas de la vida, el veloz transcurrir del
tiempo, el envejecimiento, el dolor y el sufrimiento y aun la muerte. El
Espíritu Santo le proporcionaba al mismo tiempo la seguridad de la inmortalidad,
una dádiva que recibiría en el día de la resurrección (2 Tim. 4: 8).
Cada cristiano necesita esta renovación diaria para que su relación con
Dios no se convierta en algo insensible y formal. La renovación espiritual
proporciona nueva luz de la Palabra de Dios, nuevas experiencias obtenidas de la
gracia para compartir con otros, nueva limpieza del corazón y de la mente. Pero,
por contraste, el que no ha sido regenerado por lo general está ansioso por las
cosas que atañen al hombre exterior: qué comer, con qué vestirse y cómo
entretenerse, Ver com. Mat. 6: 24-34.
17. Leve tribulación.
Este versículo con sus paradojas
superlativas es uno de los pasajes más enfáticos de todos los escritos de Pablo.
El apóstol contrasta las cosas del presente con las cosas venideras, las del
tiempo con las de la eternidad, la aflicción con la gloria.
Momentánea.
Lo momentáneo no es nada en comparación con la eternidad. Con la
perspectiva de la eternidad frente a sí, bien puede el cristiano soportar
cualquier aflicción momentánea.
Pocos han sufrido tanto por Cristo como
Pablo (cap. 11: 23-30). La aflicción lo perseguía en todo momento por
dondequiera que iba. Sus aflicciones eran sin duda difíciles de soportar. Pero
cuando las comparaba con los goces de la eternidad y la gloria del más allá, no
eran sino "momentáneas". Cf. Rom. 8: 18; Fil. 1: 29; Heb. 2: 9-10.
Cada
vez más excelente.
Para Pablo las palabras "eterno peso de gloria" son
completamente insuficientes para expresar el contraste que ve entre las
aflicciones temporales y la bienaventuranza de la eternidad, y añade 856 todavía
otro superlativo (cf. 1 Juan 3: 1), un modismo griego que quizá él mismo acuñó.
Compárese con otras expresiones superlativas usadas por Pablo en Rom. 7: 13; 1
Cor. 12: 31; 2 Cor. 1: 8; Gál. 1: 13.
La aflicción contribuye a la
gloria eterna al purificar, refinar y elevar el carácter (Sal. 94: 12; Isa. 48:
10; Heb. 12: 5- 11; Sant. 1: 2-4, 12; 1 Ped. 1: 7). La aflicción desarrolla la
confianza en Dios y la dependencia de él (Sal. 34: 19; Isa. 63: 9; Ose. 5: 15;
Jon. 2: 2). La aflicción ejerce una influencia suavizadora sobre el corazón y la
mente; abate el orgullo, subyuga el yo y es con frecuencia el medio para que la
voluntad del creyente esté en una armonía completa con la voluntad de Dios; pone
en prueba la fe del creyente y la autenticidad de su profesión como cristiano
(Job 23: 10; Sal. 66: 10); da ocasión para que se ejercite y perfeccione la fe,
la cual se fortalece por medio del ejercicio; ayuda al creyente a ver las cosas
en su verdadera perspectiva y a poner primero las cosas de más valor. Por todo
esto la aflicción crea en el cristiano una idoneidad para la gloria futura.
Cuando se eliminan los propósitos terrenales mediante la disciplina del
sufrimiento, es más fácil que el cristiano fije su corazón en las cosas
celestiales (Col. 3: 1-2; 2 Tim. 4: 5). Esa disciplina demuestra la ineficacia
de la sabiduría humana, pues coloca al creyente en situaciones difíciles donde
se ponen de manifiesto su impotencia y su necesidad de Dios (Sal. 107: 39).
Santifica las relaciones humanas. El dolor, las pruebas y los sufrimientos nos
capacitan más que cualquier otra circunstancia para comprender a nuestros
prójimos y tener sentimientos de bondad hacia ellos.
Gloria.
Gr.
dóxa (ver com. Juan 1: 14; Rom. 3: 23).
18. No mirando nosotros.
Pablo explica ahora cómo es
posible que veamos las aflicciones de esta vida en su verdadera perspectiva y
las cataloguemos como de consecuencias sólo transitorias. La mirada del apóstol
estaba fija en las glorias del reino eterno (cf. Heb. 12: 2). Cualquier cosa que
capture nuestra atención determinará cómo enfrentaremos las pruebas: si con
esperanza y paciencia, o con disgusto y amargura. Lo primero se alcanza
contemplando las cosas invisibles del mundo eterno (Fil. 4: 8), las realidades
espirituales de Cristo; lo segundo es una directa consecuencia de contemplar las
cosas visibles y transitorias, como las riquezas, los placeres y la fama (ver
com. Mat. 6: 24-34). si fijamos la mente en el carácter y en la vida de Cristo,
llegaremos a ser semejantes a él (cf. Heb. 11: 10, 26-27, 39-40; 1 Ped. 1: 11).
CBA T6
Comentarios
Publicar un comentario