1. Porque sabemos.
Es decir, por fe, no por
experiencia. La conjunción causal "porque" establece una continuación del tema
entre los cap. 4 y 5. Pablo explica que la razón de la esperanza presentada en
el cap. 4 deriva de su certeza acerca de la resurrección cuando Cristo venga por
segunda vez. La resurrección es el portal del mundo eterno, y por lo tanto era
el núcleo del ferviente deseo de Pablo. Jesús expresó la misma seguridad acerca
de las verdades que enseñaba (cf, Juan 3: 11; 4: 22).
Nuestra morada
terrestre.
Literalmente, "nuestra carpa terrestre". En relación con 858
esta " "morada terrestre" Pablo también habla de estar ausente "del Señor"
mientras está " "en el cuerpo" (vers. 6) y de gemir con angustia hasta que esta
"morada terrestre" se "deshiciera" " (vers. 1) y él pueda tomar posesión de su
"habitación celestial" (vers. 2). La comparación del cuerpo humano con una carpa
o tienda era natural para uno que se ocupaba en fabricar carpas (ver Hech. 18:
3), pues se parecen en varios respectos: los materiales de los cuales ambos
están hechos provienen de la tierra, ambos son de naturaleza transitoria y se
destruyen con facilidad. Una tienda es sólo un lugar transitorio para vivir, y
puede ser desarmada y transportada a otro lugar en cualquier momento. De acuerdo
con Juan 1: 14, Cristo "puso su tienda" entre nosotros cuando tomó cuerpo humano
al hacerse humano (ver el comentario respectivo). Pedro también compara el
cuerpo humano con una "tienda" o "tabernáculo" " (2 Ped. 1: 13-14, BJ, BC, NC,
RVA).
Tenemos.
La confianza de Pablo en la bendita esperanza de
la resurrección es tan segura (1 Cor. 15: 20), que habla de su " "morada" futura
en tiempo presente. Tiene los ojos fijos en las cosas que aún "no se ven" " (2
Cor. 4: 18). Su "morada" celestial es tan real para él como su "morada"
terrenal. Los héroes de la fe enumerados en Hebreos 11 también aceptaron las
promesas de Dios y procedieron conforme a ellas como si hubieran sido realidades
presentes. Pablo tiene el título y el derecho a su "morada" celestial, y no
vacila en reclamarla como suya.
De Dios un edificio.
Pablo habla
de su " "edificio" " de Dios como de una "habitación celestial" " (vers. 2) "no
hecha de manos" sino "eterna" (vers. 1). Habla de tomar posesión de esa casa y
de ser revestido con ella (vers. 2), y de estar ausente "del cuerpo" cuando esté
presente con el Señor (vers., 8). Algunos han identificado este "edificio" con
las "moradas" de Juan 14: 2; pero si la referencia es a moradas celestiales
literales, entonces la morada terrenal también debiera referirse a casas
terrenales literales; pero es obvio que el autor no está pensando en esto. La
mayoría de los expositores bíblicos concuerdan en que Pablo se refiere aquí al
"cuerpo espiritual" que se dará a los creyentes en el momento de la resurrección
(ver com. 1 Cor. 15: 35-54). El apóstol habla de su "morada terrestre" como de
una "tienda" o "carpa" y de su "morada" celestial como de un "edificio". La
primera es un lugar transitorio; la segunda, permanente. Los cuerpos de los
santos resucitados se asemejarán al de su Señor resucitado (Luc. 24: 36-43; Fil.
3: 21).
2. Gemimos.
La vida futura
era tan real para Pablo, que anticipaba con anhelo el tiempo cuando pudiera
cambiar esta vida por la venidera. Sabía que le aguardaba un cuerpo glorioso, y
gemía con ardiente anhelo por tomar posesión de él (Rom. 7: 24; 8: 23-25).
Ser revestidos.
Pablo combina ahora la figura de una tienda o
casa con la de un vestido. Su confianza absoluta en la resurrección y en las
promesas de Dios hacen que la vida futura le parezca incomparablemente
preferible a la presente. Pablo se habría sentido feliz de cambiar su cuerpo
mortal por su cuerpo inmortal futuro sin sufrir la muerte, la cual describe como
ser hallado "desnudos" (vers. 3). Los que duermen en Jesús y los que hayan
quedado vivos, todos recibirán sus cuerpos inmortales al mismo tiempo en el día
de la resurrección (1 Tes. 4: 14-17; cf. 1 Cor. 15: 51-54; 2 Tim. 4: 6-8). Pablo
hubiera preferido ser trasladado sin ver la muerte.
3.
Hallados
vestidos.
Es decir, o con los cuerpos terrenales y mortales, o con los
cuerpos celestiales e inmortales.
Desnudos.
Es decir, sin
"morada terrestre" " (vers. 1) ni "habitación celestial" " (vers. 2). Pablo
prefería, si hubiera sido posible, ser trasladado sin ver la muerte; quería
unirse con el grupo selecto de Enoc y Elías, quienes fueron trasladados sin ver
la muerte (Gén. 5: 24; 2 Rey 2: 11). Si ese estado intermedio -en el cual no
habría tenido un cuerpo ni terrenal ni celestial; ver com. " "Presentes al
Señor" - le hubiera ofrecido la perspectiva de estar en forma de espíritu, sin
cuerpo, disfrutando de la presencia de Dios, Pablo no habría deseado evitarlo
tan fervientemente (2 Cor. 5: 2-4). Si hubiese sido posible ese bendito estado,
¿por qué el apóstol habría deseado tan ardientemente ser estorbado por otro
cuerpo, aunque hubiera sido un cuerpo celestial? Ver com. vers. 4.
4. Con angustia.
Pablo estaba completamente
consciente de la fragilidad de la "tienda" mortal, que tarde o temprano debía
deshacerse (cap. 4: 7-12). Anhelaba quedar liberado de todas las flaquezas y los
sufrimientos de esta vida actual. El episodio por el que acababa de pasar en
Efeso y su preocupación por la iglesia de Corinto casi habían traspasado el
límite de lo que puede soportar un ser humano (ver com. cap. 1: 8-9; 2: 13; 11:
23-28).
Desnudados.
Esto es, sin cuerpo, ni mortal ni inmortal.
Absorbido por la vida.
Es claro por el vers. 4 que la
inmortalidad no ocupará el lugar de la mortalidad hasta que el ser humano sea
"revestido" con "aquella. . . habitación celestial" " (vers. 2). Pablo no apoya
aquí la enseñanza -sin base en la Biblia- de que cuando uno es "desnudado" entra
en un estado de existencia inmortal (ver com. 1 Cor. 15: 51-54; 1 Tes. 4:15-17;
2 Tim. 4: 6-8).
5.
Nos hizo.
Gr.
katergázomai , " "realizar", "cumplir", "alcanzar", "preparar"." La obra del
Evangelio es la de hacer aptos a los seres humanos para que reciban la "vida" "
(ver Efe. 2: 10; 1 Ped. 5: 10).
Para esto mismo.
Es decir, para
el cambio de la mortalidad a la inmortalidad. El cristiano debe ser la persona
más alegre en el mundo, pero al mismo tiempo la más descontenta con el mundo; es
como un viajero: completamente satisfecho con la posada como tal, pero siempre
deseando ir en camino a su casa. Debe anhelar las realidades eternas, no las
cosas transitorias de la tierra. La mente carnal se satisface con lo que pueden
ver los ojos; la mente del cristiano, con las cosas que son invisibles (cap. 4:
18). El intenso anhelo de justicia y del mundo eterno, antes que por las
insignificancias de este mundo, demuestra conversión genuina y madurez cristiana
(ver com. Mat. 5: 48).
6.
Confiados siempre.
En el
pensamiento de Pablo nunca hubo la menor duda en cuanto a la certeza de la
resurrección (ver com. vers. 14).
El cuerpo.
Es decir, la "
"morada terrestre" (ver com. vers. 1).
Ausentes del Señor.
Esto
es, no en su presencia inmediata, no "revestidos" aún con "aquella. . .
habitación celestial" " (vers. 2); sin poder ver al Señor "cara a cara" " (1
Cor. 13: 12; cf. 3 Juan 14). Ver com. vers. 8.
7. Por fe.
La confianza de Pablo en la resurrección (vers.
6, 8) tiene como base la fe (ver com. cap. 4: 18). El apóstol camina en esta
vida por fe, así como en la vida venidera caminará "por vista".
Andamos.
Es decir, vivimos como cristianos en esta vida actual (Rom. 6: 4; 8: 1,
4; 13: 13; 1 Cor. 7: 17; Gál. 5: 16; Efe. 2: 2, 10).
Vista.
Gr.
éidos , "apariencia", "forma", "aspecto". Éidos se refiere a las cosas que se
ven, no a la facultad de ver (cf. Luc. 9: 29, "apariencia" ; Juan 5: 37, "
"aspecto" ). Creemos en el Señor sin haberlo visto. Hasta el momento en que lo
veamos cara a cara, nuestra manera de vivir como cristianos depende de nuestra
creencia en lo invisible. Hay dos mundos, el visible y el invisible, que serían
uno solo si el pecado no hubiera entrado al mundo. Una persona camina "por
vista" cuando está bajo la influencia de las cosas materiales, temporales; pero
camina por fe cuando está bajo la influencia de las cosas eternas. Las
apariencias externas determinan las decisiones y la conducta de la persona que
no ha sido regenerada; pero el cristiano tiene una convicción tan firme respecto
a las realidades del mundo eterno, que piensa y actúa movido por la fe, a la luz
de las cosas que sólo son visibles para el ojo de la fe (ver com. Mat. 6: 24-34;
2 Cor. 4: 18). Los que caminan guiándose por lo visible y no por fe, están
expresando dudas acerca de las realidades invisibles y de las promesas de Dios.
Por medio de la fe el reino de Dios se convierte en una realidad viviente aquí y
ahora. La fe "es por el oír" y "el oír por la palabra de Dios" (ver com. Rom.
10: 17). Ver com. Heb. 11: 1, 6, 13, 27, 39.
8. Ausentes del cuerpo.
Es decir, de la vida en este mundo
actual.
Presentes al Señor.
Una lectura superficial de los vers.
6-8 ha hecho que algunos lleguen a la conclusión de que con la muerte el alma
del cristiano inmediatamente se hace presente ante el " "Señor", " y que Pablo
daba la bienvenida a la muerte deseando ardientemente estar con el Señor (vers.
2); pero en el vers. 3 y 4 ha descrito la muerte como un estado de desnudez. De
serle posible espera evitar ese estado intermedio, pero anhela intensamente
estar "revestido" de "aquella. . . habitación celestial". En otras palabras,
espera ser trasladado sin ver la muerte (ver com. vers. 2-4). En otros pasajes
(ver com. 1 Cor. 15: 51-54; 1 Tes. 4: 15-17; 2 Tim, 4: 6-8; etc.) Pablo afirma
con certeza que los hombres no son "revestidos" de inmortalidad individualmente
al morir, sino simultáneamente en la resurrección de los justos.
O para
afirmarlo de esta manera: En 860 2 Cor. 5: 2-4 Pablo ya ha declarado que la
"vida" -evidentemente la vida inmortal- se alcanza cuando uno es "revestido" con
su " "habitación celestial" " en la resurrección (ver com. vers. 4), no estando
"desnudo" o "desnudado" debido a la muerte. En el vers. 8 expresa el deseo de
estar ausente "del cuerpo" y presente " "al Señor"," y es obvio que "estar
ausentes del cuerpo" no significa estar desencarnado -"desnudo" o "desnudado"-,
pues en los vers. 2-4 ha afirmado claramente que no desea ese estado intermedio
y que lo evitaría de ser posible. Por lo tanto, tener "vida" " (vers. 4) y estar
presente "al Señor" (vers. 8) requiere la posesión de "aquella... habitación
celestial" (vers. 2). Por estas razones, un estudio cuidadoso de las
declaraciones de Pablo elimina clara y decisivamente cualquier posibilidad de un
estado consciente entre la muerte y la resurrección en el que los seres humanos,
como espíritus descarnados ("desnudos" o "desnudados"), estarán " "presentes al
Señor"." Cf. Rom. 8: 22-23; ver com. Fil. 1: 21-23.
En la Biblia se
afirma que la muerte no es sino un sueño del cual serán despertados los
creyentes en la primera resurrección (Juan 11: 11- 14, 25-26; 1 Con 15: 20,
51-54; 1 Tes. 4: 14-17; 5: 10). Sólo entonces los fieles que estén vivos y los
fieles resucitados estarán con el Señor (ver com. 1 Tes. 4: 16-18). Ninguno de
esos grupos precederá al otro (cf. Heb. 11: 39-40).
9. Por tanto.
Es decir, en vista de la confianza de Pablo
en la resurrección y en la vida futura (vers. 6-8).
Procuramos.
Gr. filotiméomai , "desear honores" , " "afanarse", "trabajar con
empeño" (cf. Rom. 15: 20; 1 Tes. 4: 11); de ahí que sea más expresiva la
traducción "nos afanamos" " (BJ). Lo que siempre motivó a Pablo a avanzar a
pesar de las pruebas que lo acosaban (cf. 2 Cor. 4: 7-18) era la gloriosa
perspectiva de la resurrección o de la traslación sin ver la muerte, tanto para
él como para sus conversos. Pablo se afanaba personalmente por llegar a ser
"agradable" al Señor cuando estuviera ante "el tribunal de Cristo" " (cap. 5:
10). Trabajaba no para ganar méritos ante Dios, ni para expiar sus pecados, ni
para añadir algo al don de injusticia de Cristo, sino para cooperar con Cristo
en la obra de salvar a sus prójimos (1 Cor. 15: 9-10; Col. 1: 29). También se
esforzaba para que en su vida todo fuera un reflejo de Cristo, pues reconocía
que esto sería agradable y aceptable a la vista del Señor. La diferencia entre
el creyente sincero y el que pretende serlo, es que el primero busca la
aprobación de Dios y el otro la aprobación de los hombres. El que se propone
vivir no para sí mismo sino para Cristo, no pasa su tiempo en la comodidad y el
ocio o en la búsqueda de placeres terrenales (Gál. 1: 10).
En la
antigüedad los refinadores de oro miraban fijamente el metal fundido en su
crisol hasta poder ver su propio rostro reflejado en el metal; entonces sabían
que el oro estaba puro. Cristo también procura reflejarse en nosotros (cf. Job
23: 10). Tenemos el privilegio de llegar a ser semejantes a Cristo, de quien se
dice que no "se agradó a sí mismo" (Rom. 15: 3; cf. Heb. 11: 5). La diferencia
que hay entre hacer lo correcto porque es correcto y porque Dios lo pide, y
hacerlo por el gozo que produce porque se hace por Cristo, es inconmensurable.
Aunque es laudable hacer lo correcto como un dictado del deber, mucho mejor es
hacerlo movido por un corazón rebosante de amor por el Maestro. El amor de
Cristo fue el que constriñó a Pablo a vivir como vivió (2 Cor. 5: 14). El peso
de la obediencia a los mandamientos de Dios se aligera cuando la obediencia es
motivada por el amor (ver com. Mat. 11: 28-30; cf. Rom. 8: 1-4). El sincero
deseo de agradar a Cristo capacita al cristiano para discernir con absoluta
seguridad entre lo malo y lo bueno (ver com. Rom. 8: 5-8).
Serle agradables.
La
gran preocupación de Pablo no era si continuaría viviendo o si pronto
terminarían sus labores terrenales. Su único interés era que, a pesar de
cualquier cosa que sucediera, su vida fuera tal que recibiera la aprobación de
Dios (2 Tim. 1: 6-8; ver com. Mat. 25: 21; Luc. 19: 17).
10. Porque es necesario.
La conjunción causal "porque"
relaciona este versículo con lo anterior. El hecho de que tendría que
presentarse delante de Dios en el gran día del juicio, era razón suficiente para
que Pablo procurara con tanto fervor ser considerado como "agradable" ante el
Señor. Se proponía cumplir fiel y abnegadamente la obra que le había sido
confiada como embajador de Cristo. Aquellos para quienes la solemnidad de ese
día es una realidad, siempre serán diligentes y sinceros en colocar a Dios
primero y en agradecerle cotidianamente en sus vidas. 861
El juicio
final es necesario para defender y justificar el carácter y la justicia de Dios
(Sal. 51: 4; Rom. 2: 5; 3: 26). En esta tierra con frecuencia los mejores son
los que sufren más, mientras que es común que prosperen los peores (Sal. 37:
35-39; cf. Apoc. 6: 9-11). Sin embargo, el carácter de Dios requiere que
finalmente les vaya bien a los que hacen el bien, y mal a los que hacen mal, lo
cual no sucede hoy. Por lo tanto, llegará un día cuando todas las injusticias
actuales serán eliminadas. Esto también es necesario para que Cristo pueda
consumar su triunfo sobre el príncipe de las tinieblas y sus seguidores (Isa.
45: 23; Rom. 14: 10-11; Fil. 2: 10; CS 724-730), y para que pueda recibir lo que
compró con su propia sangre (Heb. 2: 11-13; cf. Juan 14: 1-3).
Comparezcamos.
Gr. faneróÇ , "manifestar", "hacer visible",
"hacer saber", "mostrar", "hacer público". "Seamos puestos al descubierto" (BJ).
Este vocablo ( faneróÇ ) aparece nueve veces en 2 Corintios. En ese gran día
todos no sólo comparecerán ante el tribunal, sino que se revelará qué clase de
personas son. Quedarán al descubierto los secretos de su vida (Ecl. 12: 14; Rom.
2: 16; 1 Cor. 4: 5). A todos se les escuchará con justicia (cf. Jud. 15). Nadie
será juzgado en ausencia o por medio de un representante (Rom. 14: 12; cf. Sant.
2: 12-13).
Tribunal.
Gr. b'ma , "plataforma" desde la cual se
daban los fallos judiciales Romanos. Cristo será el juez único y final (Mat. 11:
27; Juan 5: 22-27; Hech. 1, 7: 31; 1 Ped. 4: 5), y está especialmente capacitado
para esa función. Es el Creador y el Redentor del mundo. El pensamiento de que
nuestro Salvador será finalmente nuestro, juez es solemne y pavoroso. El tomó la
naturaleza de los que se presentarán ante su tribunal (Fil. 2: 6-8), de aquellos
cuyo destino será decidido por él. Soportó todas las tentaciones a las que ellos
han estado sometidos (Heb. 2: 14-17; 4: 15). Estuvo en lugar del hombre. En
Cristo se combinan la sabiduría divina con la experiencia humana. Su comprensión
y perspicacia son infinitas (Heb. 4: 13). La justicia de Dios se ha unido en
Cristo con la de un Hombre perfecto. Dios el Padre en su función como "Juez de
todos" se ha unido con Cristo (Heb. 12: 23-24); el apóstol Juan lo contempló
sentado sobre un "gran trono blanco" al terminar los mil años (Apoc. 20: 11-12).
Reciba.
Gr. komízÇ, (voz media) "recoger", "granjearse",
"obtener". Las obras buenas o malas de los seres humanos se registran en el
cielo (Ecl. 12: 13-14; cf Efe. 6: 8; Col. 3: 25; 1 Tim. 6: 19).
Según.
Las obras de los hombres serán juzgadas de acuerdo con la gran norma de
conducta: la ley de Dios (Ecl. 12: 13-14; Rom. 2: 12-13; Sant. 1: 25; 2: 10-12).
En el juicio final no habrá una norma de justicia indefinida, y por lo tanto no
habrá la oportunidad de escapar a una justa retribución recurriendo tardíamente
a la misericordia divina (Gál. 6: 7; Apoc. 22: 12).
En el cuerpo.
Es decir, mientras se vivió (ver com. vers. 6). Aquí evidentemente se
limita el tiempo de gracia a la existencia del hombre en este mundo, que termina
con la corrupción del cuerpo (vers. 1),
11.
Temor.
Este temor es muy diferente al terror que en el
día final sentirán los pecadores perdidos. El temor de Dios es el principio de
la sabiduría (Sal. 111: 10; Prov. 9: 10); es sinónimo de una profunda reverencia
como la que sintió Isaías cuando estuvo en la presencia de Dios (Isa. 6: 5), y
se basa en la comprensión del carácter, la majestad y la grandeza de Dios frente
a nuestra propia indignidad. Ese temor es la raíz y el origen de la verdadera
piedad; impide la presunción (Prov. 26: 12), evita el pecado (2 Crón. 19: 7; Job
1: 1, 8; 28: 28; Prov. 8: 13; Hech. 5: 5), y elimina todos los otros temores
(Prov. 14: 26-27; 19: 23). El que permanece en el temor de Dios puede librarse
de toda ansiedad. El temor de Jehová es adoración reverente a un amante Padre
celestial y respeto obediente a él (Sal. 103: 11; cf. Sal. 111: 10; ver com.
Sal. 19: 9).
Persuadimos a los hombres.
Ver com. vers. 20.
A Dios le es manifiesto.
Dios sabe lo que somos, y como está
implícito en el texto griego, siempre nos ha conocido. "Ante Dios estamos al
descubierto" (BJ). Dios conocía muy bien el elevado propósito de Pablo de
agradarle antes que todo, y confiaba en que para entonces los creyentes
corintios también estuvieran persuadidos de lo mismo. Algunos, y quizá muchos de
ellos, habían sido tentados a dudar de la buena fe del apóstol, y él recurre a
su buen juicio con el anhelo de que reconozcan las cosas como son. El verdadero
carácter de Pablo como embajador de Cristo (vers. 20) debía ahora ser claro para
todos ellos.
12. No nos recomendamos.
En sus dos 862 epístolas a los corintios Pablo defiende y enaltece su
ministerio, no para ensalzarse sino para ganar la confianza de los corintios
hacia su mensaje y hacia él como mensajero de Dios. Su predicación entre ellos
había sido con poder (1 Cor. 2: 4; 15: 1-2). Era su padre espiritual (1 Cor. 4:
15) y su conductor en las cosas espirituales (cap. 11: 1). Su ministerio había
sido del " "espíritu" y no de la "letra"," de una transformación interior y no
de apariencias exteriores (2 Cor. 3: 6). Pablo podía "recomendarse" " a sí mismo
debido a la rectitud y pureza de la verdad que proclamaba (cap. 4: 1-2) y los
sacrificios y sufrimientos que continuamente había padecido por causa de la
verdad (cap. 4: 8-10; 11: 21-30). Los corintios podrían entender todo esto como
jactancia, y sin duda muchos ya habían interpretado así algunas declaraciones de
Pablo en su epístola anterior, como parece deducirse por el uso que hace aquí de
la frase " "otra vez" " (cf. cap. 3: 1). Ahora declara categóricamente que en
todo lo que escribió no había jactancia ninguna. Su propósito era responder a
las despectivas observaciones de los que menospreciaban su ministerio.
Ocasión.
Gr. aform', "base de operaciones", "punto de partida",
"incentivo". Pablo presenta ahora el propósito que lo impulsaba a defender su
ministerio. Los corintios estaban empeñados en una lucha espiritual con los
enemigos del Evangelio que ambicionaban cargos de liderazgo en la iglesia y que
trataban de ocuparlos desacreditando a Pablo. Se habían presentado con
credenciales en la forma de cartas de recomendación, las cuales afirmaban que
provenían de los hermanos de Judea. Presentaban a Pablo como un advenedizo que
se recomendaba a sí mismo y argumentaban que ellos estaban investidos con una
autoridad proveniente de los apóstoles (ver com. cap. 3: 1), y no sólo eso, sino
que pretendían ser dirigentes y "ministros" " (cap. 11: 22-23). Pablo se refiere
a ellos como a "falsos apóstoles" " y "obreros fraudulentos" " (cap. 11: 13). Es
evidente que un considerable número de los creyentes de Corinto habían sido
engañados por esos hombres que fraudulentamente querían apoderarse de la
conducción de la iglesia corintia. Pablo declara que el único propósito que lo
movía a defender su ministerio era proporcionar a la iglesia una información
correcta y respuestas adecuadas para hacer callar a esos falsos apóstoles.
Gloriaros.
Es decir, estar orgullosos de alguien o de algo (ver
com. cap. 1: 14, en donde un sustantivo afín se ha traducido " "gloria" ).
Apariencias.
Literalmente "rostro", "semblante", y por lo tanto
"apariencia externa". Los que se llamaban a sí mismos apóstoles no eran lo que
afirmaban y parecían ser. Podían tener " "cartas de recomendación"," pero no el
testimonio interno del Espíritu en los corazones de hombres y mujeres que se
habían convertido y consagrado (ver com. cap. 3: 1-3). Esos falsos líderes
causaban una mejor impresión que Pablo (2 Cor. 10: 10) sobre aquellos cuyo
juicio se basaba en las apariencias (ver com. 1 Sam. 16: 7). Algunos corintios
habían llegado al punto de mofarse de los defectos de Pablo: sus debilidades
corporales y su vista defectuosa (2 Cor. 10: 1, 7, 12; 12: 8-10; Gál. 4: 13- 15;
ver Material Suplementario de EGW, com. 2 Cor. 12: 7-9). Además, Pablo reconocía
que era "tosco" y de un lenguaje sencillo (2 Cor. 11: 6). La pretensión de los
falsos apóstoles de que su ministerio tenía una autorización superior
indudablemente estaba basada en una relación personal más íntima con los
apóstoles más antiguos, y porque se apegaban rigurosamente a la " "letra" " de
la ortodoxia hebrea (ver com. cap. 3: 1-3). Su jactancia se basaba en valores
puramente externos. Es indudable que se olvidaban de las cualidades espirituales
más elevadas, de las que Pablo prefería jactarse, si es que había algún motivo
para hacerlo (cf. Gál. 6: 14).
13. Si
estamos locos.
Los adversarios de Pablo sin duda lo acusaban de estar
mentalmente trastornado. Su acusación quizá la basaban en su conversión
milagrosa, en sus visiones (2 Cor. 12: 1-4; Gál. 1: 12), en su ferviente celo
por Dios, en el hecho de que parecía que buscaba un martirio casi cierto (2 Cor.
12: 10) y en el carácter revolucionario de su enseñanza. Años más tarde Festo le
hizo la misma acusación (Hech. 26: 24), cargo que también lanzaron contra Jesús
aun sus mismos familiares (ver com. Mar. 3: 21; cf. Mat. 12: 24).
Es
para Dios.
Los aspectos de la vida y del ministerio de Pablo que sus
enemigos podrían haber señalado como síntomas de trastorno mental, eran, en
realidad, evidencias de su consagración al Señor.
Cuerdos.
Los
actos del apóstol, que reflejaban cordura y moderación, eran para el bienestar y
la salvación de sus conversos. A Pablo no le preocupaban las acusaciones. ¿Qué
863 importaba si sus enemigos lo consideraban loco? Tenía un solo propósito en
vista: la honra y la gloria de Dios y la salvación de sus prójimos.
Para
vosotros.
Pablo, olvidándose siempre de sí mismo, como lo demostraban
sus incesantes labores y frecuentes sufrimientos, vivía para otros.
14. Amor.
Gr. agáp' (ver com. Mat.
5: 43-44; 1 Cor. 13: 1).
De Cristo.
Sin duda Pablo se refiere al
amor de Cristo hacia él, antes que a su amor por Cristo (ver Rom. 5: 5; 8: 35,
39; 2 Cor. 13: 14; Efe. 3: 19; cf. 4T 457; 3JT 141; OE 310). Sólo el amor de
Cristo puede gobernar adecuadamente la vida; sin embargo, también es cierto que
nuestro amor por Jesús es vital. Pero el amor de Cristo por nosotros es siempre
el factor dominante: "Le amamos a él, porque él nos amó primero" " (1 Juan 4:
19; cf. Juan 3: 16).
Constriñe.
Gr. sunéjÇ, "mantener juntos",
"apretar", "guardar", "impeler", "dominar". "Nos apremia" (BC). El que elige ser
guiado por el amor de Cristo no se aparta de la senda del deber, ni a diestra ni
a siniestra, sino que, como Pablo, avanza en la obra del Señor decididamente y
sin vacilar en sus propósitos (ver Hech. 20: 24; 2 Cor. 4: 7-11). El amor de
Cristo mantiene al creyente a salvo en la senda estrecha y difícil (ver com.
Mat. 7: 13-14).
Pensando esto.
O "estando convencidos de esto".
La declaración de la consagración de Pablo de los vers. 14 y 15 sin duda es una
expresión de la decisión a la que llegó cuando se convirtió (Hech. 9: 6; 26:
19). A partir de entonces, la gran verdad de la expiación de Cristo fue siempre
el factor que motivó y rigió su vida.
Si uno murió.
La evidencia
textual establece la omisión del " "si" condicional (cf. p. 10). De todos modos
la sintaxis griega exige en este pasaje que la conjunción ei se traduzca:
"puesto que" y no "si". De ningún modo hay dudas. La muerte expiatoria de
Cristo, la verdad de que murió en lugar de los pecadores, está más allá de toda
duda, como podría indicarlo la conjunción castellana "si" (ver com. Isa. 53: 4;
Mat. 20: 28). Cristo se convirtió en cabeza de la raza humana cuando tomó el
lugar de Adán (1 Cor. 15: 22, 45), y murió en la cruz como su representante. De
modo que, en cierto sentido, al morir Cristo, murió con él toda la raza humana.
Como representaba a todos los hombres, su muerte equivalió a la muerte de todos
(1 Ped. 3: 18; 1 Juan 2: 2; 4: 10; ver com. Rom. 5: 12, 18-19.). En él murieron
todos los seres humanos; pagó completamente todas las demandas de la ley (Juan
3: 16; Rom. 6: 23). Su muerte fue suficiente para pagar el castigo por todos los
pecados. Sin embargo, esto no significa salvación universal pues cada pecador
debe aceptar individualmente la expiación que le proporciona el Salvador a fin
de que pueda ser eficaz para su caso personal (ver com. Juan 1: 9-12; 3: 16-
19). Por otra parte, no hay ninguna base bíblica para limitar la palabra "todos"
a una supuesta minoría de elegidos mientras que el resto de la humanidad
quedaría excluida de tener acceso a la gracia salvadora de la cruz, y por lo
tanto predestinada a la perdición (ver com. Juan 3:16-21; Efe. 1:4-6).
La muerte de Cristo no sólo proporcionó expiación por los pecados y
liberación de los pecadores arrepentidos de la muerte segunda (ver Apoc. 20: 5,
14); también hizo posible que ellos murieran a su naturaleza depravada y
pecaminosa y resucitaran espiritualmente para caminar en una vida nueva (ver
com. Rom. 6: 3-4, cf. Gál. 2: 19-20; Fil. 3: 10; Col. 3: 3).
15. Los que viven.
Pablo amplía a
continuación la importancia de la muerte de Cristo (ver com. vers. 14). Habla
acerca del caso de los que han "sido bautizados en su muerte " [la de Cristo] "
" (Rom. 6: 3) y han resucitado para andar "en vida nueva" (Rom. 6: 4; cf. Efe.
2: 5-7). La deuda de pecado de ellos ha sido legalmente cancelada y están
justificados ante Dios, capacitados espiritualmente por la gracia divina para
vivir una vida aceptable ante Dios aquí, ahora y por la eternidad. El énfasis
recae en una nueva orientación de la vida que se aparta del yo y va hacia Dios.
La nueva vida da testimonio del poder transformador del Espíritu Santo. Los más
cálidos sentimientos del corazón y las mejores energías se dan a Cristo tanto en
las cosas pequeñas de la vida como en las grandes. La vida produce los frutos
del Espíritu (Gál. 5: 22-23) y refleja el deleite del alma en hacer la voluntad
de Dios (Sal. 1: 2; 119: 97). El amor a Dios y al prójimo se convierte en el
motivo dominante de la vida, y la gloria de Dios es el fin de todo pensamiento y
de toda acción. Una vida tal se sensibiliza más y más ante el pecado, se hace
más consciente de su propia necesidad y está más lista para depender de la
gracia de Cristo.
16. Nosotros. . .
conocemos.
Es decir, tenemos una opinión. En el texto griego el
pronombre "nosotros" es enfático. Pablo se pone en contraste con otros, quizá
con sus oponentes de la iglesia de Corinto, quienes destacaban la "letra" de la
ley y daban tanta importancia a las apariencias externas (ver com. cap. 3: 1-3;
4: 18).
De aquí en adelante.
Es decir, desde que se convirtió,
cuando cambiaron sus opiniones. Antes de ese tiempo había considerado a Cristo y
a algunos hombres a través de los estrechos conceptos del judaísmo. Cuando Pablo
era Saulo no había visto "hermosura" " en el Salvador (Isa. 53: 2); y el
inevitable resultado fue que había odiado a Jesús como el Mesías, y también a
sus seguidores (Hech. 8: 3; 9: 1).
Según la carne.
Pablo se
resiste a estimar a los hombres basándose en las apariencias. No se proponía
juzgar a los hombres teniendo como norma su nacionalidad, linaje, educación,
cultura, riqueza, alcurnia y la aprobación humana (cf. 1 Cor. 1: 26; 2 Cor. 1:
17). Lo que tenía en cuenta era la "nueva criatura" (cap. 5: 17). Pablo ahora
estimaba a los hombres desde el punto de vista de Cristo, de acuerdo con el
carácter de ellos y su inclinación hacia las cosas espirituales (ver Mat. 5: 19;
7: 20-27; 12: 46-50). Esta nueva norma para justipreciar a los hombres es otro
resultado de la muerte y la gloriosa resurrección de Cristo. El cristiano maduro
ve en cada hombre un pecador que debe ser salvado y restaurado a la imagen de
Dios, convirtiéndose así en un candidato para el reino de los ciclos. Las
apariencias superficiales tienen poco valor; lo que vale es el corazón (ver com.
1 Sam. 16: 7; 2 Cor. 4: 18). Desde este punto de vista una persona de inmensas
riquezas podría ser sumamente pobre, y una de muchos conocimientos,
completamente ignorante (ver com. Mat. 6: 19-34; 1 Cor. 1: 21-23; Col. 2: 8).
A Cristo conocimos.
Pablo había contemplado a Cristo antes de su
conversión desde un punto de vista sólo humano: como un nazareno despreciado, un
hombre de cuna humilde, sin educación académica, muy pobre y un impostor que
había sido rechazado y crucificado.
A través de los siglos millones de
personas de inclinación carnal han cometido el mismo error. En nuestros días
abundan las apreciaciones sobre Cristo desde una perspectiva sólo humana. Los
eruditos hablan de él como de un gran maestro; los filósofos lo consideran como
un exponente de verdad y sabiduría; los sociólogos lo catalogan como un gran
reformador social; los psicólogos ven en él a un profundo estudiante de la
naturaleza humana, y los teólogos lo consideran como supremo entre los
fundadores de las grandes religiones del mundo. Pero para esos hombres Jesús es,
en el mejor de los casos, el más grande, el más sabio y el mejor de los grandes
hombres del mundo. Los eruditos se han esforzado al máximo para reconstruir el
fondo histórico y cultural del Jesús humano, pero no han hecho esfuerzos por
llegar a una apreciación más profunda de su divinidad y de su papel como el que
salva a los hombres de sus pecados. Leer la Biblia como si fuera un libro
cualquiera es ver en Cristo sólo un hombre como cualquier otro hombre. Es
posible espaciarse en los episodios conocidos de la vida de Jesús para formarse
un concepto elevado de él y para organizar un bello sistema de ética con sus
enseñanzas, y sin embargo pasar por alto las verdades más importantes del
Evangelio. La carne y la sangre no disciernen en él al divino-humano Hijo de
Dios e Hijo del hombre (Mat. 16: 17). Sólo la percepción espiritual puede
discernir las cosas espirituales (1 Cor. 2:14). El que es una nueva criatura en
Cristo Jesús (2 Cor. 5: 17), no disminuye la importancia del Cristo histórico,
pero va más allá de ese concepto de él y magnifica a ese humilde personaje como
Señor y Dios. Lo hace porque su mente está iluminada por el Espíritu. " "Nadie
puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo" " (1 Cor. 12: 3).
Ya no lo conocemos así.
Es decir, desde el punto de vista que
sostenía cuando era un inconverso. Pablo sabía ahora por experiencia personal y
no simplemente por informaciones de segunda mano. Los adversarios de Pablo en
Corinto pretendían tener mayor autoridad y más prerrogativas debido a su
relación con los apóstoles de Jerusalén y quizá con Jesús mismo. Pero el énfasis
de un conocimiento de Cristo "según la carne" inducía a los hombres a exagerar
la importancia de aquellas cosas acerca de él que se veían materialmente y eran
transitorias, mientras que subordinaban o ignoraban completamente las verdades
espirituales más importantes, explícitas e implícitas en su vida y enseñanzas.
17. En Cristo.
Esta es la
definición favorita de Pablo de lo que es ser cristiano. Cuando él se hizo
cristiano, fue bautizado "en Cristo Jesús" " (Rom. 6: 3), y la vida nueva que
vivió de allí en adelante estuvo centralizada "en Cristo" (Juan 15: 3-7). Estaba
unido con Cristo y completamente sometido a la vida, poder, influencia y palabra
de su Maestro. Toda la vida de Pablo se movía en una nueva esfera espiritual.
Esto no admitía ninguna excepción.
Un pecador puede ser aceptado por
Dios sólo "en Cristo" (Fil. 3: 9), y sólo puede mantenerse firme viviendo la
vida nueva (Juan 15: 4-5; Gál. 2: 20). Los goces y sufrimientos, triunfos y
pesares de la vida todos son " "en Cristo" " (Rom. 14: 17; Fil. 3: 9-10). Aun la
muerte es despojada de su aguijón, pues los que "mueren en el Señor" son
bienaventurados (Apoc. 14: 13). El cristiano eleva cada experiencia y obligación
humana a una nueva categoría que se designa con la expresión "en Cristo".
Criatura.
Gr. ktísis, "creación", "cosa creada", "criatura".
"Nueva creación" " (BJ, BC). La persona debe ser transformada en una nueva
criatura para que, impulsada por el amor de Cristo, no viva más para el yo sino
para Dios, para que no juzgue más por las apariencias sino por el espíritu, para
que conozca a Cristo según el espíritu y no según la carne. La transformación de
un pecador perdido en una " "nueva criatura" " requiere la misma energía
creadora que originalmente produjo la vida (Juan 3: 3, 5; Rom. 6: 5-6; Efe. 2:
10; Col. 3: 9-10). Es un acto sobrenatural, completamente ajeno a la experiencia
humana normal.
La nueva naturaleza no es producto de alguna virtud moral
que algunos afirman que es inherente en el hombre, y que sólo necesita crecer y
manifestarse. Hay miles de seres humanos de reconocida moralidad que no profesan
ser cristianos y no son "nuevas criaturas". La naturaleza nueva no es
simplemente el producto de un deseo, ni de una resolución de hacer lo recto
(Rom. 7: 15-18), ni de un asentimiento mental ante ciertas doctrinas, ni de un
cambio en el que se abandonan un conjunto de opiniones o sentimientos a cambio
de otros, ni siquiera de sentir dolor por el pecado. Es el resultado de la
presencia de un poder sobrenatural dentro de la persona, que da como resultado
su muerte al pecado y su nuevo nacimiento. Así renacemos a la semejanza de
Cristo, somos adoptados como hijos e hijas de Dios y marchamos por un nuevo
camino (Eze. 36: 26-27; Juan 1: 12-13; 3: 3-7; 5: 24; Efe. 1: 19; 2: 1, 10; 4:
24; Tito 3: 5; Sant. 1: 18). Así somos hechos participantes de la naturaleza
divina y se nos concede la posesión de la vida eterna (2 Ped. 1: 4; 1 Juan 5:
11-12). El nuevo creyente no nace como un cristiano maduro y bien desarrollado.
Al principio tiene la inexperiencia espiritual y la inmadurez de la infancia,
pero como hijo de Dios tiene el privilegio y la oportunidad de crecer hasta la
estatura plena de Cristo (ver com. Mat. 5: 48; Efe. 4: 14-16; 2 Ped. 3: 18).
Todas son hechas nuevas.
Ver com. Rom. 6: 4-6. La evidencia
textual (cf. p. 10) favorece la omisión del vocablo "todas". Entonces así
quedará la última parte del vers. 17: " "Las cosas viejas pasaron, he aquí son
hechas nuevas". "
18. Todo esto.
"Es decir, las cosas "nuevas" " del vers. 17 en particular, y de ese
modo el nuevo ministerio (cap. 3: 6; 4: 1) y un nuevo criterio para la formación
del carácter (cap. 5: 16). Dios es la fuente de "todo esto".
Consigo
mismo.
Aquí se expresa el pensamiento de que el hombre es quien necesita
reconciliarse con Dios (cf. Efe. 2: 16; Col. 1: 20-21); sin embargo, también es
cierto que Dios necesitaba ser reconciliado con el hombre (ver 1JT 218, 485; 2T
591). El pecado había causado una separación entre Dios y el hombre, y esa
brecha fue salvada por Cristo, quien reconcilió no sólo al hombre con Dios sino
también a Dios con el hombre.
Reconciliación.
Gr. katallag',
"cambio", "reconciliación". En el NT significa contar de nuevo con el favor de
Dios (ver Rom. 5: 1,10; Col. 1: 20). La idea de la "reconciliación" con Dios
implica que en lo pasado Dios y el hombre disfrutaban de comunión mutua, y que
luego se han separado (Rom. 8: 7), que Dios ha tomado la iniciativa para
terminar con esa condición, y que, por lo tanto, otra vez es posible que el
hombre disfrute de comunión con Dios.
Los hombres a veces conciben a
Dios como un juez severo, airado con los pecadores, difícil de ser aplacado,
inclemente, listo para condenar. Esa descripción lo desfigura y es una afrenta
para él. Cristo no tuvo que ir a la cruz para apaciguar a Dios; lo hizo como
demostración del amor divino. Dios no exigía la muerte de su Hijo, sino que lo
entregó movido 866 por el amor infinito de su corazón (Juan 3: 16; 1 Juan 4: 9;
ver com. Rom. 3: 25). Además, Dios no podía poner a un lado su ley e impedir las
consecuencias que siguen a su violación sin negar su propio carácter, del cual
su ley es una expresión. Dios siempre ha odiado el pecado. Su justicia no puede
tratar de la misma manera el bien y el mal. La expiación no cambia la ley;
cambia la enemistad que resulta de su violación. La reconciliación elimina la
enemistad mediante un sustituto que cumple las exigencias de la ley.
19. Dios estaba en Cristo.
Una
traducción más clara de esta frase sería: "Dios estaba reconciliando al mundo
consigo mismo en Cristo [o 'mediante Cristo']". Los hombres deben comprender que
aunque fue el Hijo quien murió en la cruz, murió como "el Cordero de Dios" "
(Juan 1: 29).
Reconciliando consigo al mundo.
La entrada del
pecado había enemistado a los hombres con Dios, y el propósito de Cristo al
venir a este mundo fue recuperar el afecto y la lealtad de los hombres para con
Dios.
No tomándoles en cuenta.
O "no computándoles", "no
contando". Los pecados están registrados, aparecen contra los que los
cometieron; pero la misericordia y la justicia de Dios han encontrado una forma
de tratar con los culpables como si no fueran transgresores. El pecado es una
deuda (Mat. 6: 12) por la cual el pecador deberá rendir cuentas un día (cf. Mat.
25: 19). Pero Dios no culpa de pecado a los que se han reconciliado con él
mediante Cristo (Sal. 32: 2).
Pecados.
Ver com. Mat. 6: 14.
Nos encargó a nosotros.
Una prueba adicional del amor de Dios y
de su buena voluntad para perdonar. El mensaje de la reconciliación ha sido
depositado, por así decirlo, en la mente y en el corazón de todos los que lo
aceptan para distribuirlo a otros.
Palabra.
Ver com. Juan 1: 1.
20. Somos embajadores.
Gr. presbéuÇ
, literalmente "ser mayor", y por lo tanto "ser anciano", "ser embajador". Esto
caracteriza al embajador como una persona llena de dignidad y experiencia, y por
lo tanto investido de autoridad. Los embajadores de Cristo lo llegan a ser por
haberse unido antes con él y a su causa (ver com. Hech. 14: 23). Se distinguen
por su fidelidad (1 Cor. 4: 1-2; 1 Tim. 1: 12), su celo, su comprensión personal
de las grandes verdades del Evangelio que conocen por experiencia, y por su
diligencia en estudiar, en orar, en ganar almas y en la edificación de la
iglesia. No hay mayor dignidad ni mayor honor que ser embajador de Cristo y del
reino de los cielos.
Como si Dios.
El embajador de Cristo es
quien presenta "la palabra de la reconciliación" " (vers. 19). Dios habla a los
hombres por medio de sus embajadores así como reconcilió al mundo consigo por
medio de Cristo. En cuanto al interés que tiene Dios por los pecadores, ver Isa.
1: 18; Jer. 44: 4; Eze. 33: 11; Ose. 11: 8.
En nombre de Cristo.
Literalmente "por Cristo", es decir, de parte de Cristo. El embajador
cristiano no es en ningún sentido un sustituto de Cristo, es sencillamente aquel
por medio del cual se efectúa la reconciliación. No es en ningún sentido un
sacerdote intermediario, pues hay " "un solo mediador entre Dios y los hombres,
Jesucristo hombre" " (1 Tim. 2: 5). La reconciliación ya fue hecha en y por
Cristo. El ministro es sencillamente el instrumento mediante el cual "la palabra
de la reconciliación" " (2 Cor. 5: 19) es proclamada a otros. No es ni el
creador ni el dispensador de ella. Conduce a hombres y mujeres hasta la
presencia de Dios, donde por sí mismos experimentan la reconciliación. Su misión
es la de convencer a los hombres de que Dios ha provisto la reconciliación en
Cristo. Por lo tanto, cada creyente tiene acceso directo a Dios y trata
directamente, sin intermediarios, con él (Rom. 5: 1; Efe. 2: 13, 16-18; 3: 12;
Heb. 4: 14-16).
Reconciliaos.
Dios es el autor y dispensador de
la reconciliación; los hombres son los que la reciben. Estos no pueden
reconciliarse a sí mismos con Dios lamentando sus pecados pasados, haciendo un
duro servicio o practicando ciertas ceremonias establecidas. Sencillamente
reciben la reconciliación arrepintiéndose de sus pecados y aceptando la dádiva
de la misericordia divina.
21. No conoció
pecado.
Es un insondable misterio que Jesús pudiera venir a este mundo
como un ser humano y fuera " "tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin
pecado" " (Heb. 4: 15). Nunca cometió un pecado en palabra, en pensamiento o en
hecho. A través de toda su vida se abstuvo de toda forma de pecado. En esta
tierra vivió una vida santa, incontaminada y pura, y siempre estuvo consciente
de estar en armonía con la voluntad del Padre (Juan 8: 46; 14: 30; 15: 10; Heb.
7: 26; ver Nota Adicional de Juan 1; 867 com. Luc. 2: 52). Cristo, el Ser sin
pecado, tomó a la humanidad pecaminosa en su cálido corazón de amor y
experimentó las tentaciones que nos acosan, pero no fue vencido por ellas en el
más mínimo grado. "Se identificó con los pecadores" (DTG 85). Sobre la cruz,
cuando llegó a la hora para la cual había venido al mundo (Juan 8: 20; 12: 23,
27; 13: 1; 17: 1; 18: 37), " "fue ofrecido. . . para llevar los pecados de
muchos" " (Heb. 9:28) y se convirtió en " "el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo" " (Juan 1: 29).
La culpabilidad de los pecados del
mundo le fue cargada a él como si hubiera sido suya (Isa. 53: 3-6; 1 Ped. 2:
22-24). "Fue contado con los inicuos" " (Mar. 15: 28). Cristo se identificó con
el pecado; lo tomó sobre sí mismo en un sentido real, y sintió el horror de la
separación de Dios.
Lo hizo pecado.
Es decir, Dios lo trató como
si hubiera sido pecador, aunque no lo era (DTG 17). Las verdades expuestas en el
vers. 21 están entre las más profundas y significativas de toda la Biblia. Este
versículo resume el plan de salvación al declarar la absoluta impecabilidad de
Cristo, la naturaleza vicaria de su sacrificio, y cómo el hombre se libera del
pecado por medio del Salvador. Ver com. Juan 3:m16.
Justicia de Dios.
Ver com. Rom. 5: 19. Así como nuestros pecados le fueron imputados a
Cristo como si hubieran sido suyos, así también su justicia no es atribuida a
nosotros como si fuera nuestra.
CBA T6
Hermanitos, falta el comentario del capítulo 6
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